[The Tenant of Wildfell Hall]. Obra de la escritora inglesa Anne Brönte (1820-1849), publicada bajo el pseudónimo de Acton Bell. La llegada a la mansión, largo tiempo abandonada, de Wildfell Hall de una dama joven y misteriosa suscita la viva curiosidad, pronto malintencionada, de los moradores de la comarca. Mrs. Helen Graham — así se llama la desconocida — tiene un hijo de cinco años, Arthur, y les acompaña una vieja sirvienta. La dama observa una vida retraída y se dedica a pintar, con lo que, según se dice, cubre sus necesidades, evitando cuidadosamente todo trato con los vecinos. Uno de éstos, gentlemen-farmers de la comarca, Gilbert Markham, cuenta, en una serie de cartas dirigidas a un amigo, la historia de la joven castellana, tal como paulatinamente se va revelando en sus raros contactos con los habitantes de la finca y del pueblo de Lindenhope (la anciana señora Markham, su hermana Rose, su hermano Fergus, la familia del pastor Millward, la bella y frívola Jane Wilson, etc.). Bajo la pluma experta y sencilla al mismo tiempo de Anne Brönte. el carácter de Helen Graham no tarda en dibujarse mucho menos sugestivo de lo que, al parecer, venía a ser a los ojos de la autora. En efecto, Helen no está exenta de gazmoñería ni pedantería; incluso su virtud puede llegar a exasperar, a veces, a almas menos negras y perversas que la de su marido, Mr. Arthur Hunstington; porque, en realidad, Helen es la señora Hunstington; precisamente, para huir de su cínico y voluble esposo, cuyas infidelidades le humillaban, y para sustraer al hijo a la influencia nefasta del padre, es por lo que se ha refugiado en la propiedad de Frederic Lawrence.
Enamorado de Helen, Gilbert Markham sufre por los rumores que circulan sobre ella, mejor dicho, sobre sus relaciones con Lawrence. Un día sorprende a Helen y al joven propietario de Wildfell Hall en íntimo y tierno coloquio y, loco de celos, pasa a vías de hecho hiriendo gravemente a su rival. Entonces, Helen, cuya belleza pálida y marmórea no ha permanecido insensible a los homenajes de Gilbert, le revela la verdad de sus sentimientos. Y para justificarse ante él y afirmarse en su posición de intransigente virtuosa, confía a míster Markham su «diario íntimo». Así conocería Gilbert la dolorosa vida de Helen, su matrimonio, sus humillaciones, el desenfreno y libertinaje de Arthur Hunstington y de sus camaradas y, finalmente, la fuga de la ultrajada esposa. También se enterará aquí de que Frederic y Helen son hermanos. Helen desaparece un día para acudir, impulsada por sus deberes conyugales, a la cabecera del lecho del esposo gravemente enfermo. Gilbert — que se sabe amado — no ha conseguido autorización de ella para verla ni tampoco grandes esperanzas, únicamente, la podrá escribir después de un período de silencio de seis meses… Cuando, por fin, Arthur Hunstington muere, Gilbert y Helen tienen todavía que salvar numerosos obstáculos antes de unirse en matrimonio. La mayoría de ellos (desigualdad de fortuna a consecuencia de una cuantiosa herencia de la reciente viuda, etc.), carentes de convincente valor a los ojos del lector, sólo sirven para aminorar su simpatía por la heroína, mujer, por otra parte, dada a continuas consideraciones más o menos razonables y bastante puritana.

