La Muerte De Iván Il’ič, León Tolstoi

[Smert’lvana Il’iča]. Narración de León Tolstoi (Lev Nicolaevič Tolstoj, 1828-1910), publi­cada en 1886. El ambiente es el de la clase burguesa, con su hipócrita mezquindad, con su culto hacia las conveniencias y la men­tira, con su indiferente egoísmo.

Iván Il’ic es también un burgués de buena familia, dotado de cierta inteligencia, de vivacidad mundana y de una innata obsequiosidad hacia los superiores que puedan ayudarle en su carrera. Ocupa una posición desta­cada como miembro del Tribunal Supremo, y sabe ser también un brillante camarada en su trato social. Se ha casado con Praskovja Fëdorovna, un poco por afectuosa inclinación y otro poco porque aquel ma­trimonio le ha parecido una acción conve­niente y, aunque los resultados no hayan sido muy felices, Iván Il’ič se ha refu­giado en la exterioridad y en la dignidad de su posición, y su vida continúa siendo verdaderamente «como debe ser». Dieci­siete años han transcurrido así desde el día del matrimonio, cuando, con ocasión de su traslado desde la población provin­ciana a San Petersburgo, Iván Il’ič, decidi­damente satisfecho, se ocupa en persona de la instalación de la nueva casa, y, al arreglar un cortinaje, se cae de un ban­quillo y se da un golpe en el costado. El dolor, al principio casi inadvertido, se vuelve continuo; Iván Il’ič comienza a pre­ocuparse, consulta a un médico tras otro, asustado de sus respuestas contradictorias, y se obstina en tener confianza en los me­dicamentos a pesar de comprender que su estado va empeorando inexorablemente; em­pieza a sentir lástima de sí mismo y a odiar la ruidosa indiferencia de la gente sana; nadie lo comprende ni lo compadece, y él se da cuenta del fastidio que causa a los suyos con su tétrica presencia; pero «no quiere» morir.

El fantasma de la muer­te lo persigue, sin embargo, por todas par­tes, hasta cuando está en el tribunal; se encuentra solo ante el fantasma de su fin, torturado por constantes alternativas de es­peranza y desesperación. Sólo una persona cuida de él: Gerasim, un sencillo «mužik», joven, sano y siempre sereno, que cumple para con él los más humildes servicios des­de el día en que Iván quedó inmovilizado en la cama. La sana exuberancia de Gera­sim no ofende al enfermo; al contrario, lo anima, porque el « mužik » está fuera de la-mentira social; él siente una viva y sin­cera piedad por su amo y no intenta ocultársela. El enfermo se encariña con él y, en su espíritu, comienza a nacer el pen­samiento de que su vida no ha sido como hubiera debido ser; todo ha sido falso, tanto en su carrera como en su vida familiar; en el umbral de la muerte le invade el terror al pensar que no puede hallar la razón de todo aquello. Su agonía comienza con un grito desesperado, inar­ticulado, que quiere expresar su última afirmación: «¡No quiero!» Lo que le contiene con todas sus fuerzas de abandonarse en paz a las tinieblas es la constante sensa­ción de que su vida es toda mentira, que todo es falso a su alrededor. De pronto se hace la luz en su alma; al volver a abrir los ojos, después de una crisis, un nuevo sentimiento se apodera de su corazón: tie­ne lástima de sus deudos que se agolpan alrededor de su cama; olvidado de su an­siedad egoísta querría aliviar el sufrimien­to de los otros. En aquel regenerador im­pulso de amor, su mal e incluso su muerte se anulan. «Ha terminado la muerte, ha terminado». E Iván Il’ič expira sonriendo.

Por medio de la pujanza dramática y cru­damente sincera de la narración, se pro­nuncia una despiadada condena contra toda una clase y un género de vida. Pero lo que ilumina verdaderamente la situación es la fe en esta verdad moral, que es la única que puede explicar la vida: la solidaridad humana, la aniquilación del yo egoísta en el amor y en la caridad, suprime la muerte. [Trad. de Eusebio Heras (Barcelona, 1904)].

G. Alliney