Las dos jornadas o El aguador, Luigi Cherubini

[Le due giomate o II portadore d’acqua]. Opera en tres actos de (1760- 1842), con libreto de J. N. Bouilly [Les deux journées 1, estrenada en París en 1800. En 1647, en París, Antonio y su hermana Mar­celina están a punto de partir para el pue­blo de Gonesse, donde se ha de celebrar la boda de Antonio, cuando su padre, el aguador Micheli, lleva a casa al presidente del Parlamento, el conde Armand, y a su esposa Constanza, perseguidos enconada­mente por las tropas del cardenal Mazarino, porque Armand se ha declarado en contra de un impopular edicto dado por el carde­nal.

Antonio reconoce en el conde Armand un antiguo bienhechor suyo y toda la fa­milia se dispone a ponerle a salvo, junta­mente con su esposa, fuera de las puertas de París; Constanza se viste el traje saboyano de Marcelina y se hace pasar por ésta acompañando a Antonio a la boda; tras algunas peripecias en la barrera, logra salir de la ciudad. El conde Armand escapa mediante un sistema más ingenioso, escon­dido en el tonel del aguador. Pero las tro­pas de Mazarino sospechan el engaño y van a inspeccionar el pueblo de Gonesse, precisamente cuando llegan Armand, Cons­tanza y Antonio. Armand es capturado y Constanza está decidida a seguir la misma suerte, sea la que sea, cuando, como pro­videncial, «deus ex machina», llega Miche­li, acompañado de un oficial que trae orden de la reina para que se ponga en libertad a Armand. Termina el acto con una esce­na llena de alegría en que todos celebran la bondad de Micheli y de su familia.

Musicalmente esta ópera participa de la es­tructura de dos tipos melodramáticos aje­nos al teatro italiano, es decir, de la «comédie á ariettes» francesa y el «Singspiel» alemán; no hay en ella el recitativo seco, sino la prosa hablada, no existe la infinita teoría de las arias, sino algunos «couplets» y varios duetos y tercetos. Desde el punto de vista dramático, esta obra se encuentra entre el género lacrimógeno de fines del siglo XVIII y la dura tendencia a lo trágico del siglo XIX; y mientras por una parte el humorismo de ciertos pasos instrumentales y la gracia patética de determinados «cou­plets» (tales como la canción del saboyano en el primer acto) recuerdan a Mozart y a Paisiello, la obertura inicial en la que Cherubini vierte toda su habilidad de sinfonis­ta, y la constante busca de un tema que exalte el amor conyugal realizado por el propio poeta que dio la pauta para el libreto de Fidelio (v.), revelan todo lo ‘que tiene de cercano a Beethoven, éste que fue pre­cisamente juzgado por Beethoven como «el primer compositor dramático de su tiempo».

La obra de Cherubini, por ser poco expre­siva y nada apasionada, no puede llegar a ser popular, pero su manera de estar reali­zada, límpida y transparente, la gracia de los fragmentos de conjunto, la severa uni­dad de la técnica y del estilo, la sabia dosi­ficación de los elementos cómicos hacen de ella en todo momento una ópera llena de interés.

L. Fuá