[La Juive]. Ópera de Jacques-Fromental-Élie Halévy (1799-1862), sobre libreto de E. Scribe (1791-1861), estrenada el 23 de febrero de 1835 en el teatro de la ópera de París. Tiene cinco actos y su argumento se desarrolla hacia 1414, en la ciudad de Constanza, durante el célebre Concilio.
Una joven hebrea, Raquel, hija adoptiva de un rico joyero, Eleazar, es amada por el príncipe Leopoldo, a quien cree, bajo el nombre de Samuel, de su religión. Los dos judíos escandalizan al pueblo, que festeja la inauguración del Concilio, con los martillazos que se oyen en su casa y que indican que trabajan en día de fiesta. Son salvados de la furia de la multitud, primero por el cardenal Brogni, que conoce a Eleazar, y luego por el mismo Leopoldo, que da a conocer a los soldados su condición de príncipe. Entretanto, Leopoldo acepta la invitación de Raquel de trasladarse por la noche a su casa, donde se celebrará la Pascua israelita. Aquella misma noche se presenta a Eleazar la princesa Eudoxia, quien encarga al judío una preciosa joya para regalarla a Leopoldo, su prometido, el día en que se le honre como vencedor de los herejes husitas. Pero Leopoldo, en su cita con Raquel, le revela que es cristiano y la convence a que huya con él; pero los amantes son sorprendidos por el padre de ella que, furioso, anatematiza a ambos y luego, conmovido por los ruegos de su hija, accede a que se case con Leopoldo. Éste, de improviso, se arrepiente de su propósito y huye. Raquel medita la venganza, y el día de la fiesta en honor de Leopoldo, cuando el padre se presenta a entregar la joya a Eudoxia, Raquel, reconociendo en el príncipe a su amante, arranca la joya de manos de Eudoxia y acusa a Leopoldo de perjuro.
Los dos judíos y el príncipe son condenados, y el cardenal pronuncia la sentencia de muerte. Mas Eudoxia convence a Raquel de que declare la inocencia del príncipe, quien es sólo condenado al destierro. El padre y la hija, que se niegan a renegar de su fe, suben al patíbulo; pero en el momento en que la sentencia es cumplida, Eleazar, por venganza, revela al cardenal Brogni que Raquel es su hija, perdida en el saqueo de Roma. La ópera está considerada como la obra maestra del músico francés que fue discípulo de Cherubini e imitó de él el tipo de la gran ópera trágica, basada en la grandiosidad de líneas. La partitura se resiente algo de la influencia de Gluck, pero obedece sobre todo a la moda de la época que gustaba del gran espectáculo con fuertes tintas y de fácil efecto. Iniciada con una prolija obertura, tiene un primer acto a base de grandes coros y con carácter esencialmente decorativo, y un segundo acto en el cual destacan, entre páginas mediocres, la súplica de Raquel, que no carece de solemnidad hierática, la romanza del mismo personaje, que constituye una de las más hermosas inspiraciones del maestro francés, y por fin el largo dúo entre la hebrea y el príncipe, el pasaje más adecuado a la psicología de los personajes, cuyos sentimientos expresa con acierto.
En el tercer acto, más que la acción coreográfica, llena de bailables más o menos agradables, hay que hacer notar el sexteto hecho según la técnica teatral de la «grand’opéra», con ideas musicales nobles y muy expresivas, sólo turbadas por el convencionalismo de alguna cadencia. El cuarto acto tiene mayor fuerza dramática y mayor variedad de color: agitado es el dúo entre Eudoxia y Raquel, y más libre de forma en su adaptación al momento escénico el del cardenal y Eleazar. El quinto acto, después de un coro enérgico, conduce a la catástrofe con rápida concisión: una hermosa «marcha fúnebre» precede al final, formado de recitativos modulados con verdad expresiva y comentado por fragmentos corales que producen un contraste teatralmente trágico.
A. Damerini

