Valses de Chopin, Fryderyk Franciszek Chopin

En los valses del com­positor Fryderyk Franciszek Chopin (1810- 1849), el elemento caballeresco y marcial de las Polonesas (v.) es sustituido por una feminidad amorosa, por una excitación fe­bril de fiestas y placeres. Encierran en sí bastante más que una simple danza; se en­cuentra en ellos el aparato del gran baile, el esplendor de las luces, de los vestidos, de las bellísimas damas, la excitada anima­ción de las conversaciones y de las mira­das.

Todo ello gozado con la desatada fanta­sía de un adolescente capaz de embriagarse y dejarse deslumbrar por el torbellino de la fiesta, a la vez que de hundirse, sin razón, en la melancolía. Sin el fondo de esta poesía de la adolescencia, la vanidad del ambiente y la fastuosidad de la sociedad mundana imprimirían fatalmente sus huellas en estos valses. Sustancialmente, son dos los gran­des aciertos de Chopin en este género: el Gran vals brillante en mi bemol, op. 18 (1834), y el Vals brillante en la bemol, op. 34, n.° 1 (1838): el primero, enérgico en su desarrollo rítmico; el segundo, con una ma­yor tendencia a efusiones afectuosas y nos­tálgicas, de acordes de tercera y sexta lle­vados al límite de una onda espumeante de danza. Uno y otro borrascosos y arrebata­dores, y ambos, también, no exentos de cierta sombra del mal gusto que lleva con­sigo este género: los adornos que ofrece el Vals en mi bemol y el Vals en la bemol, las artificiosas amplificaciones, los ornamen­tos frívolos y presuntuosos de la penúltima página, antes del bello final tan lleno de placidez.

Otras tentativas de Valses brillan­tes que no lograron resolverse tan feliz­mente, son los correspondientes al op. 34, número 3, en fa mayor (1838), y al op. 42 en la bemol (1840), todo él entretejido de motivos y temas de otros valses (la figura en tresillos del op. 70, n.° 3; los arabescos arpegiados del 70, n.° 1, y el trío del 69, número 1). Un feliz vals brillante es, en cambio, el escrito en la tonalidad de mi menor, póstumo y sin número de obra. Incluido en medio de tanto centelleo de frivolidad está el Vals en la menor, op. 34, núm. 2 (1838), que poco o nada tiene de danza y que podría decirse es la pausa improvisada de la tristeza en el torbellino del baile, la voz del alma fatigada y hastiada que no quiere dejarse llevar por el aturdi­miento, la sinceridad profunda en medio del oropel mundano.

La pureza de líneas y la continuidad del desarrollo, con que los tres elementos melódicos se entremezclan ágilmente, son tales que — a pesar de tanta diversidad psicológica — lleva a pensar en Mozart. Es una inspiración del Chopin más completo, y que puede ponerse al lado de sus más bellos Preludios (v.) y Nocturnos (v.), y por una cierta desnudez de su as­pecto exterior, de la Mazurca en la menor del op. 17 (v. Mazurcas). Pertenecen a un género más íntimo y afectuoso los tres Valses del op. 64 (1847), de menores pro­porciones, asimismo elegantes y animados, aunque sin ostentación. Son particularmente meritorios los dos primeros, en si bemol mayor y en do sostenido menor; el uno llamado del «perrito», porque el motivo que aparece en su comienzo se dice que fue sugerido a Chopin por el espectáculo de un perro que giraba rápidamente tratando de morderse la cola; el otro, constituido por tres elementos, entre los cuales destaca especialmente el segundo («più mosso»)» de­licadísimo y extraño motivo circular que parece encerrar en el espacio de unos bre­ves compases la eternidad del chapotear del agua en el surtidor de una fuente.

Siguen los valses póstumos, que tal vez por haber sido repudiados por Chopin han me­recido severos juicios de algunos comenta­ristas. El primero, op. 69, n.° 1, en la bemol mayor (1835), es bellísimo: elegiaco y que­jumbroso en la primera parte, si bien con un singular atisbo de jovialidad, genial en el trío por el logrado esfuerzo que tiende a enmascarar la monotonía rítmica del vals (bastante marcada, por ejemplo, en el op. 64, núm. 3) en una especie de ingenioso columpiar del ritmo, entre el primer tiempo del compás, acentuado, y el tercero, desplegado ondulantemente en un tresillo, mien­tras el segundo tiempo del compás queda, por decirlo así, melódicamente esfumado.

Casi todos los Valses de Chopin revelan la preocupación de evitar, por lo menos en el trío, la monotonía rítmica mediante la apli­cación de acentos secundarios, sobre todo en el tercer momento del compás, y con vigorosos períodos rítmicos melódicos: son particularmente felices los resultados obte­nidos en los Valses op. 18; op. 34, n.° 1, y op. 64, n.° 1. Pasamos por alto algunos Valses, como el juvenil en si menor op. 69, núm. 2 (1829), en fa menor (1843), en re bemol mayor (1830), op. 70, núms. 1 y 2, todos ellos de escaso mérito; pero, en cam­bio, merece citarse el hermoso Vals en sol bemol (1835), que en el soñador abandono del trío — después de una introducción es­pumeante y vivacísima — recuerda en parte el encanto secreto del Nocturno barcarola en sol mayor (op. 37, n.° 2).

M. Mila