La noche (Andres Bosch)

La noche

La noche

Publicada en 1959 y distinguida el mismo año con el Premio Planeta, la obra se divide en tres partes y un epílogo: “Luis Canales”, “Yo” y de nuevo “Luis Cana­les”.

El primero y el tercero de aquellos segmen­tos se presentan en tercera persona. Pero el epílo­go recobra la primera persona del segundo. El “Luis Canales” inicial viene expuesto por un na­rrador anónimo: parte del público la noche en que el protagonista boxea con el portugués Joao Sousa.

El tercer “Luis Canales” lo narra una voz más distanciada, aunque en cierto modo parezca partir del interior del personaje. Cronológicamen­te la novela empieza en la segunda parte, con algunas miradas retrospectivas aun anteriores a aquel principio. Por ejemplo, la forzada boda del jovencísimo Canales con su amiga Luisa – cuando todavía presta el Servicio Militar -, por hallarse ella encinta. «Luisa no es “una mujer”, sino “mi mujer». Es como si no existiese.Si me pregunta­sen si la quiero, tendría que contestar sinceramen­te que me es indiferente».

No obstante, confiesa que si ella muriese, sentiríase mutilado e incapaz de tomar otra esposa. Obrero en una fábrica, Ca­nales ve boxear una noche a un compañero: Ber­nardo Barba. En aquel duelo entre “fajadores», Barba mata al contrarío con un último golpe. Tres días después, cuando regresa Bernardo al trabajo, Canales le anuncia que quiere boxear. En cualquiera de sus dos personas, hasta este punto muestra la novela un alejamiento casi “behavio- rista” de su temática.

 

TREMENDO SPOILER QUE DEJAMOS A CRITERIO DEL LECTOR LEER O NO

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Así desconocemos las im­previsibles razones de Canales para hacerse bo­xeador. De hecho ni el combate librado por Barba ni la muerte de su rival, Charly Collado, parecen despertar en él particulares emociones. Sus ínti­mos motivos para entregarse a tan bárbara profe­sión, revélanse luego a lo largo del libro e infor­man el sentido existencialista de la obra. El entra­mado que le sirve de fondo es a la vez trágico y simple.

El preparador de Barba, Hilario Calder, acepta a Canales en su escudería y le proporciona su primer combate como aficionado. En aquella pelea, su rival le pega y humilla a placer en los primeros asaltos. Lo deja tan desfigurado, que luego no se reconoce en el espejo. Está dispuesto a sufrirlo todo, en espera de la oportunidad de cru­zar una izquierda al hígado que en aquél y en tantos otros combates resultará devastadora. Pese a su victoria, Calder se aparta de Canales y niéga­se a seguir entrenándolo.

No puede olvidar la muerte de Charly Collado y está convencido de que Luis es “carne de ring”. En otras palabras, que tarde o temprano conseguirá que lo maten a golpes. Canales encuentra a otro preparador, Ve- lázquez. Con él obtiene el título nacional, a través de un calvario de brutales palizas concluidas de pronto con su ya famosa izquierda cruzada al hígado. El triunfo sobre Sousa permítele disputar el campeonato europeo a Gerard Grand. No obs­tante, después de aquella pelea advierte haberse quedado ciego. Consultado el oftalmólogo aquella misma noche, diagnostica una lesión en “el cen­tro óptico» y terminantemente ordena a Canales no volver a luchar, aunque recobre la vista.

Al día siguiente ya empieza a distinguir luces y sombras. Obstinase entonces en medirse con Grand, en el plazo de dos semanas y según lo convenido. Para evitar su propia responsabilidad en lo inevitable. Velázquez rescinde el contrato con Canales. Con la parcial y dudosa ayuda de Barba, quien está ahora casi ido, Canales se prepara a sí mismo en tanto vuélvele la vista de forma muy lenta. La noche del combate, cae inconsciente en el primer asalto y vuelve a hundirse en la ceguera. Sueña entonces con ser campeón de Europa, aunque conozca su incapacidad para alcanzarlo. “¿Por qué sueño esto, siendo lo que soy, estando como estoy, sabiendo que es absolutamente imposible que pueda suceder? No lo sé. Sin embargo sé que hay pájaros hembras que, sin macho, ponen hue­vos – que son malos – y los empollan desesperada­mente». En el ring y al oír su nombre rugido por un público, que se le antoja un sembrado de cabe­zas, descubre un ser que él ignoraba. De súbito enfréntase con una identidad, todavía inasequi­ble, que erróneamente siempre creyó suya. Aquel nombre – Canales, Canales, Canales – exigido por el campo de cabezas, aún no le pertenece. Pero a cada pelea y al precio de las palizas que le van cegando, cree aproximársele de una forma tan despaciosa como irrevocable. En sus propios sue­ños de ciego, el título europeo significaría su abso­luta realización. De lograrlo, alcanzaría la auten­ticidad y al fin sería quien los demás quisieron que fuese: el verdadero Luis Canales. “Me parece que yo empollo el huevo estéril de mis sueños porque me es necesario, porque me lo manda la misma fuerza que me impelía a subir al ring y a pelear. La misma fuerza que me impulsa a seguir vivien­do, siendo, existiendo».

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Así prosigue la noche interminable de Luis Canales y concluye La no­che.   C.R.