Las Estancias de Poliziano, Angiolo Poliziano

[Le stanze]. Poema compuesto entre 1475 y 1478 y pu­blicado por primera vez en 1494, generalmente conocido con el título de Estancias por una justa [Stanze per la Giostra].

Di­vidido en dos libros (aunque el segundo no llega mucho más allá del principio), este poema en octavas quería ser la celebración de una justa en que había triunfado Ju­liano de Médicis, hermano de Lorenzo el Magnífico; continuaba de este modo una tradición literaria empezada por Pulci, el cual cantó una primera justa ganada por Lorenzo en 1468. Sin embargo, el poema, aunque llega al comienzo del tema de las armas, puede decirse que se agota ya en el preludio. Ello tiene su explicación. En 1478, había muerto Juliano, víctima de la con­jura de los Pazzi, y ¿cómo resistiría a la tragedia un poema que debía ser de fiesta, alabanza y amor? Y tampoco era Poliziano un poeta épico, sino de tipo ligero y con variaciones de fábula; el que quisiera contrastarlas con la realidad, como si las Es­tancias fuesen crónica y no pura fantasía, advertiría una desproporción entre la solemnidad de la retórica humanística y la oca­sión de ese torneo, en que la Florencia de los mercaderes se complacía en parecer bien ejercitada en galanterías y proezas caballerescas. En realidad Poliziano era un poeta idílico, de una milagrosa finura lite­raria y de un alma musical y voluptuosa.

Aquel mundo de la naturaleza y del hom­bre que el Humanismo había redescubier­to siguiendo las huellas del antiguo pen­samiento y del arte clásico, renacía con la ternura de las cosas intactas, aún re­bosantes de rocío y frescor matutinos. El argumento del poema es una breve fá­bula amorosa. El bello Julo ama la vida de las selvas, los juegos viriles y la caza; desdeña y se burla del amor. Ofendido, Cupido crea con un soplo de aire leve una cierva, que el cazador persigue; cuan­do la alcanza, ella se vuelve ninfa y apa­rece como la bella Simonetta (Juliano de Médicis estaba enamorado de una Simo­netta Cattaneo, que murió muy joven, en 1476). Cupido lanza una de sus flechas y hiere a Julo. Desaparece la ninfa y, tras­tornado por un sentimiento que hasta en­tonces desconociera, Julo regresa a su casa. Cupido vuela triunfante hacia su madre Venus, que se halla en el alcázar de Chi­pre.

Y Venus decide enviar al joven ena­morado un sueño que le incite a luchar por la gentil Simonetta; Julo, impaciente de llegar a ser famoso, suplica la ayuda de Amor, Minerva y Gloria. Aquí se inte­rrumpe el canto. «Los hechos famosos y los grandes nombres se olvidan. ¿Y qué quedó? Las Estancias». Así dice De Sanctis. Se han conservado numerosos frag­mentos del poema; además de aquellos en que, a ejemplo de los clásicos, Poliziano realiza una preciosa decoración (el pala­cio de Venus con sus puertas )r aquellos otros en que, con puras octavas de un en­canto sereno o apenas sombreado por una juvenil tristeza, el poeta canta su verdadero mundo: la naturaleza primaveral, la alegría elegantemente salvaje dei orgulloso caza­dor, su alma virgen, la aparición de la cier­va y de Simonetta, en un tiempo musical que se va moderando y parece quedar sus­pendido, la turbación por el amor inespe­rado, la noche que llega para cubrir la dolorosa angustia, los compañeros que van buscándole con sus antorchas y sus voces.

Y otras muchas bellezas, nacidas de una inspiración que se ha querido definir como primitiva, y se puede definir así, si con esto queremos sólo sugerir algo de genialmente puro y juvenil, pero que, en realidad, aparece refinado, acariciado y acordado por un arte exquisito.

F. Pastonchi

[En las Estancias]… una fantasía risue­ña y una peregrina y vaga suavidad… (Gioberti)

En Boccaccio es la carne la que encien­de la imaginación; en Poliziano la imagi­nación es como un crisol, donde se refina el oro. (De Sanctis)

…autor de elegías y epigramas que se vinculan al sentimiento de las Estancias y tienen, al igual que éstas, un estremeci­miento de voluptuosidad, no sin dolor en su delicadeza y en su aparente serenidad. (B. Croce)

Poliziano es el primer gran expositor de los hechos cotidianos en un sentido áulico. (F. Flora)