La Valse, Maurice Ravel

Poema coreográfico para or­questa de Maurice Ravel (1875-1937). Com­puesto en 1919-20 con vistas a una representación escénica que el coreógrafo ruso Diaghilev había propuesto al músico, fue definido por el autor como «una especie de apoteosis del vals vienés», a la cual se unía en su fantasía «la impresión de un torbellino fantástico y fatal».

La forma de esta com­posición, escrita para gran orquesta, es más bien simple y puede reducirse a dos amplios «crescendos». En el primer episodio, después de un profundo estremecimiento inicial de los bajos, se desenvuelven, con ritmo carac­terístico, las invitaciones a la danza. El vals vienés es evocado por una serie de pequeños temas que subrayan los aspectos más salientes. El eco de Johann Strauss es más frecuente que el de Schubert; a este último responden en los momentos mejores los Valses nobles y sentimentales (v.). En el segundo episodio, más conciso y vibrante, se logra como una síntesis de los elementos precedentes, lanzados con una extraordina­ria exaltación rítmica y sonora. Como más tarde el Bolero (v.), La Valse alcanzó un grandísimo éxito desde su primera audición, convirtiéndose en una de las composiciones de Ravel más notables y ejecutadas; lo que no significa que figure entre las más impor­tantes y significativas.

El Ravel de La Valse no es el Ravel de la Sonatina (v.) o del Niño y los sortilegios (v.); es más bien un aspecto excepcional que nos lo revela in­quieto y febril, dominado por un espíritu rítmico, por una exaltación que nos lleva a pensar más bien en el artificio de una vo­luntad exasperada que en la necesidad pro­funda de una inspiración. Incluso el aspecto formal y la técnica de la orquestación se resienten de este particular estado de áni­mo. La perfección constructiva, el admira­ble equilibrio orquestal, la delicadeza ar­mónica y el delicado lirismo de tantas otras páginas ravelianas no se encuentran en La Valse, que trata de deslumbrar — y consigue plenamente su fin — más que de conmover.

L. Córtese