La Ciudad Muerta, Gabriele D’Annunzio

[La cittá morta]. Tragedia en cinco actos y en prosa de Gabriele D’Annunzio (1863-1938), representada en París por Sarah Bernhardt en 1898, y pu­blicada en italiano y en francés el mismo año. Sobre el fondo de un paisaje reseco (Argos y Micenas) y sugestivo por los anti­guos recuerdos de lujuria y delitos, la tra­gedia trae a escena un poeta, Alessandro, lleno de piedad para con su mujer ciega, Anna, pero enamorado de una muchacha, Bianca Maria, la que con remordimiento y piedad le inclina hacia la ciega; pero el hermano de Bianca Maria, Leonardo, obse­sionado por un incestuoso amor por ella, en parte por celos de Alessandro y en parte para librarse (como el Giorgio, v., del Triun­fo de la muerte, v.), de la pasión horrenda, la mata. También este drama, como ocurre en el Sueño de una mañana de Primave­ra (v.), quiere ser «teatro de poesía», por lo cual la complicada historia es un mero pretexto para prodigar gestos, imágenes so­noras, cadencias y palabras. Entre tanta ac­ción, falta la acción, y para eso sirve el personaje de Anna, la ciega, que sin ver nada lo ve todo, que padece por sí misma y por todos, siempre en escena y siempre dentro de la obra, aunque precisamente ella, por definición, está fuera de las peripecias de la acción.

Verdad es que el tema cele­brando al superhombre aparece dos veces en el drama, en Alessandro, el poeta dis­puesto a infringir, porque se cree más allá del Bien y del Mal, las prohibiciones de la piedad para realizarse en el amor de Bianca Maria; y en Leonardo, el hermano inces­tuoso, no por el incesto, sino por el delito con que se libera de él; concepción tan im­portante en la ideología de D’Annunzio, que aparece también en la leyenda de Umbelino y Pantea, introducida en las Vírgenes de las Rocas (v.) y que, figurando que la Ciudad muerta es la obra en que trabaja el poeta protagonista del Fuego (v.), asumirá allí in­tencionadamente el título de La, victoria del Hombre. Pero, en la tragedia de 1898, tan­to en Alessandro como en Leonardo, el tema sobrehumano se contamina con demasiadas lágrimas y suspiros; es casi el clima del Poema paradisíaco (v.) que aún no osa afirmarse y desplegarse como lo hará des­pués en la Gioconda (v.) y en Más que el amor (v.). Sin embargo, el tono más verda­dero de la obra, el perenne suspiro de vo­luptuosidad, sacrificio y autoalabanza que de continuo asoma en la autoelegía, es re­conocible sobre todo en el personaje de la víctima por excelencia, en Anna, la ciega.

Y ello a pesar de que carece de la con­creción fantástica de todo personaje rea­lista, y que tampoco, por otra parte, llegue a resolver en pura sugestión musical el es­quema tradicional que concurre a formarla. La Ciudad muerta, junto con Gloria (v.) y con La Gioconda, se publicó en la tra­ducción francesa de 1903 con el título Las Victorias Mutiladas. E. De Michelis