La Selva, John Galsworthy

[The Forest]. Drama en cuatro actos de John Galsworthy (1867- 1933), representado en Londres en 1924. Trata el tema del imperialismo británico, al que el autor se muestra contrario debido a sus sentimientos de humanidad y de jus­ticia.

El bosque es el símbolo de la jungla imperialista en la cual los hombres, des­trozados, pierden su individualidad, y en cuyos ciegos instrumentos se convierten. La trama, que se desarrolla a fines del si­glo XIX, antes de la guerra de los boers, se apoya en dos grandes figuras: Adrián Bastaple y John Strood. Bastaple, activísi­mo financiero sin escrúpulos, especula a costa de la sociedad de las concesiones sud­africanas, cuyas acciones, ahora en baja, subirían solamente en el caso de que la compañía pudiese emplear en su trabajo a un número determinado de «coolíes». Para lograr esta ventaja envía a África una expedición con el pretexto de seguir las huellas de los residuos de esclavitud, con­fiando su dirección a John Strood, explo­rador, agente provocador si es necesario, y experimentado conocedor de las colonias. Pero la expedición se desmorona trágica­mente porque Strood, que había descubier­to un yacimiento de diamantes en una zona inexplorada, se aventura por ella y conduce a la muerte a todos sus acompañantes. Pero Bastaple, para evitar la bancarrota de las acciones y procurar su alza, anuncia a la compañía que Strood vive y que ha des­cubierto un yacimiento de diamantes: de esta manera, vendiendo sus propias accio­nes gana una enorme suma; sin embargo, al estallar la guerra de los boers sobrevie­ne el hundimiento de la compañía.

Estos dos hombres, para Galsworthy, no actúan solamente por interés personal, sino tam­bién para aumentar el poderío del Impe­rio: Bastaple, con sus astucias y previsiones financieras y comerciales, hará que rindan los intereses de las empresas coloniales, mientras que Strood, valiente adelantado, es el hombre que combate también las fuerzas adversas de la naturaleza para en­grandecer la potencia de su país. A Gals­worthy se le concedió el Premio Nobel en 1932.

G.M. Mantegazza