La Señorita Kilmansegg y su Preciosa Pierna, Thomas Hood

[Miss Kilmansegg and her Precious Leg]. Poema breve del inglés Thomas Hood (1799-1845), publicado por entregas en 1840-41 en el «New Monthly Magazine».

Es la historia de la hija única de la familia Kilmansegg, riquísima here­dera que, nacida, bautizada y crecida en medio del oro, ha hecho de él su culto y su ídolo. Cierto día, mientras pasea orgullosamente por el parque, su caballo se des­boca a la vista de un mendigo andrajoso y, después de una loca carrera por Lon­dres, la echa al suelo rompiéndole el fémur de la pierna derecha; la pierna ha de ser amputada y es necesario sustituirla con otra artificial; pero la hermosa Kilmansegg no quiere saber nada de una pierna de made­ra: ha de ser de oro, de oro macizo y con una simulada liga de piedras preciosas. Los padres, después de alguna resistencia, la complacen y ella, feliz de poder mani­festar a los ojos de todos su fabulosa ri­queza, da una gran fiesta, en la que se presenta vestid^ de Diana, con una túnica sucinta para que se pueda ver su preciosa pierna.

La fama de la pierna de oro se ex­tiende muy pronto, todos acuden a verla, muchos aspiran a casarse con su propieta­ria; y ella se decide en favor de un conde extranjero, un aventurero que muy pronto se muestra borracho y jugador; al poco tiempo, después de gastar todas sus ri­quezas, quiere convencerla de que venda su pierna y, como ella se niegue, una noche trata de llevársela a escondidas; ella se despierta y el marido, al verse descubierto, le tira a la cabeza el precioso artificio que ella ha amado por encima de todo, matándola del golpe. Hood, poeta profundamente romántico, como resulta de su Canción de la camisa (v.), tuvo fama en su época, sobre todo como autor de versos humorísticos y satíricos. La señorita Kilmansegg, cuyo sub­título de «leyenda áurea» revela la inten­ción satírica y casi simbólica, es quizás el mejor ejemplo de su vena que, basada en una visión profundamente humanitaria de la sociedad y de la vida, nos da a veces, junto a rasgos de comicidad grotesca, acen­tos de seriedad que rozan la amargura y la condena.

A.P. Marchesini

En el largo y gran elenco que compren­de a Homero y Shakespeare, fue el último hombre que verdaderamente se sirvió de los juegos de palabras. Sus retruécanos no eran todos buenos (tampoco lo eran los de Shakespeare), pero los mejores constituían una forma de arte fuerte y nueva. (Chesterton)