Iván Ilich Golovín, consejero del Tribunal de Apelación de la capital, tiene una vida satisfactoria, una carrera plenamente realizada a sus espaldas, una vida social brillante, una mujer atractiva y dos hijos juiciosos, un varón y una hembra: habiendo conseguido poco antes el ascenso deseado, ha abandonado la provincia y se ha trasladado a San Petersburgo, donde se dedica a equipar con gusto su nuevo piso; es entonces cuando, mientras arregla una cortina, se cae de un taburete y se da un golpe en un costado.
El dolor provocado por la caída, primero antes casi inadvertido, no le abandona: las visitas a las figuras más ilustres de la medicina y los medicamentos de toda clase no le traen ninguna mejoría, resultan tan sólo paliativos inútiles. Comienza a aflorar en él la conciencia de una probable y próxima muerte: pensar en ello lo aterra y lo exaspera, a su alrededor todo le produce fastidio e irritación, nota la falsedad de los que gozan de salud hacia él, un enfermo, y comprende que es una carga para sus familiares.
La única persona a la que soporta a su lado es Guerásim, un joven criado que lo asiste y ayuda con verdadera sencillez y con un afecto auténtico en el avance de un mal más devastador cada vez y que acaba por reducirlo a una completa inmovilidad. En las largas horas de meditación con el fantasma de la muerte a su lado, Iván Ilich se da cuenta de que su vida no ha sido como habría debido ser: todo es falso, tanto en su carrera como en su vida familiar.
Carece de un principio, de una razón profunda. En medio de su tremenda agonía brota de él un pensamiento consolador: liberar a los otros, antes que a sí mismo del sufrimiento. De repente se hace una gran luz en su alma y muere sereno.

