La Tierra Prometida, Henrik Pontoppidan

[Det forjaettede Land]. Trilogía del escritor danés Henrik Pontoppidan (1857-1943), publicada en un volumen en 1898, después que las tres novelas que la componen habían sido ya respectivamente publicadas en 1891, 1892 y 1895.

Proyectada desde 1883 y escrita en su mayor parte durante una estancia del autor en Berlín, fue terminada en Florencia. En el primer volumen, Tierra Madre [Muid], asistimos a la lucha encubierta entre el viejo pastor T0nnesen y su joven capellán Manuel Hansted, el cual difunde entre la juventud de la parroquia las nuevas ideas de libertad religiosa profesadas en nombre de Grundtvig en las universidades popu­lares. Tønnesen, en su ciega obstinación, rehúsa ver el lado positivo de estas ideas, con lo que impulsa a sus feligreses a agru­parse en torno a Manuel, que en su en­cendido entusiasmo por todo cuanto pro­viene de la naturaleza, llega a casarse, él, hijo de un rico consejero de Estado, con una pobre muchacha de la aldea, Hansine, sin darse cuenta de que, en el fondo, es un instrumento del tejedor Hansen, predi­cador del odio de clases en nombre de un ciego fanatismo religioso.

En el segundo volumen, La tierra prometida [Det forjaettede Land], encontramos a Manuel, espo­so y padre feliz desde hace siete años, de­batiéndose con la dura realidad cotidiana: la tierra que él cultiva para acercarse todo lo posible al ideal evangélico, no le rinde lo suficiente para mantener a la familia, y hasta los frutos de sus predicaciones son mucho menos abundantes de lo que él había esperado; no le faltan enemigos ni denigradores, instigados por el tejedor Han- sen, que se ha pasado a un fanático sec­tarismo religioso. Cuando la muerte de su hijo mayor le hace dudar de las relacio­nes que le ligan a Dios, y cuando la reapa­rición de la bella y elegante Ragnild Tønnesen, hija del antiguo pastor, tan diferente de la cerrada y tímida Hansine, le recuerda el mundo que había sido el suyo, Manuel renuncia a la lucha y, lleno de dudas y de remordimientos, vuelve a Copenhague, a casa de su padre, para tratar de alcanzar la paz interior.

Hansine, que desde hace mucho tiempo se ha dado cuenta de cuán diferente es la naturaleza de su marido a la suya, no le sigue, pero le anima a partir con los hijos, que en la capital podrán gozar de una vida mejor. La tercera no­vela, El día del juicio [Dommens Dag], es sin duda la más floja de las tres. Separado de la mujer y libre de toda preocupación material, Manuel busca en vano en su propia conciencia la certidumbre de su mi­sión de enviado del Señor, luchando contra la atracción que a pesar suyo siente hacia Ragnild. Cuando por fin la señal que le pide al Señor aparece bajo la forma de la invitación del tejedor Hansen a volver a su parroquia, destrozada por el fanatismo de las sectas protestantes, su razón sucum­be y sólo puede sobrevivir unos meses encerrado en un manicomio. Su tumba, erigida en una colina que le era muy amada, junto al pueblo en el que había creído hallar la tierra prometida, se con­vierte en meta de peregrinación para un grupo de fanáticos que han fundado una secta religiosa que lleva su nombre.

La tragedia de Manuel es en el fondo la misma del aguilucho en Vuelo de águila (v.) y que el de Per de la felicidad en la novela del mismo nombre: un gran impulso inicial debido más a la casualidad que a las condiciones intrínsecas, seguido bien pronto de amarguras y desilusiones, hasta llegar a la muerte (como en el aguilucho), a la locura (como Manuel) o a la resignación, como Per, el único que logra crearse una vida según sus propios límites, aunque para lograrlo ha de abandonar a su prometida Jacoba y a su mujer Inger. La figura más interesante de la novela es la de Hansine, superior a su marido en fuerza moral (como Jacoba es superior a Per) pero incapaz, como casi todos los personajes de Pontoppidan, de salir del mundo de su infancia. De todos modos, la importancia de la novela reside en la objetiva y completa descrip­ción de la campiña danesa en el decenio 1877-1887, con todos sus problemas internos, tanto económicos como religiosos. Tal des­cripción, completada en lo que respecta a la ciudad por el cuadro que, en Per de la feli­cidad, Pontoppidan ofrece de la vida intelec­tual que floreció en la capital alrededor de Brandés en los últimos decenios del siglo, revela su profundo conocimiento de las características del pueblo danés, cuyas debi­lidades denuncia el autor con una especie de encarnizada y apasionada inflexibilidad.

La misma disposición determina el profundo pesimismo de El reino de los muertos, donde Pontoppidan interpreta un período de la historia de su país en que el liberalismo, afirmado en la forma, se redujo, según él, a una larva que no transformó los espíritus. Este autor alcanzó el Premio Nobel en 1917.

A. Manghi