La Celestina o Tragicomedia de Calisto y Melibea, Fernando de Rojas

Conocida generalmente con el nombre de La Celestina, tomado del personaje que en su baja y plebeya vulgaridad personifica el genio del mal, es el libro es­pañol que, después de Don Quijote (v.), más se ha difundido y celebrado y es, como com­posición dramática («acción en prosa»), la obra más significativa y profunda de los orígenes del teatro moderno. La primera edición que conocemos, la de Burgos (1499), en dieciséis actos, de los que el primero es sensiblemente el más largo, no lleva nom­bre de autor; en la reimpresión de Sevilla (1501), el autor se hizo conocer en un acrós­tico en las octavas de una breve carta pre­facio: «El bachiller Fernando de Rojas aca­bó la comedia de Calysto y Melybea e fue nascido en la Puebla de Montalván», es un personaje histórico, recordado en actas pú­blicas (1525-26) como el «bachiller que com­puso a Melibea», muerto alrededor de 1541 en Talavera de la Reina, donde se avecindó ejerciendo como hombre de leyes. A las dos ediciones citadas, siguió una tercera, tam­bién en Sevilla (1502); el título de Comedia se cambió por el de Tragicomedia; los actos, algo retocados y ampliados, llegaron a vein­tiuno, con una larga inserción episódica en medio del acto catorce, y sólo en la edición de Valencia (1514) llegaron a veintidós. El primer acto, que en la edición anterior de Sevilla se atribuía a un autor desconocido, que lo había dejado incompleto, en ésta se atribuyó, modificando el período que a él se refería en la carta-prólogo, «por unos a Juan de Mena y por otros a Rodrigo de Cota». Se trata, sin duda, de una pura fic­ción literaria; la crítica más autorizada la justifica como descargo por parte del autor, de la responsabilidad en la elección de un tema que podía suscitar reacciones en un mundo de moralidad rígida. De cualquier modo que sea, Fernando de Rojas vuelve repetidamente sobre este tema, que se afir­ma en el primer acto como motivo dinámico, lleno de contrastes internos y fecundo de posibilidades, y consigue resolverlo con ad­mirable unidad de sentimiento y pensamien­to, con extremada coherencia estilística y formal, con nítida y segura intuición de los variados caracteres, a cada uno de los cua­les conduce a la plenitud de la propia vida espiritual.

La obra, comenzada a título de diversión, como representación directa de la realidad, se va transformando gradual­mente, sobre una trama de delicada psico­logía, en una intriga de pasiones, que se resuelven fatalmente en la lucha y en la tragedia. La urdimbre de la comedia es de una simplicidad lineal: Calisto (v.), que en­tra en un jardín para recoger su halcón, se encuentra con Melibea (v.), cuya belleza le deslumbra súbitamente; una visión, seguida de plenitud afectiva, que lo exalta más y más. Las primeras palabras de amor, que le salen del corazón tumultuosas, son escucha­das desdeñosamente por Melibea, que lo rechaza, sintiéndose ofendida en su honor. Calisto, lleno de desesperación, vuelve a casa, sin ser dueño de sí. La belleza de Me­libea llena toda su alma y no puede hacer otra cosa que pensar en ella, entre lágrimas, como si se tratase de un sueño lejano de felicidad. Es en vano que su criado Sempronio trate de ponerlo en guardia contra los engaños del amor. Melibea es para él su propia vida: es la belleza que satisface su sed, haciendo palpitar su corazón. Sempronio le aconseja que se dirija a Celestina (v.), una vieja medianera, que en cuestio­nes de amor sabe dominar a las volunta­des rebeldes. Impulsado por su pasión y des­conocedor de la innoble vía por donde se mete, manda Calisto a Sempronio que avise a Celestina y la acoge en casa sin escuchar a Pármeno, otro servidor, que pone de re­lieve la figura de aquella mala mujer, ex­perta en todos los engaños, astuta simula­dora, y siempre pronta a favorecer el vicio y a lanzar a sus víctimas al deshonor, con tal de ganar dinero. Tras ponerse de acuerdo con Sempronio sobre el reparto de las utilidades, Celestina, engolosinada con una vistosa alhaja, se pone al servicio de Calis­to, Pero antes, desarma a Parmeno, revelándole que la madre del chico ejercía su misma profesión y asegurándole que en su casa de placer podrá gozar de las gracias de una hermosa muchacha, prima y compañe­ra de la amante de Sempronio.

Así se crean en el primer acto las condiciones vitales de una acción que se desenvuelve dentro de una atmósfera turbia y malsana, en la que la palabra resuena equívoca y perversa, ex­presión transparente de una experiencia pe­caminosa. Por una parte Calisto: la rea­lidad de un amor humano entregado por completo a su sueño y que, aspirando a la belleza ideal, se angustia y atormenta, sin preocuparse de los medios para lograr su fin. Por otra parte, la Celestina: alma per­versa, que calcula únicamente su interés material y lo exige descaradamente, que procede con inteligencia lúcida y perspicaz, plegando sin escrúpulos a sus propios fines tanto los impulsos generosos de la natura­leza, como la fuerza bruta del instinto. Y Celestina, solicitada y apremiada por Ca­listo, pone manos a la obra. Con un pre­texto que le proporciona una de sus múlti­ples actividades, penetra en casa de Melibea y logra hablarle a solas. Melibea, cuando cree comprender las ambiguas palabras de la vieja, se cierra en su orgullo de mujer, indignándose de que haya dudado de su honestidad. Pero Celestina, con protestas hipócritas, le explica que ha venido a pedirle su amuleto para curar a Calisto, que sufre de un terrible dolor de muelas. Sin más explicaciones, el desdén de Melibea se esfuma, entrando en ella la compasión. Es mujer, y por tanto sabe compadecer. Pres­tará el amuleto al hombre que sufre, y se interesa en tanto por él, exigiendo que no se hable más de los intentos anteriores. Me­libea llega a rogar a Celestina que vuelva a verla, para darle una oración contra el mal de su protegido. De la piedad maternal, nace el amor, que se hace en el alma im­petuoso, acercándola a la vieja medianera, que llega también a ser necesaria para ella. Ahora, ella es toda para el hombre al que espiritualmente se da, con una pasión irre­frenable, justificada en sí misma por la sin­ceridad y la pureza de su sentimiento: hu­milde oferta de su corazón, acompañada de lágrimas y de suspiros, de temores y de plegarias. Y Celestina, que sólo mira su pro­pio interés, se aprovecha de todo esto, lle­vando a los dos jóvenes enamorados a su primera entrevista nocturna. Sempronio y Parmeno van entonces a casa de la vieja, para cobrar su parte del premio del leno­cinio; y como ella rehúse dárselo, la matan.

Prendidos por la justicia, que llega al lugar del delito, son entregados al verdugo. Así el idilio de Calisto y Melibea, suscitando rencores y revelando celos ocultos en casa de Celestina, se desenvuelve en una sombra penosa de luchas y de sangre. Contra Calis­to se dirigen los odios de las malas mujeres que han perdido en Celestina su madre auxiliadora. Ellas anhelan vengarse, apoyándose en un amigo de su casa: el Centu­rión, figura de soldado fanfarrón, largo de promesas, pero que dará sólo ruido. Entre­tanto, tiene lugar la última entrevista entre Calisto y Melibea. El amor florece en una dulcísima nota de pasión, que, llamando a todas las cosas para que participen de su embriaguez, invoca de los astros una tregua para aquel instante extraordinariamente be­llo. Pero, al despedirse ansiosamente de su amada, a Calisto le falla un pie en la escala de cuerdas, y al caer se mata. Melibea, tras haber ocultado a sus padres una pasión de cuya violencia sólo Dios podrá excusarla, se lanza a su vez desde lo alto de una terraza, para unirse en la muerte con el amado de sus sueños. La obra, nacida por el deleite de contrastes evidentes, se desenvuelve pro­gresivamente con libertad y con vivo sen­tido dramático; es el fruto de una profunda experiencia de vida y de arte. En su síntesis vital, convergen elementos muy difundidos en la tradición literaria española. Baste re­cordar el Libro de buen amor (v.), del arci­preste de Hita y El Corbacho (v.)> del ar­cipreste de Talavera, los cuales nos explican el penetrante realismo de la observación psicológica, tallada y condensada estilística­mente en aforismos y máximas de empiris­mo vulgar. Por la forma del amor pasional que tiende con ímpetu irresistible a la be­lleza, y que es más fuerte que la muerte, piénsese en la tradición caballeresca, exter­nada en el sentimentalismo lírico de la Cárcel de amor (v.), de Diego de San Pe­dro. Pero la Tragicomedia de Fernando de Rojas, encierra en sí una experiencia psico­lógica hecha a través de una observación atenta de la realidad y que nos da la sen­sación de la verdad de la vida. De su lectura se sale tan afectado como de la representa­ción de un drama y, en la conmoción que nos produce y en la sorpresa, la sentimos cercana al arte de Shakespeare y de Lope de Vega. Cierto que la figura de mayor re­lieve es la de Celestina, que campea en el turbio mundo de prostitutas y rufianes en­tre los que se mueve; preludio de aquel realismo pintoresco, pero trivial, que dará más tarde su forma a la novela picaresca. Por esto, Cervantes, que tenía el sentimien­to de la vida concreta — sublimación del instinto en lo absoluto y en la universalidad de una razón, que teniendo en cuenta el instinto lo purifica —, definía a la Celestina «Libro en mi opinión divi- si encubriera más lo huma-».

M. Casella

La Celestina ocuparía el primer lugar en­tre las obras de imaginación españolas si no existiese el Quijote. (Menéndez Pelayo)

Hay en Celestina un positivo satanismo. Es el sublime de mala voluntad que su crea­dor supo pintar como mujer odiosa, sin que llegase a ser nunca repugnante; es un abis­mo de perversidad; pero algo humano queda en el fondo. (Julio Cejador)

La Celestina es una obra maestra única y original en la que la antigua situación tea­tral plagada de seres imposibles, de situa­ciones increíbles, pasa a un comercio di­recto con las pasiones más profundas y vivas. (Fitzmaurice-Kelly)

Una de las obras que. tienen el poder de convertir en verdadera vida lo que por cier­to tiempo en la literatura sólo fue conven­ción; que dan a esta convención alcance real, como acaece en la historia, cuando una idea largamente anunciada rompe su ca­pullo y despliega las alas. (C. Álvaro)

*   Grandísima fue la influencia de la Ce­lestina sobre el teatro y sobre la novela. Desde Juan del Encina a Gil Vicente, a Torres Naharro, a Lope de Rueda, Juan de la Cueva, Cervantes y Lope de Vega, Que­vedo, etc., toda la literatura profana poste­rior siguió la línea de la obra de Rojas y se abrevó en su realismo. Traducida a todas las lenguas europeas, la comedia tuvo también muchas transcripciones en verso, de las cua­les, la más célebre es: La farsa en coplas sobre la Comedia de Calisto y Melibea, de Lope Ortiz de Stúñiga. Innumerables son las imitaciones: las comedias anónimas Tebaide, Serafina e Hipólita (1521), la Lozana Andaluza (v.), de Francisco Delicado; la Tragicomedia de Lysardo y Rósela, atribui­da al teólogo Sancho Muñón; la Eufrosina (v), del portugués Jorge Ferreira de Vas- concelhos; la Dorotea (v.), de Lope de Vega. Muchísimas son también las continuaciones: La segunda comedia de Celestina (Medina, año 1534), de Feliciano de Silva; La terce­ra comedia de Celestina (Salamanca, 1542), de Gaspar Gómez de Toledo; La comedia Florinea (Medina, 1554), de Juan Rodríguez Florián; La ingeniosa Helena, hija de Ce­lestina (1612), de Salas Barbadillo; La se­gunda Celestina, de Agustín Salazar y To­rres, y, entre muchísimas otras, una Celes­tina de Calderón que no ha llegado hasta nosotros.