La Dama Gris, Hermann Sudermann

[Frau Sor ge]. Es la primera novela del escritor alemán Hermann Sudermann (1857-1928), publicada en 1888. Se revelan ya las cualidades narrati­vas de Sudermann, pese a ser evidente la influencia del noruego Bjornson, especial­mente el de los cuentos de la vida aldeana. Los personajes resultan algo esquemáticos: los malvados son demasiado malvados, los buenos demasiado virtuosos; incluso los acontecimientos no siguen el curso lógico de la vida diaria; sin embargo, el lector es arrastrado por el ímpetu dramático de la narración.

Pablo Myhofer, muchacho de corazón generoso y de inteligencia viva, es maltratado en su ambiente familiar: el pa­dre es un borracho, los hermanos son egoís­tas, las hermanas locas y ligeras. Sólo la madre, figura inolvidable de la novela, está siempre al lado de Pablo, llena de ternura y de comprensión; cuando él tenía cinco años, ella le explicó que una mujer vestida de gris, con el rostro pálido y los ojos hun­didos por el llanto, la visitó, pasándole la mano por la cabeza, quizá para bendecirle, quizá para maldecirle. Un ansia constante atormenta a Pablo desde que la Dama gris se presentó a su madre; siente angustia por todo y por todos, sólo no se preocupa nun­ca de sí mismo. Su vida es miserable, llena de adversidades. Los zurriagazos de la Da­ma Gris le derriban apenas tiene la menor posibilidad de levantarse. Y cuando, con dura y tenaz fatiga, consigue construirse una hermosa casa, le pega fuego porque ve que su padre está a punto de incendiar la casa de un vecino; con esta acción le di­suade de la mala obra salvándole así de la vergüenza. Desde entonces se convierte en otro, se siente al fin liberado; la oscura angustia que le oprimía se ha desvanecido para siempre. Con un profundo suspiro se pasa la mano por los brazos, como para quitarse unas cadenas invisibles. Ya no tiene nada, ya no se angustia por nada:

«Ahora soy libre, libre como un pájaro en el aire… Madre, madre, ahora comprendo el signifi­cado del fin de tu fábula…».

Esta conclu­sión puede parecer algo teatral, porque el lector no ve en qué consiste la liberación. Sin embargo, en la Dama Gris, Sudermann, evocando muchos recuerdos de su áspera juventud, confiere a la narración un calor y un sentimiento expresados con aguda evidencia. La novela, construida con viva inteligencia, perdura por ello como una de las mejores obras del naturalismo ale­mán. [Trad. de J. Polo Amador (Barcelo­na, 1944)].

O. S. Resnevich