La Farsa de Charleroi, Drieu La Rochelle

[La comedie de Charleroi]. Obra de Drieu La Rochelle (1893-1945). Con pluma áspera y bru­tal, el autor nos plantea aquí el problema de la guerra moderna — farsa de la frivo­lidad y de las convenciones morales — a través del estéril juego de una madre he­roica e hipócrita y de sus comparsas al margen de la sombría catástrofe de 1914- 1918. Por lo demás, este triste juego de autómatas viene a representar una faceta más del tema central, balance general en donde se mezclan la suprema ceguera del heroísmo con la cobardía, la rebeldía y la motivada desesperación. Ante este campo de batalla belga, cerca de la ciudad de Esquemont, donde el autor vivió su primer encuentro con la muerte, en agosto de 1914, y a donde retorna, en julio de 1919, en ca­lidad de secretario de una anciana señora, frívola, soberbia, pródigamente condecorada (viuda de un riquísimo industrial, amiga de Briand y madre de un camarada del na­rrador caído en el curso, de estas acciones guerreras), todos los detalles de la jornada del 24 de agosto reviven en el espíritu de Drieu, y los pensamientos y sentimientos que por entonces le agitaban se ven constantemente amplificados por otros posterio­res alusivos a los que murieron en el in­fierno de aquella aventura inhumana de cuatro años, y en los años subsiguientes de la postguerra; porque la acción del libro se inicia a comienzos de 1930.

Los episodios de la trágica jornada bélica, los gestos y actitudes de los soldados, las reacciones del hombre primitivo y del «civilizado», ante el miedo y el sufrimiento, se retratan aquí, admirablemente captados de lo vivo, y aquí se refleja la lúcida desesperación del autor, este intelectual sutil, nervioso, cuya escala de valores se derrumba y se levanta alter­nativamente a impulsos del huracán mecá­nico desencadenado por ciegos burócratas e ideólogos embrutecidos, sobre la vieja Eu­ropa. «Lanzar a los franceses contra los alemanes, hacer que los franceses triunfen sobre los alemanes. Y recíprocamente. Siem­pre a la recíproca. En todo momento me hacía cargo del doble juego y mis ojos no se apartaban del panorama global», escri­be. Y más adelante: «La artillería hacía más ruido que daño, aunque moralmente nos hiciese mucho daño durante gran parte de la guerra. Después se invertirían los tér­minos, y los pobres alemanes acabarían bajo el acero americano». O bien: «El hom­bre es libre, el hombre puede lo que quiere. El hombre es una parte del mundo, y cada parte del mundo, en un momento de pa­roxismo, en un instante de eternidad, puede realizar en ella todo lo posible: la victoria». « ¿Y para qué sirve vivir cuando la vida no sirve para otra cosa que para hacerla cho­car contra la muerte, como el eslabón con­tra el pedernal? Guerra o revolución, es decir, guerra siempre. ¿Queda acaso otra salida?» Estas frases transcritas pueden dar una idea de la atmósfera del libro.

Otras cuatro novelas cortas integran el volumen («El perro de la Escritura», «Viaje a los Dardanelos», «El desertor» y «El final de una guerra»), ilustrando de modo magistral la tesis de Drieu. El diálogo del autor con un desertor francés, en algún lugar de América del Sur, mucho tiempo después de finalizadas las hostilidades, viene a resumir toda la amargura del hombre frente a su destino «organizado». « ¿Francia? ¡Hábleme a mí de Francia! ¡Hábleme de los france­ses!… Esos viejos jardineros, esos viejos cocineros, esos guardianes de museo, que pretenden pasar por camaradas y que sólo miran por su negocio, y que tan incapaces son de decidirse por la paz o por la guerra con su gran ejército y sus “negros”, siem­pre, eso sí, la mano sobre el corazón. Yo nada pido y todo lo tengo, porque yo quie­ro la paz y ellos son los malvados. Y todo un pueblo termina por ser tan bestialmente hipócrita como su primer ministro».