La Nueva Colonia, Luigi Pirandello

[La Nuova Co­lonia]. Comedia en tres actos de Luigi Pirandello (1867-1936), representada en 1926. Es el primero de los que el autor llama mitos, en un sentido extremado y abso­luto, como si los problemas en que él in­siste no constituyeran verdaderos mitos y una propia mitología: la soledad, los de­seos, la fragilidad del hombre.

Con todo, en esta Nueva colonia se encuentra su Re­pública (v.), su tentativa social. Considera vano todo ensueño de convivencia feliz; comunidad de hombres quiere decir maldad, lujuria, delito. Raras veces es posible re­sistir a la evasión como fácil esperanza. Un tropel de marineros decididos a huir de una vida miserable, resuelven hacerse a la mar y refugiarse en una isla desierta y abandonada por todos a causa de los te­rremotos que la sacuden; allí buscan aque­lla redención que los hombres les niegan.  Pero muy pronto sucede en la isla lo que está arraigado en el instinto del hombre: luchas por el poder, hurtos, traiciones, fu­gas; ni siquiera faltan la locura y la muer­te.

Sordos celos masculinos se desencadenan alrededor de Spera, una mujer de mala vida que los ha seguido, también para li­brarse de su pasado. Pero en aquella tris­te naturaleza nace el resplandor de la maternidad: como un símbolo vuelve a sus senos la leche para su hijo. Atraídas por la curiosidad, desembarcan otras mu­jeres en la isla, que se convierte en una morada de vicios, un hervidero de instin­tos.

A Spera no le llegan ya más que in­sultos; su amante, conquistado por la hija de un rico patrón de barcas, acaba aban­donándola y pretende llevarse al hijo. A un ruego desesperado de la mujer, el cielo interviene: la isla se hunde y sobre una roca no quedan más supervivientes que la madre y el hijo. Este milagro, primero del teatro pirandelliano, puede muy bien de­cirse que lo ha hecho un «deus ex machi­na» tan sólo para afirmar, en símbolos, la única salvación, que es la de la perpetuidad de la vida. Son muy vigorosas las raíces con las que Pirandello está aferrado a la esperanza de vivir.

No obstante, esta alegoría de la vida (que otra cosa no es este drama mítico), las artificiosas situaciones escénicas, los razonamientos, símbo­los y mitos resultan tan recargados que impiden a las palabras del poeta manifes­tarse púdicamente, en un íntimo silencio; prefieren el incesante clamor de la retóri­ca, aunque conserven a menudo reminis­cencias de figuras de ambiente campesino, referencias a personajes conocidos y a ele­vados símbolos.

G. Guerrieri