La Alegría, Georges Bernanos

[La joie]. Obra de Georges Bernanos (1888-1948) escrita en Clermont-de-l’Oise y publicada el año 1929. Esta tercera novela de Bernanos es la con­tinuación de La Impostura (v.), obra en donde el autor nos había mostrado al abate Cénabre, erudito sacerdote interesado por los fenómenos sobrenaturales pero incapaz de amor, y que continuaba cumpliendo pun­tualmente con todas las obligaciones de su ministerio a pesar de haber perdido la fe. Tal venía a ser la impostura de que nadie estaba enterado, salvo un humilde sacer­dote, el abate Chevance, a quien una noche se había confiado el abate Cénabre revelándole su turbador secreto. Desde enton­ces, el abate Chevance se sentía responsa­ble ante Dios del alma del impostor. En su lecho de muerte, cuando parecía ex­trañamente privado de todo consuelo di­vino, su penitente, Chantal, una joven de excelente familia le dijo: «Yo os doy mi alegría…» De este modo, la joven tomaba a su cargo el alma de Cénabre para res­ponder de ella, a su vez, ante Dios. Muer­to Chevance, por medio de Chantal, Dios iba a continuar asediando el alma del im­postor, hasta que, finalmente, el supremo sacrificio de la muchacha abriese los ojos de Cénabre.

El padre de Chantal es el aca­démico Aynard de Clergerie, alcalde de provincias, gran burgués católico y liberal imbuido de un fariseísmo medroso e inno­ble, que vive con su hija rodeado de una serie de seres mediocres: su madre, vieja señora atacada de locura, en su eterna creencia de figurarse la dueña de la casa: M. de la Pérouse, psiquiatra maníaco; una sirvienta que se mofa de sus amos, y Fiodor, un refugiado ruso, aristócrata heterómano. Sólo Chantal difunde un poco de paz y alegría en la pesada atmósfera de aquel hogar, sin que nada revele el estado excepcional de su alma. Bernanos ha que­rido pintarnos aquí una santidad en nues­tro siglo. Chantal, a quien su director es­piritual, el abate Chevance, llamaba a menudo la hermanita Teresa, había reci­bido de éste el consejo de no inmutarse jamás, de mostrar siempre su alma abierta a todas las cosas, sobre todo a las más pequeñas. Su alimento espiritual es el pre­conizado por el Padre de Caussadex: abandonarse a la divina Providencia, «hacer que todo nos sea fácil». También la paz del im­postor, el abate Cénabre, está hecha de abandono, pero se trata de una paz muy diferente, la paz de aquel que nada pide, ni ama, ni espera; la trágica paz del poseso que Bernanos volverá a describirnos en Monsieur Quine, la paz del que, por ha­ber perdido la fe, no nota la ausencia de Dios. No obstante, en esta ciudadela de si­lencio en que se ha convertido su alma, el mismo Cénabre ha abierto una brecha, que no está en sus manos cerrar, al informar de su drama al abate Chevance. De este modo, a pesar de su negativa, Cénabre per­manece en la comunión de la Iglesia.

La inquietud espiritual de Chevance por el impostor le ha sido transmitida a Chantal, aunque ella ignore todavía su misión. Has­ta que una noche comienza a adivinarla. La muchacha, desde hacía bastante tiempo, venía siendo presa de éxtasis, que ella atribuía a crisis de nervios. Ahora, le será mostrado lo que Dios espera de ella: tras haber dado su alegría, ofrendar su deses­peración. En una visión horripilante, Chan­tal ve a Judas en el patíbulo. Ella avanza pero, a medida que se aproxima, Judas se desvanece, permaneciendo el patíbulo, so­bre el que, de súbito, se yergue la figura del abate Cénabre. En el curso de una entrevista, éste descubre con estupor el estado de gracia de la joven Chantal y comprende que le ha sido enviada, que la comunión de los santos continúa asediándole y que Chantal ha reemplazado a Chevance. Pero para que Cénabre se salve será preciso que Chantal se sacrifique ínte­gramente, que caiga asesinada a manos de Fiodor, el chófer. Sobre su cuerpo inerte, el abate Cénabre comienza a recitar el «Pater noster». «Y esconde su rostro hu­millando la cabeza…» Se le ha reprochado a Bernanos haber dado curso demasiado libremente a su predilección por las almas excepcionales. Pero el asesinato de Chan­tal no es un episodio novelesco, un golpe teatral. Cénabre ha pecado, se ha condena­do por un exceso de orgullo, y sólo un des­medido sentimiento contrario, el exceso de abnegación, renuncia, sufrimiento y humi­llación de Chantal puede rescatarlo. Como puede verse, el tema esencial del libro gira en torno de ese dogma fundamental del cristianismo que es la Comunión de los Santos y la reversibilidad de los valores. De una manera más acusada todavía que en la Impostura, Bernanos consigue aquí hacernos penetrar en una atmósfera que, cier­tamente, no es ya la de este mundo.