Las diabólicas, Jules-Amédée Barbey d’Aurevilly

Volumen de narraciones, que es, co­menzando por el título, la obra más repre­sentativa de este originalísimo escritor. Él mismo, en el prólogo de la primera edición de su libro (1874), expone con irónica y mordiente ligereza el tema y los motivos de su arte de narrador: son diabólicas sus no­velas, porque él cree en la presencia real del demonio, y se complace en mostrar esta presencia en la calidad de los dramas más atroces, o en los más curiosos episodios de la vida mundana de su tiempo; diabólicas son también las mujeres que nos presenta en sus páginas, ya que la mujer, más débil intelectualmente que el hombre, más aban­donada a los instintos, puede ser más fácil­mente presa de las fuerzas del Mal, con la misma naturalidad con que puede ser, otras veces, el más puro ejemplo del Bien (efec­tivamente, el autor promete que a ésta se­guirá otra serie de cuentos «Celestiales», que no escribió).

La extravagancia y la re­finada perversidad de los argumentos, la coloreada violencia del estilo —tajante y pintoresco, espléndido y elocuente, tan dis­puesto a la breve ironía como a la decla­mación, impetuoso, pero casi siempre sos­tenido por la despreocupada elegancia de tono de un gentilhombre revolucionario, maníaco de las bellas maneras de los idea­les caballerescos — dan a estas narraciones la poderosa individualidad que a muchas de ellas les ha asegurado un renombre sos­tenido.

Las novelas están narradas por un «testigo» o, si se trata de un hecho lejano, por el mismo protagonista, o, a veces, las presenta el autor como recuerdos de su ado­lescencia; la mayor parte de los hechos, tienen lugar en el «oeste», en las cam­piñas o en las pequeñas ciudades de Normandía o de Bretaña en las que pasó el autor sus primeros años y a las que hizo también escenario de sus novelas, El caba­llero des Touches (v.) y Un cura casado (v.). Citemos entre las narraciones más notables del volumen: «Le bonheur dans le crime», la novelesca historia del delito de la bella esgrimidora Altaclara y del conde de Savigny; «Le dessous de cartes d’une partie de whist», que revela un misterioso amor y un todavía más misterioso delito, en un ambiente de jugadores nobles y ex emigra­dos; y el truculento y pintoresco «Diner d’athées». Sin embargo, las dos narraciones de mayor relieve y más representativas, en las que el terrible estilo de Barbey apare­ce más riguroso y comedido, son de am­biente parisino: El amor más bello de Don Juan (v.) y la Venganza de una mujer (v.).

M. Boxfantini

Yo sólo escribo hinchadamente: como los tejidos que se inflaman para arrojar las es­pinas que se introducen en la carne. (Barbey d’Aurevilly)

Hay para morirse de risa. Seguramente, eso es por la perversidad de mi espíritu que ama las cosas malsanas, pero esta última obra me ha parecido extraordinariamente divertida: no se puede ser más involuntaria­mente grotesco que lo que ella es. (Flaubert)

Barbey d’Aurevilly es un Balzac epilép­tico.(Zola)