La Puchera, José María de Pereda

Esta singular y hermosa novela de José María de Pereda (1833-1906) lleva la fecha de 1888. Su argumento, recio y bien trazado, es muy común a la clásica novela realista española: el avaro cuya tre­menda sordidez y sequedad espiritual aca­rrea a propios y extraños una larga serie de dolores y desabrimientos.

Dos pescado­res, padre e hijo (Juan Pedro y Pedro Juan) son el soporte de un edificio de criaturas pueblerinas, entregadas a la pesca menuda y a la mísera agricultura, víctimas del usu­rero local a quien todos conocen mejor por el sobrenombre de “el Berrugo”. El tal Berrugo, que casó con una hermosa y buena mujer que le dio una hija, .Inés, tan linda como ella, muriendo la madre poco después por. los padecimientos que la torpe y sucia conducta conyugal del avaro le infiere, so­porta a veces bien y otras mal la interfe­rencia de una criada zafia — su antigua barragana — que es tía de un bestial estu­diante de teología.

Inés aparece ante la criada y el sobrino farsante como prenda conquistable para apoderarse de los talegos del Berrugo; y la infeliz soporta el cerco hasta que su natural buen instinto lo re­chaza con tesón. Llega entre tanto un india­no al pueblecito montañés y marítimo, que aparenta buenos doblones y que se enamora de Inés y la enamora; el padre, creyendo rico al indiano, acepta su galanteo; pero como el seminarista se entera de que no hay doblones, y se lo cuenta a su tía y ésta al Berrugo, precisamente cuando el joven está declarando noblemente a Inés que sólo posee una fortunilla mediana y la aparien­cia de más, el usurero aparece y lo arroja de su casa. En represalia arroja también a su hija en manos de la criada entrometida y zurcidora, aunque la muchacha protesta airadamente y se niega a obedecerla.

Huye Inés de su casa, buscando el amparo de Juan Pedro y de Pedro Juan, que por su parte requieren al señor cura párroco y al indiano enamorado. Y como el Berrugo anda obse­sionado por el iluso del médico del pueblo, don Elías, de que hay cierto tesoro en una gruta marina, en el crítico momento en que se entera de la huida de su hija, decide apoderarse, sólo, del tesoro piratesco; para lo cual se provee de cuerdas a fin de desli­zarse hasta el lugar elegido. Desde la barca en donde pescan tranquilamente Pedro Juan y Juan Pedro acompañados de don Alejo, el cura del pueblo, ven a don Baltasar (que tal es el nombre del avaro y usurero) pen­der peligrosísimamente de una cuerda sobre el abismo. También él los ve, y les pide auxilio, pues la locura se le ha pasado y ya no le queda más que el miedo a la muerte inminente. Los pescadores que le llevaron hasta el lugar de su obsesión, y los que se acercan atraídos por el deseo de salvarle, tratan en vano de conseguirlo.

Y el sacer­dote se empeña en lograr, a voces sobre el mar, unas palabras de arrepentimiento del pecador empedernido, mientras reza por él y la cuerda se va rompiendo inexorable­mente y precipitando al endemoniado per­sonaje al abismo que tanto teme y que ha desafiado por su feroz codicia. El estilo de Pereda es seguramente en esta obra mucho mejor que en otras suyas, aunque todas denoten su singular maestría. Los personajes están admirablemente pintados, y el am­biente se respira con naturalidad.

C. Conde