La Casa de Aizgorri, Pío Baroja

Obra del gran novelista español Pío Baroja (1872-1956), musicada en 1900. Narra los últimos días de la casona de los Aizgorri. Una liquidación en la que — cuervos sobre carroña — sólo hay acreedores, odios y abulia. La desti­lería de don Lucio no rinde y no hay nadie capaz de levantar la quiebra que amenaza. Sólo Águeda, la hija, hubiera podido hacer frente a la crisis, pero en ella mandaban deseos más nobles que los de fabricar aguar­diente. La historia queda perfilada con gran simplicidad. Un poco — o un mucho — es la historia de unos cuantos tipos; en definitiva, la destilería es el pretexto para jugar en ella la nobleza o ruindad de las almas. El fin de Aizgorri es un fin trágico. Don Lucio sacrificó a su mujer y ahora su psicología exasperada, su dolencia, su renuncia están perseguidas por el espectro de la esposa. La herencia — Luis, Águeda — es una herencia tarada. El hijo — derrotado, abúlico — aban­dona la casa paterna el mismo día en que don Lucio muere; Águeda, firme y tierna, lucha contra todo para, al fin, cuando la destilería queda salvada, convertirla en hos­pital. Éstos son los Aizgorri, El turbión, la sombra y la fragancia. Después, la novela se completa: Díaz, el tenedor de libros sub­versivo y traidor; Mariano, el amante firme; don Julián, el médico de almas y cuerpos; Pachi, el cartero de míseras ambiciones… y Melchora, figura en la que se condensa la tierra vasca. El desenlace es el olvido de todo un pasado: contra intereses y añaga­zas, Águeda fracasa en su intento de con­vertir en casa de salud la destilería: Díaz asaltó la fábrica con unos huelguistas y todo desaparece en las llamas.

Mariano lleva con­sigo a Águeda, salvada — sólo ella — del fue­go. Y, al fin, los dos — libres — al comienzo de una nueva estirpe. Ésta es una novela dialogada; el recurso retórico no es nuevo: está dentro de una gloriosa tradición his­pánica que inauguró La Celestina (v.) y que en tiempos de Baroja había de cultivar Valle Inclán. La ambientación está conseguida con unas largas acotaciones que preceden a cada una de las subdivisiones de la obra. La novela está datada el 17 de julio de 1900. Interesa consignar la fecha, porque nos ayu­da a explicar algunos elementos estilísticos de la narración. Por paradójico que ello pa­rezca, hay cierto tributo al modernismo en evocaciones referidas a un mundo plástico (imágenes de Bizancio) y en un tipo de adjetivación totalmente olvidado luego por Baroja (flordelisada aureola, vírgenes de los medievales retablos, etc.). La misma natu­raleza dialogada de la novela, hace que en ella falten muchos de los elementos que ha­brían de sernos familiares a los lectores de Baroja. Son muy poco las escapadas que permiten las acotaciones a que me he refe­rido. Por eso el paisaje no es más que una sabia pincelada sentida en el ventanal abier­to, en el ramo de lilas suspendido o en el verde brillante que se refleja en unos ojos; estos sencillos elementos se conjugan con unos pocos ruidos primitivos, pero entraña­bles siempre: el murmullo del agua, el ruido de una carreta, el canto del gallo. Apenas si hay ninguna otra ambientación en esta desnuda novela. Porque las referencias a una limitación tópica están dadas con per­severancia por Melchora, la vieja ama de don Lucio, en la que encarnan, como antes decíamos, las esencias de la tierra vasca. Ella va creando un clima de superstición, de misterio y de terror que nos hace pensar en algunas de las creaciones de Ibsen o de Lenormand. Falta también esa proliferación de tipos que tantas veces había de acompañarnos en las narraciones de Baroja: ahora so­lamente los imprescindibles, porque si a la escena asoma alguno distinto, es un poco tapiz de fondo, música con sordina que nunca llega a imponerse: como aquella proce­sión de mendigos de los comienzos, cuando la faz, el gesto, o la palabra vascuence tie­nen más eficacia ambientadora que una lar­ga descripción.

M. Alvar