La Bestia Humana, Émile Zola

[La Béte humaine]. Novela de Émile Zola (1840-1902), publicada en 1890, decimoséptima del ciclo de los Rougon-Macquart (v.). La obra es­tudia la locura homicida que lentamente incuba en su ánimo, por vicio atávico, un joven maquinista, Jacobo Lantier, hijo de la lavandera Gervasia Macquart (v. La Ta­berna) y del obrero Augusto Lantier. Una sed atroz de sangre empuja a Jacobo, que quisiera calmar su locura delictiva con una catástrofe; y huye de las mujeres, precisamente por el deseo insaciado y loco de ma­tar. Se entera por casualidad de un terrible delito perpetrado por un empleado ferro­viario, Roubaud, y por su mujer Severina, que han matado en el tren al presidente Grandmorin, para vengar la ofensa hecha por el viejo libertino a la mujer. Casual­mente, el maquinista ha visto realizar el de­lito, pero no deja vislumbrar a la justicia sus sospechas; una sombría pasión le arrastra hacia Severina, que se convertirá en su amante. El joven, que sólo se sentía ligado a su máquina de vapor, la «Lison», y había rechazado el amor de Flora, está ahora unido a una mujer homicida; entre ellos se establece así una especie de alianza, por lo que les une la idea del crimen.

Y bajo esta pesadilla la «bestia humana» se despierta en Jacobo, que en un ímpetu desenfrenado del instinto matará a su amante. Se acusará del delito a un desgraciado, platónico ena­morado de la mujer, y también el marido será condenado a trabajos forzados por su conducta irregular. Jacobo volverá a su vida sombría y silenciosa de maquinista, pero la imagen de la sangre sigue atormentándole. Ahora vive con él el fogonero Pecqueux, quien, debido a la rivalidad de su amante, Filomena, cierto día discute con Jacobo y, con la máquina lanzada en loca carrera, trata de arrojarlo al vacío, quedando ambos horriblemente destrozados por el monstruo de hierro. El libro tiene páginas vigorosas en la descripción de los caracteres y de los ambientes, en la representación de la má­quina, palpitante como una criatura; pero en conjunto la obra hace sentir demasiado la tesis patológica de la herencia y acaba encerrándose en actitudes frías, entre un simbolismo grosero y un naturalismo vio­lento.

C. Cordié

El hermoso mundo del arte ideal se está deshaciendo: y Zola recoge los restos y os los lanza a la cara. (De Sanctis)