La Zampoña, Gian Battista Marino

[La Sampogna]. Colec­ción de idilios de Gian Battista Marino (1569-1625), que lleva por título el nombre del instrumento tradicionalmente atribuido a la poesía pastoril, publicada en 1620 y dividida en dos partes, la primera de las cuales comprende: «Idilios fabulosos» [«Idilli favolosi»]. y la segunda los «Idilios pas­toriles» [«Idilli pastorali»].

Los primeros, en número de ocho («Orfeo», «Acteón» [«Acteone»], «Ariadna» [«Arianna»], «Euro­pa», «Proserpina», «Dafne» [«Dafni»], «Si­ringa», «Píramo y Tisbe»), no tienen de pastoril más que el escenario natural donde se desarrolla la acción, y propiamente no son más que pequeños poemas en los que el autor aprovecha alguna famosa historia de amor de la Antigüedad clásica, alternando la narración — que por lo general está en endecasílabos y heptasílabos libremente ri­mados — con fragmentos líricos en diversas formas métricas. Con esta polimetría y con sus amplios desarrollos descriptivos, Marino se figuraba haber vestido con ropaje mo­derno y original aquellas fábulas que entre­sacaba — a menudo parafraseando y siem­pre ampliando — de las Metamorfosis (v.) de Ovidio, de los Idilios (v.) de Mosco, del Rapto de Proserpina (v.) de Claudiano, de las Dionisíacas (v.) de Nonno Panopolitano y, por último, de un pequeño poema del mismo nombre del poeta español Jorge de Montemayor.

Más que de poeta, nos parece su obra de hábil artífice, y solamente muy de tarde en tarde, por ejemplo en la descripción de la gruta en la que Diana se baña con sus ninfas (en el «Acteón»), o en la escena en que Baco contempla embele­sado a Ariadna (en «Ariadna»), se vivifica con algunos toques de poesía. Más pobres resultados alcanza en las otras fábulas de amores míticos, desarrollados luego en las sonoras e hinchadas octavas del Adonis (v.). Al archiconocido mundo pastoril nos con­ducen, por el contrario, los cuatro «Idilios» de la segunda parte de La zampona: «La morena pastorcilla», «La ninfa avara», «La disputa amorosa» y «Los suspiros de Ergasto», tres diálogos, los primeros entre el amante y la mujer amada, y un largo mo­nólogo, el último en 119 octavillas, de un enamorado infeliz.

Son notables «La morena pastorcilla», por sus referencias a la vida y obras del autor, y «La ninfa avara», donde el espíritu del poeta, fundamentalmente es­céptico e inclinado a la burla y al escarnio, tiene ocasión de manifestarse en el con­traste entre el enamorado que prorrumpe en las más enfáticas alabanzas hacia su amada, y la mujer que se burla de él y de su fraseo­logía literaria y le pide, a cambio del amor que solicita, alguna recompensa más tangi­ble y concreta. Es ésta una de las cosas más sinceras de Marino, pero también deben ser recordadas las «Églogas silvestres» [«Egloghe boscherecce»], compuestas en su juven­tud y luego repudiadas, publicadas sin su consentimiento en 1620 y luego reeditadas en algunas ediciones de La zampoña. Más sencillas y más breves que los «Idilios», estas «Églogas» son, por lo menos en deter­minados fragmentos, las más inspiradas de estas composiciones más maduras. A pe­sar de cierta negligencia, tienen un acento poético muy personal las églogas «Dafne» y «Siringa», que tratan el mismo tema que dos «Idilios fantásticos» y saben expresar la pasión amorosa de Apolo y de Pan, que inútilmente persiguen a las ninfas amadas.

M. Fubini

Dícese de él que fue el corruptor de su siglo. Sería más lícito decir que el siglo le corrompió a él, o, para ser más exactos, no hubo corrompidos ni corruptores… Ma­rino fue el ingenio de su siglo, el siglo en su máxima fuerza y claridad de expresión. (De Sanctis)

Ni Marino fue un genio, ni los marinistas representan la debilitación, el fracciona­miento o la corruptela de su obra. El poeta napolitano (que en casi toda su obra se nos muestra como un retórico verboso y no poco pedante) fue, más que otra cosa, el que señaló uno -o más caminos sólo en parte recorridos por él, por los cuales no sería quizás demasiado arriesgado afirmar que otros fueron mucho más allá y que consi­guieron algunos efectos artísticos, y no artísticos, que él sólo de tarde en tarde y parcialmente pudo lograr. (B. Croce)