Las Efesíacas, o Historias efesias de Antías y Abrócomes

No­vela griega en cinco libros (hacia el si­glo II d. de C.). El texto que poseemos es probablemente un resumen de un original más extenso. El esquema de la novela griega es siempre el mismo: hay dos enamorados, modelos de belleza y virtud; hay un oráculo que amenaza con algún siniestro y obscuro presagio; hay un viaje por mar, que inicia una serie de aventuras con naufragios, rap­tos, equívocos, procesos y otros ingredientes análogos; y por fin, sobreviene el castigo de los malos, el triunfo de los buenos y la unión definitiva de los protagonistas. En las Efesíacas los enamorados se llaman Abrócomes y Antías, y el primer libro del relato cuenta su enamoramiento en las fiestas de Diana Efesia y sus bodas. Luego, sin justi­ficación convincente, tienen que embarcarse. Naturalmente, caen en seguida en po­der de los piratas, y, violentamente separa­dos, durante los restantes cuatro libros no hacen más que correr uno en pos de otro a través del vasto mundo, de Siria a Egipto, de Sicilia a Italia, sin excesivo respeto a la verosimilitud ni a la geografía.

Tanto el mozo como la joven llevan en sí mismos, en su extraordinaria belleza, el mayor pe­ligro. Dondequiera que vayan a parar, sus­citan las más violentas pasiones; y como su virtud los mantiene alejados de toda conce­sión a los ruegos que se les hacen, incurren en el furor y la venganza de los enamora­dos rechazados. No faltan las muertes apa­rentes, las patéticas escenas de Antías que se despierta en la tumba después de ser en­terrada, ni de Abrócomes crucificado y atado encima de una pira, de la que en el último momento se salva gracias a un pro­digio divino. Aparece también la esposa mal­vada, disoluta y vengativa, que da muerte a su marido y acusa luego al amante que la desdeñó. Está el rufián benévolo, que cree en la fingida epilepsia de Antías y la saca del lupanar donde la desdichada ha ido a parar. No falta la figura del bandido de corazón de oro, Hipótoo, que al final con­tribuye a la reunión de los esposos, a pesar de estar enamorado de Antías.

De la confusa acumulación de episodios que se suceden sin ninguna necesidad interior, como variaciones superficiales de motivos constantemente iguales, se distingue, por su sabor romántico y su atmósfera idílica, el episodio de Egialeo, el anciano pescador junto al cual se refugia Abrócomes cuando sus andanzas lo llevan a Sicilia. El anciano narra a su huésped la sencilla historia de un amor contrariado, su fuga de la casa paterna de Esparta y la vida obscura pero feliz que luego ha llevado con su amada Telxinoe en la cabaña a la orilla del mar, entre barcas y redes. En Rodas ocurre el encuentro final de todos los héroes de la historia, y los esposos reunidos vuelven a Éfeso para ser definitivamente felices. Si los acontecimientos son numerosísimos, el relato es sencillo, árido, sin rodeos ni esos artificios retóricos que se encuentran en las obras posteriores de Heliodoro, Aquiles Ta- cio y Longo.

Más que una novela, se ha dicho, es un esquema de novela, aunque ello quizá se debe a la forma abreviada en que ha llegado a nosotros. Es originaria en cambio, en cuanto es común con todas las novelas griegas, la pobreza de inspiración; el escritor, incapaz de dar vida a los per­sonajes y de moverlos dramáticamente, acumula figuras y hechos de una manera completamente exterior y mecánica. Solo un público de modestas pretensiones, en una época de cultura fatigada y de segunda mano, podía hallar gusto en estos relatos, llenando sus inertes esquemas con sus pro­pios sentimientos personales.

A. Brambilla