[Les Illuminations]. Colección de poemas en prosa de Arthur Rimbaud (1854-1891), publicados por primera vez en el número correspondiente a los meses de mayo-junio de 1886 de «La Vogue» y en folleto, el mismo año (noticia de Paul Verlaine), bajo el título Las iluminaciones, edición hecha a cuidado del autor, que se encontraba entonces en Abisinia. Esta primera edición no estaba completamente de acuerdo con el manuscrito original; las omisiones, errores tipográficos y faltas de lectura, reproducidas en ediciones sucesivas (en particular en la de 1892, Vanier), alteran incluso el sentido de la obra. Contrariamente a la afirmación de Verlaine en su noticia: «El libro que ofrecemos al público fue escrito entre 1873 y 1875…» (y, por consiguiente, sería posterior a Una temporada en el Infierno (v.), fechada en 1873), Las Iluminaciones fueron probablemente compuestas en 1872 y los primeros meses de 1873. Siempre según Verlaine, el título debe ser de Rimbaud y procede de la misma palabra inglesa que significa «grabados coloreados» («Painted plátes»).
El manuscrito autógrafo, incompleto en su origen, comprende un total de cuarenta y cuatro «iluminaciones»; el músico Charles de Sivry, cuñado de Verlaine, lo conservó hasta 1886, lo confió después a Louis le Cardonnel, quien a su vez lo remitió a Gustave Kahn, director entonces de «La Vogue». Desde principios de 1871 Rimbaud ensayaba el poema en prosa (animado según parece por la lectura de Baudelaire), escribiendo los primeros de una serie titulada Los desiertos del amor. Fue probablemente en el primer semestre de 1872 cuando compuso La caza espiritual, manuscrito que sólo conocemos por la referencia que de él da Verlaine en una carta a Charles de Sivry, en agosto de 1878 y que se ha querido confundir con Las Iluminaciones. Síntesis de la obra rimbaudiana, Las Iluminaciones han abierto nuevos horizontes a la literatura, pareciendo incluso facilitar el camino por adelantado e impulsar las tendencias que ellas implican. El fervor de este poeta de dieciocho años es semejante al de un buscador de oro en el instante de descubrir la vena del preciado metal a la que ha consagrado su vida y que es la justificación de su existencia; y lo que más sorprende en esta obra, para mayor triunfo de la adolescencia, es su fulgor e intensidad. No faltan en Las Iluminaciones las referencias a hechos personales; llegan incluso a constituir la materia esencial, integrada a las emociones «vividas» de la lectura y la ficción: relación en cierto modo de una poesía en acto en la que se encuentran los recuerdos de la infancia, las vicisitudes de su vida en París (él llegó a la capital un año antes de la llamada de Verlaine, llevando El Barco ebrio, v.), sus viajes, sus rodeos solitarios, sus aspiraciones y sus tormentos anteriores, su reciente estancia en Inglaterra en compañía de Verlaine; pero todo ello importa poco de hecho y no cabe duda que no fue la intención del poeta el hacer una confesión pública al estilo romántico, transportando simbólicamente los lugares, los comparsas y el héroe; menos aún puede decirse que se trate de teatralizar.
Rimbaud sabe que es poeta (carta a Izambard, mayo de 1871), porque ha reconocido algo parecido a él, o acaso inferior, en los poetas consagrados, y por la revelación que tiene del valor y de la esencia misma de los límites de la poesía; con el fervor de los pioneros, quiere esforzarse en conseguir el fuego que hay en ella y no limitarse a alcanzar tan sólo los reflejos, quiere esforzarse en descubrirse y no en explotarse (cfr. Carta de un viajero). ¿Qué son Las Iluminaciones sino los ejercicios interiores prolongando los ejercicios sobre el natural de las Poesías (v.) y preludiando los ejercicios espirituales de Una temporada en el Infierno? Una sola intención anima el conjunto de estos poemas: pintar el universo entero. Rimbaud va a transformar la concepción todavía superficial de la introspección, a intentar darse en la inmediatez y totalidad de una imagen del mundo y de sí mismo, encontrar lo esencial. De aquí la forma particular de su lenguaje, cuyos términos se articulan sobre la coloración afectiva de que están cargados, sin perder, sin embargo, por ello su propia realidad, la cualidad concreta que ha suscitado esta coloración. Así nacen y se desarrollan estas aproximaciones inusitadas (de las que se hará un simple sistema formal) y este ritmo que no toma casi nada de la lógica de la descripción realista. Pues no se trata de transformar en «real» una visión, sino de acceder a la «visión» de la realidad, de explorar hasta el principio (llegó incluso a hacer uso del alcohol y el haschich) los meandros de la imaginación más allá del espacio y del tiempo familiares.
Movido y pensado por sus sensaciones; sus sensaciones y sus imágenes («On me pense»), intenta orquestarlas, liberándose y tomando así posesión de sí mismo. Poesía ascética, si se quiere, pensamiento que quiere hacerse a través de los datos de las sensaciones desorganizadas para captarlas mejor en su pureza original y su verdad primera, con el fin quizá de volver a encontrar y probar el éxtasis de las fiestas de la infancia negadas por el presente. Iconoclasta, rechazando o rehusando los símbolos aprendidos y la imaginación sentimental heredada, reventando los ídolos para encontrar su dios, rehace sus propios símbolos y su propia mitología, desarraigándose paulatinamente del pathos y de los motivos sentimentales del Occidente con acento e intuición nietzschiana: ya algunos poemas pierden el carácter visionario e inician el cambio hacia el pensamiento ético de Una temporada en el Infierno. Pero de momento (y Las Iluminaciones están escritas casi por completo en presente), es todavía la revolución en acto, las delicias del grito y los deslumbramientos: los aforismos severos, los arranques líricos contenidos y truncados, visiones místicas y de profético acento, golfos de ternura a menudo extendidos sobre el alborozo de una aurora de infancia, antigua plenitud y pureza que él no puede ya más que atravesar o rodear, rabia. Sería inútil querer explicar estos poemas (los más citados de los cuales son «Cuento», «Parada», «Vidas», «Madrugada de borrachera», «Bárbara», «Democracia», «Guerra» y «Sueldo») o el pretender comentarlos por sí mismos.
Notemos que en ellas hallamos aún la concepción del Poeta inspirado, del Elegido, del Héroe vaticinador e irresponsable, el arrebato hacia una pureza ideal y su contrapartida no menos ideal de impureza; pero en Rimbaud, la sed de verdad y de lo esencial, la vigilancia de sí mismo, afirman y denuncian a la vez los juegos más seductores de la imaginación que se consume en la soledad de su esplendor. Parece atraer, aquí, una experiencia sobre la naturaleza misma de su inspiración, y por conocerla demasiado bien hará que muy pronto se pierda el gusto en cultivarla. Llevado por este movimiento, irreversible sin la aceptación de compromisos, no hará sino desenterrarse a sí mismo y manifestarse a la luz, cambiando de espíritu y desmenuzando poco a poco hasta el silencio su necesidad de escribir (v. Una temporada en el Infierno). Un año más tarde ya no volverá a escribir más. Es de este silencio mismo de donde Las Iluminaciones y la obra entera de Arthur Rimbaud, que ha transformado por completo el panorama de la poesía contemporánea, extraen un suplemento de riqueza, de resonancia y de profundidad.

