Las Aleluyas del Señor Esteve, Santiago Rusiñol

[L’Auca del Senyor Esteve]. Una de las obras más populares del pintor, comedió­grafo y narrador catalán Santiago Rusiñol (1861-1931). Primero se publicó en for­ma de novela y, más tarde, el propio Rusiñol la escenificó, estrenándose en 1917 en el teatro Victoria de Barcelona. Se trata de la biografía del señor Esteve, símbolo de la pequeña burguesía barcelonesa del siglo pasado. Hombre prudente, práctico, «era el término medio del vivir». Todo en su vida es calculado, mesurado. Su negocio, su vida sentimental, su vida psíquica. El mundo se reduce para él a su pequeña tienda de mer­cería, a su «Puntual», fundada en 1830. De ahí que su vida sea gris, superficial. «He trabajado mucho en este mundo —confiesa desgarradoramente momentos antes de mo­rir—. No he hecho más que esto: trabajar. Ahora que me marcho puedo decirte que no he vivido, que no sé qué es vivir. He pasado. Sólo he pasado. No he sido nunca joven, no he sido nunca hombre, no he sido nada en este mundo. He sido un ten­dero que he encontrado una casa hecha, que la he cuidado, que la he hecho pros­perar». Exactamente lo mismo hicieron su padre y su abuelo, el fundador de la «Pun­tual». La única realidad vital para ellos era el negocio, los clientes. Más aún: la econo­mía. Pero el hijo del señor Esteve, Ramo- net, rompe con la tradición familiar, es decir, rompe con el negocio: Ramonet quiere ser escultor.

Los impulsos de su vida son el Arte, la Belleza, el Ideal, la Glo­ria. De ahí la catástrofe familiar: la dis­tinta actitud ante la vida del señor Este- ve y Ramonet. Es el típico dilema de la obra de Rusiñol: la lucha de la vida bur­guesa, indiferente, aferrada a los pequeños principios de la vida vulgar, y la vida tras­cendente del Arte, de la libertad imperiosa del espíritu creador. Este choque provoca la muerte del señor Esteve, que tiene, al fin, un rasgo de esplendidez, no exenta de dramática resignación: «Recuerda siempre — le dice a su hijo — que habías tenido un padre que no había sido nada en el mundo para que tú pudieras ser; que ha­bía hecho dinero para que tú lo pudieras tener, y que si haces alguna obra buena, en este camino que quieres emprender, sin mí no la habrías hecho». La obra, de pobre expresión lingüística y estilística y mucho más lograda estructuralmente al ser lleva­da al teatro que al ser realizada en forma de novela, contiene ciertos rasgos autobio­gráficos y su más acusado interés radica en el fino humor con que ha sabido desarrollarla su autor y en la creación del perso­naje central, el senyor Esteve, que simbo­liza toda una época y toda una clase so­cial: la que hizo posible la Barcelona mo­derna. El éxito del personaje trascendió, más o menos adulterado, a los semanarios humorísticos, y el poeta Gabriel Alomar escribió, narrando la historia, unos parea­dos (rodolins) que ilustró Ramón Casas. Fue traducida al castellano por Gregorio Martínez Sierra en 1908 y por María Luz Morales en 1949.

J. Molas