Las Confesiones de Rousseau

[Les Confessions]. Obra autobiográfica de Jean- Jacques Rousseau (1712-1778). Fue publi­cada en 1781 (primera parte) y en 1788 (segunda parte), y sigue siendo preciosa para el estudio de la formación espiritual del autor. Después de los primeros años de juventud errabunda e indecisa, primero en el hogar del relojero, su padre, en su Gine­bra nativa, después en casa de un grabador y más tarde en Annecy, donde es acogido y convertido al catolicismo por la señora de Warens, Rousseau, al llegar a los veinticin­co años, se pone a estudiar seriamente, orientándose sobre todo hacia la filosofía. En Chambéry, vuelve a encontrar a la se­ñora de Warens, que, por aquel tiempo, se convierte en su amante. Obtiene un empleo en el catastro, y se pone a dar, con escaso resultado, lecciones de música. De 1738 a 1739, Jean-Jacques vive con la señora de Warens en «Les Charmettes», pero después, al advertir que su amiga le ha sustituido por otro, parte para Lyon. Se hace preceptor de una familia; de allí se va a París, y, por fin, ejerce de secretario del embajador fran­cés en Venecia.

En 1742, de vuelta a París, presenta a la Academia de Ciencias su Projet concernant de nouveaux signes pour la musique, que es rechazado. Por aquel pe­ríodo, conoce a D’Alembert, Condillac y Diderot, y éste le anima a tomar parte en un concurso anunciado en 1749 por la Acade­mia de Dijon: Si el progreso de las cien­cias ha contribuido a corromper o a puri­ficar las costumbres. Esta obra, su primer Discurso, sale vencedora. Hacía unos años que vivía con Teresa Levasseur, de la cual afirma haber tenido cinco hijos, que mandó a la Inclusa. En 1753, la Academia de Dijon anuncia un segundo concurso en el cual Rousseau toma parte sin salir vencedor, con Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres (v.), obra que completa después en Ginebra, en 1754, y que suscita un gran escándalo. En­tretanto, en 1752, había compuesto una co­media musical en un acto: El adivino de la aldea (v.), representada al año siguiente en la Real Academia de la Música de París. Vuelto a París, su admiradora Madame d’Épinay le ofrece un lugar tranquilo y so­litario, «L’Hermitage», junto al bosque de Montmorency, donde Rousseau se refugia.

En contacto con la naturaleza y en fecunda soledad, pasa allí algunos años de su vida, escribiendo sus principales obras: El con­trato social (v.), La Nueva Eloísa (v.) y el Emilio (v.), la famosa narración pedagógica que desató, por sus ideas innovadoras, las airadas reprobaciones de gran parte de la clase dirigente francesa de la época; de aquí que tuviese que huir de Francia, en 1762, para peregrinar primero por Suiza, y después por Inglaterra, donde conoce a Hume. Y en este punto se interrumpe la na­rración. Rousseau, se propuso escribir, como declara en su prefacio, una autobiografía según «naturaleza y verdad», e imprimió a su figura, tal como aparece en las memorias, los rasgos de una individualidad original y rebelde, en lucha continua contra el con­vencionalismo de la sociedad.

Sus tenden­cias románticas al sentimentalismo, a la vida errabunda y libre, y su amor por la naturaleza, son atribuidos por el propio Rousseau al influjo que ejercieron en él sus primeras -lecturas: novelas y vidas heroicas, en particular Plutarco. En realidad, el amor y la concepción original de la naturaleza, que dominan en las Confesiones, además de derivar de una espontánea tendencia, son fruto de un prejuicio panteísta madurado en contacto con la atmósfera intelectual en que vivió, dominado por el pensamiento de los sensistas, sobre todo, de Condillac. Lite­rariamente lo que permanece vivo en las Confesiones es el especial sentido crepuscu­lar de sus lamentos por las grandes ilusio­nes perdidas y el hechizo de lo primitivo y lo ingenuo; Rousseau crea también la cos­tumbre literaria de introducir en las me­morias autobiográficas el gusto por lo pin­toresco, lo «primaveral», tendencia que ejer­cerá notable influencia en los más famosos escritores franceses del siglo XIX. La obra fue, en cierto modo, continuada por las Meditaciones del paseante solitario (v.).

S. Spellanzon

Rousseau es el manantial cenagoso, o al menos fangoso, del que se han alimentado algunos de los mayores ríos del siglo XIX. (Du Bois)

Tal como aparecía en sus escritos auto­biográficos, Rousseau era lo que suele denominarse inconstante, es decir, pretendía ser lo que no conseguía ser y muy a me­nudo era todo lo contrario de lo que habría querido ser.  (Fernández)

En todo caso, como pintor, Rousseau po­see en alto grado el sentido de la realidad. (Sainte-Beuve)

Aquí es donde su alma se muestra al des­nudo. Hay algunas páginas en las cuales me he sentido deshacer en delicias y amo­rosos devaneos. (Flaubert)

Las confesiones con las que Rousseau ha pretendido hacer la historia de su propia vida son un puro poema… Se le sorprende a cada página en flagrante delito de menti­ra, pero no de error; con todo, el libro es de una ardiente sinceridad. Pero esta since­ridad no se refiere a los hechos, sino a la emoción que los altera y los supone. (Lanson)