La Carrera de la Antorcha, Paul Hervieu

[La course au flambeau]. Drama en cuatro actos de Paul Hervieu (1875-1915), representado en 1901. Se trata de tres generaciones, que se siguen una tras otra, representadas por tres mujeres: la anciana señora Fontenais, su hija Sabine, su nieta Marie-Jeanne. Cada una de ellas, de cara al futuro, da la es­palda a quien se halla tras ella, con vo­luntaria indiferencia, lo mismo que, según la imagen platónica, el que en las Lampadoforias atenienses recibía del corredor ex­tenuado la antorcha encendida que él, más tarde, también entregaría a otro. El nudo de la tragedia se concentra en Sabine, opri­mida simultáneamente de sus deberes de hija y de madre. Joven todavía, quedó viuda de un hombre que le había malgas­tado todos sus bienes y obligado a vivir a costa de su madre, y debido a un escrúpulo de conciencia hacia su hija de pocos años, rehusó el amor y la riqueza que se le ofre­cían en la persona de Stangy. Pero, apenas acaba de cumplir su sacrificio, cuando la hija se casa y la abandona. Financieramente el matrimonio no es feliz. Marie-Jeanne está trastornada en el espíritu y en el cuerpo por el espectro de la quiebra que amenaza a su marido. Para salvarla, Sabine recurre a su madre, quien, obstinadamente, rehúsa vender sus capitales, única garantía del porvenir de su hija. En este momento se revela morbosamente el instinto maternal en Sabine que, en principio, intenta esta­far a su madre, y luego, para acompañar a su hija enferma a un lugar de montaña, lleva consigo también a su madre, que no quiere separarse de elija, aunque sabe que su corazón no está en condiciones de aguan­tar aquellas alturas. Y la señora Fontenais fallece, mientras Marie-Jeanne, indiferente al dolor de su madre, la abandona para seguir a su marido que, j entretanto, en­contró trabajo y riqueza en América, gra­cias a la ayuda de Stangy. En la angustia de Sabine, que desesperadamente concluye el tétrico drama, no brilla ninguna luz de consuelo, sino sólo la venganza de la mo­ral sobre un egoísmo maternal. La obra si­gue el mismo camino que Las Tenazas (v.) y la Ley del hombre (v.), ensanchando, de todos modos, el aliento de la tragedia con la elección de un argumento nuevo para el teatro. Junto a la habilidad de la que hace alarde en el disponer los datos de los pro­blemas, en el saberlos llevar lógicamente a la conclusión, es notable la fuerza de la re­presentación, que culmina en las escenas más duras y atroces.

E. C. Valla