La Casa Encantada, Arthur Wing Pinero

[The Enchanted Cottage]. Con este drama, aparecido en 1922, el dramaturgo inglés Arthur Wing Pinero (1855-1934), después de haber sido influido durante largos años por Ibsen, mostró, ya pasados los setenta, un cambio inesperado de inspiración. La obra se divide en tres actos, o mejor aún, en tres momentos: «Re­liquias de la guerra», «Un sueño» y «Verdad eterna». Un teniente mutilado de la guerra, Oliver Bashfort, nervioso, inquieto y mi­sántropo a causa de los continuos sufri­mientos, se ha retirado voluntariamente a vivir en una torre solitaria de Sussex que se levanta entre las ruinas de un antiguo cas­tillo. La dueña del «cottage» es una vieja extraña, Mrs. Minnet, tenida por bruja, pero en el fondo buena, piadosa y que quiere al joven como a un hijo. El único amigo de Oliver es el mayor Hillgrove, ciego de guerra, que es atendido amorosamente por una joven, fea y enferma, Laura Pennington. Oliver, que ya ha sufrido varias des­ilusiones amorosas, siente que sólo aquel ser privado de todo atractivo y lleno de abnegación puede ser la compañera de su vida. Con cierta ingenuidad, por la que Laura no se ofende, le dice que la quiere como mujer, porque una muchacha bella y amante de la vida no se sacrificaría nunca por él. Y, con súbita y espontánea decisión, se casan. Regresan a la casa hacia la no­che, siendo amablemente recibidos por la señora Minnet, que cuenta cómo, desde los tiempos de los Tudor, aquel «cottage» ha hospedado siempre a jóvenes parejas veni­das a pasar la luna de miel.

Apenas han quedado solos, una luz extraña se difunde por toda la casa: Oliver y Laura se trans­forman en una pareja hermosísima, llena de vigor y juventud, y saludan con ansia a la nueva vida. El ciego Hillgrove viene a buscarlos y Oliver, feliz, habla del milagro que se ha realizado. Pero, pasada la noche, torna la realidad. La madre de Oliver está sobremanera irritada por aquel matrimonio; Oliver y Laura, todavía deslumbrados por la visión, piden explicaciones a la vieja Minnet. Y ésta les dice por fin que ha sido su profundo amor lo que les ha dado aque­lla visión de felicidad, y que, si saben man­tener siempre vivo y ardiente su afecto, el sueño habrá creado para ellos una felicidad duradera que les dará fuerzas para afrontar la realidad de la vida. El influjo de Ibsen se ha sustituido aquí por el de Maeterlinck; como en el Pájaro azul (v.), el sueño crea en el hombre una vida interior que es la verdadera fuente de felicidad y que ter­mina dominando, por fin, a la propia reali­dad. La Casa encantada enlaza con el principio del «Fairy Tale» y del drama con elementos fantásticos que ya, antes de la guerra, había encontrado en William Mo­rris y en Barrie, el autor de Peter Pan (v.), sus más ilustres representantes.

G. Fornelli