La Prueba, Emilia Pardo Bazán

Novela de la escritora ga­llega Emilia Pardo Bazán (1851-1921), se­gunda parte de Una cristiana, aparecida en 1890. El argumento de La Prueba está desarrollado con sumo tacto y profunda penetración psicológica: el estudiante Salustio, enamorado profundamente de la mujer de su tío carnal, Carmen, en cuya casa vive, intenta por todos los medios demostrar a aquélla su pasión; y en una enfermedad que padece, recibe de ella pruebas afectuosas que le inducen a esperar otras mayores.

Pero, apenas repuesto de su dolencia, Car­men se obstina en no dejar traslucir la indu­dable pasión que le inspira el sobrino de su marido. Éste es un hombre desagradable, con antecedentes judaicos que al parecer justifican muchas de sus deficiencias (crite­rio que no creemos compartiera realmente la autora) físicas y morales. Hay un sacer­dote, el P. Moreno (de raza musulmana), que ayuda espiritualmente a Carmen a ven­cer sus debilidades, que jamás van más allá del diálogo o de las miradas elocuentes, hacia Salustio. El matrimonio está poco unido, e incluso separado materialmente; y he aquí que, súbitamente, el esposo se siente atraído otra vez por su mujer; y se dedica a ella con briosa pasión manifiesta, sem­brando en el ánimo de su sobrino una tem­pestad de celos y de ira.

Como llega a con­fesar a su tía su estado de ánimo, tanto ella como el P. Moreno le instan a que se mude de casa, lo cual, realiza el estudiante no sin mantener con el sacerdote y con su tía conversaciones desesperadas. Después de unos episodios más o menos interesantes, estalla lo menos esperado: una gravísima — aunque embozada al principio — enfermedad del marido de Carmen: lepra. Y enton­ces empieza lo que aquel joven enamorado y egoísta menos podía esperar: que las dife­rencias que separaban a los esposos, se bo­rran ante la enfermedad que Carmen cono­ce — el marido cree que es «erisipela» — y afronta con heroísmo y sublime abnegación. En el matrimonio en que la convivencia había llegado a hacerse insoportable, la pie­dad de la mujer y la angustia que en el marido ocasiona su enfermedad, suscitan el verdadero amor.

Y Carmen cuida, mima, protege, cura, atiende al enfermo de lepra hasta extremos máximos. Llegando, incluso, a besar su boca tumefacta en la hora sa­grada de la muerte. Salustio, edificado, sien­te crecer su amor hasta lo infinito; la pie­dad. de la mujer le enseña el doloroso — casi siempre — camino del deber, cuyo reco­rrido sólo la piedad y la religión son capa­ces de suavizarle al alma. La novela, mara­villosamente escrita, fue un éxito en su tiempo y lo será siempre por los valores que atesora.

C. Conde