Es la segunda parte de La mujer adúltera, y algunos de sus mismos personajes figuran en ella, así como, en La mujer adúltera salen otros que antes figuraron en La calumnia, del mismo autor.
El protagonista de La mujer adúltera, el sufrido y caballeroso Ángel Gurrea, capitán de la marina mercante, tiene ahora un papel de máxima importancia: la de enamorado y defensor ardiente de Rosa, la maltratada esposa de Beltrán de la Roca, revolucionario y político mexicano cuyas actividades están siempre manchadas con sangre. La desgracia se ensaña en la esposa martirizada y en el infeliz marino cuya vida ya conocimos como ejemplar ante el dolor que le causara la traición de Magdalena, la que fue más tarde esposa, arrepentida.
Después de múltiples episodios en los que toman parte millares de personajes — todos con su historia interesante y folletinesca—, Rosa, que por sufrirlo todo llega hasta ser enterrada viva y rescatada de la tumba por su enamorado silencioso y protector, el capitán Gurrea, se queda por fin viuda. Y al amparo de la familia del marino, reposa su pobre alma y llega al amor por Ángel, casándose con él. La novela, larga, dilatada, rellena de incontables aventuras, no deja de tener su interés.
El autor, de espíritu moralizador, presenta una sociedad corrompida que sólo puede redimirse por el amor cristiano y su moral. Hay predilección por las tierras americanas, por la evangelizaron de los salvajes, y en suma cumple los fines de su tiempo y de su tipo: distraer a los lectores que necesitan fuertes emociones disueltas en pueriles acontecimientos, todos remediables si las gentes tuvieran un sentido común del que les vemos carecer y que es la razón de sus desdichas.
C. Conde

