Las Aventuras del Último Abencerraje, François-René de Chateaubriand

[Les Aventures du dernier Abencérage]. Narración de François-René de Chateaubriand (1768-1848), aparecida en 1826, pero ya escrita veinte años antes y no publicada porque el retrato que en ella se hace del pueblo español, hostil a Napo­león, hubiera sido censurado. La novela muestra el dolor de los árabes que una vez perdido el reino de Granada (1492), han te­nido que diseminarse por África. En la tribu de los Abencerrajes, establecida en los alre­dedores de Túnez, el joven príncipe Aben- Hamet, casi tres decenios más tarde (es no­table la referencia a Francisco I prisionero en Madrid), decide hacer una peregrina­ción al país de sus abuelos, España. A la vista de los palacios de la Alhambra y de los lugares que testimonian el esplendor de aquella civilización, se siente presa de pro­fundas emociones. El encuentro, entre las mismas ruinas, de una bella y apasionada española, doña Blanca, ofrece al último abencerraje el consuelo por las desgracias de su raza.

A la descripción de su amor, se mezcla la evocación de las glorias moriscas en una visita a la Alhambra, lo que da lu­gar a que el autor se extienda en una pa­tética pintura de los lugares visitados. El amor entre la cristiana Blanca y el árabe Aben-Hamet nace del contraste de una fe y una patria; pero el joven no sabe que Blan­ca desciende del héroe exterminador de los moros, Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Cam­peador (v. Cid). El tiempo no logra que se atenúe el contraste de fe y de raza, mien­tras con la ausencia crece la recíproca pa­sión. Un duelo entre el árabe y don Carlos, hermano de Blanca, revela la superioridad de Aben- Hamet y su cortesía caballeresca. Por fin el abencerraje conoce el origen de doña Blanca; el amor le inclina a la fe de ella; pero en una escena llena de contrastes, en la que refulge la caballeresca nobleza del general francés Lautrec, prisionero de Carlos V, y huésped de la familia de doña Blanca, ésta ordena al último heredero de la gloriosa estirpe árabe, que se vuelva al desierto para no empañar el amor de sus padres con la conversión a otra fe. Más que por el contraste moral y religioso, de­masiado fácil y retórico, la obra vive por su estilo, rico, lleno de color, elocuente­mente pintoresco, que inaugura aquel gusto por España que es uno de los filones de la literatura francesa del primer romanticismo y de todo el Ochocientos. El idilio doloroso, tan cálidamente expresado, ha contribuido naturalmente mucho a la gran popularidad de la narración. [Primera traducción caste­llana, anónima (Valencia, 1827). La segunda, también anónima, impresa por Cabrerizo (Valencia, 1843)].

C. Cordié