La Galatea, Miguel de Cervantes

[Primera parte de la Galatea]. Novela pastoril, o «égloga», en seis libros, de Miguel de Cervantes (1547-1616), publicada en Alcalá de Henares en 1585. Está escrita en prosa y verso, según el mo­delo de la Arcadia (v.) de Sannazaro, que Cervantes imita, más que en sus lugares y acción, en lo endeble del hilo narrativo, devanando el relato en episodios yuxta­puestos y sin otro nexo que el del lazo común de los personajes.

La fantasía de Cervantes presenta aquí el mundo de la belleza ideal que recibe el nombre y el aspecto de Galatea; un mundo cuya esencia es el amor, sentimiento que nos exalta y nos arrastra. Los pastores Elicio y Erastro, enamorados ambos de la «sin par» Galatea, cantan a dúo su amor por la bella pastora, honra del Tajo, la cual, destinada por su padre a casarse con un rico pastor lusitano, promete a Elicio casarse con él si le ayuda a sustraerse a la voluntad de su padre. Mientras Elicio y Erastro debaten sobre quién ama más a Galatea, llega Lisandro, que expresa su dolor por la muerte de Leónida a manos de Carino, al que él ha ven­gado matando a su vez al matador. Mien­tras tanto, Galatea, en unión de Flor isa, recoge flores y teje guirnaldas en un prado donde se les une Teodolinda, la cual cuenta la historia de sus amores con Artidoro; amores turbados por los equívocos a que dan lugar su semejanza con su hermana Leonora y la de Artidoro con su herma­no Galercio. Reunidos ambos grupos de pas­tores, se juntan a la tertulia «los dos cono­cidos y famosos pastores Tirsi y Damón, y tras cantos y música van todos a visitar al ermitaño Silenio, que narra su desgraciado amor por la bella Nisida de Nápoles; ha­biendo visitado a la doncella como mensa­jero de amor de su amigo Timbrio, acaba por enamorarse de ella y, ya que Timbrio, creyendo muerta a la doncella, ha regre­sado a España, allí le sigue Silerio y, no encontrándolo, se hace ermitaño. Los pas­tores asisten más tarde a las bodas de Daranio y Silveria, amada también por el desconsolado Mireno.

Se monta un tablado y van saliendo los pastores rechazados a contender sobre cuestiones de amor. Tene­mos aquí un debate que ilumina indirecta­mente los diferentes episodios amorosos in­sertados en la trama de la novela, ya que al amor ideal de Lenio, amargamente des­ilusionado, se contrapone el amor real que Tirsi define e ilustra: el amor que quiere a la persona amada, considerada en sí mis­ma, no como un medio, sino como un fin. Este pensamiento encontrará amplia reso­nancia en las Novelas Ejemplares (v.) y en las novelas incluidas en la primera parte de Don Quijote (v.). Entretanto, llegan a casa de Silerio, Nisida y Timbrio y todos los pastores van a visitar la tumba de Me- liso. A la luz de la luna aparece la musa Calíope, que, en ciento once octavas, ce­lebra a más de treinta poetas de aquellos días, entre los cuales se encuentra el joven Lope de Vega. La obra está situada dentro de una larga tradición que con la citada Arcadia y la Diana (v.) de Montemayor cierra la fase formativa del género y tiene la elegancia estilística, el desprendimiento de todo contenido vivo, la convencionalidad de estas obras. Platonismo tomado a través de León Hebreo, elegancia a lo Bembo y a lo Castiglione, gusto por lo ingenioso y lo complicado: éstas son las características sobresalientes de la Galatea, que vive dentro del barroco. Aunque el libro no encon­tró aprecio en el público, Cervantes lo tuvo en mucha estima: lo salvó del famoso es­crutinio de la biblioteca de Don Quijote, prometió una continuación en la dedicato­ria del Persiles y Sigismunda (v.) al conde de Lemos y, en su lecho de muerte, prome­tía llevarla a término si un milagro le con­servaba la vida.

C. Capasso