La Sala N.° 6, Antón Chejov

[Palata n.° 6]. Es una de las más vigorosas novelas cortas de Antón Chejov (Antón Pavlovic Cechov, 1860- 1904). Escrita de 1890 a 1892 y publicada en 1892, corresponde al período intermedio de su creación artística, esto es, a los años que vieron la reacción de los viejos lina­jes, seguida del asesinato de Alejandro II.

De esta reacción el fatalismo ruso, fruto de miserias materiales y sociales, salió agi­gantado, y el joven Chejov, que debía ser el cantor de ese fatalismo, vertió toda la amargura de su tiempo en sus dramas y en sus narraciones. Así nació La sala n.° 6. Es ésta una sala de un hospital de provin­cias, sucio y desorganizado, en la que viven seis enfermos mentales, de los que nadie se ocupa, salvo el guardián, que de vez en cuando la emprende con ellos a puñetazos para tenerlos tranquilos. Andrés Efimich, el médico del hospital, disgustado de la mezquindad de sus conciudadanos y resig­nado frente a la impotencia de la medicina, llega por casualidad a la «sala». Halla a un enfermo inteligente, aunque atacado de manía persecutoria, se hacen amigos, y des­de entonces el doctor pasa las tardes en el hospital. Pero su asistente, que le ha sor­prendido en coloquio con el alienado, de­duce de esto que también su superior está loco. Andrés Efimich se ve obligado a di­mitir y, más tarde, después de varias peri­pecias, se le encierra en la «sala n.° 6».

En la mezquina mentalidad de aquellos provin­cianos, un hombre que razona, y por aña­didura con un loco, no puede ser una per­sona normal. Nikita, el guardián, golpea de mala manera a Andrés, que quería salir un momento al aire libre, y éste muere de un ataque apoplético. Chejov revela su gran talento al describir la debilitación moral progresiva del doctor, llegando en ciertos puntos a la profundidad de Dostoievski; pero los razonamientos entre Andrés Efi­mich y el alienado carecen de verdad y de fuerza de convicción’. Chejov, de todos mo­dos, aprovecha la ocasión para poner en boca del loco, del mismo modo que ya lo había hecho en El monje negro (v.) con un fantasma, sus sueños futuros de una huma­nidad sin hospitales ni prisiones, dedicada por completo a la búsqueda de la verdad.

G. Kraisky