La Africana, Jacques Meyerbeer

[L’Africaine]. ópera en cinco actos con música de Jacques Meyerbeer (1791-1864), sobre un libreto de Eugéne Scribe (1791-1861); primera representación en la ópera de París, el 28 de abril de 1865. (En Italia, el mismo año, en el Comunale de Bolonia). La acción tiene por fondo histórico los viajes de Vasco de Gama. Vasco pide al Consejo real de Portu­gal los medios para efectuar la busca de tierras desconocidas, pero es rechazado y además es apresado junto con sus dos escla­vos exóticos, Selika y Nelusko, presentados para demostrar la existencia de dichas tie­rras; ella está enamorada de Vasco y es amada por Nelusko. Inés, mujer de Don Pedro, también ama a Vasco y lo hace poner en libertad. Don Pedro, apoderándose de los documentos geográficos de Vasco, sale con un barco para llevar a cabo la ex­ploración, llevándose a Inés, a Selika y a Nelusko a quienes ha comprado; pero en el Cabo de Buena Esperanza le da alcance un navío mandado por Vasco, quien caballero­samente sube a bordo para señalarle los peligros de la navegación. Entre ambos surge una pelea en la cual una turba de indios apresa a toda la tripulación y los lleva a un país de donde Selika demuestra ser reina.

Pedro y sus compañeros son con­denados a muerte; Selika consigue salvar la vida de Vasco, quien, conmovido, olvida por un momento su amor hacia Inés pero cae de nuevo en él al escuchar su voz de­sesperada. Entonces Selika devuelve la li­bertad a la pareja, aspira el perfume de un árbol mortífero (el manzanillo) y muere entre los brazos de su fiel Nelusko. Este asunto, entretejido de complicados episodios sobre un tenue fondo histórico, era apto, como los demás de Scribe, para estimular el temperamento de Meyerbeer; y así como el drama está un poco más atemperado que los otros en la busca de efectos, también la música es más sobria y noble que la acos­tumbrada de Meyerbeer. Cierto que conti­nuamos en el estilo de «grand’ópera» fran­cés, la cual La Africana, última ópera de Meyerbeer, representada después de su muerte, señala el máximo esfuerzo; y tam­bién aquí, el conjunto, juzgado con severo criterio estético, es caduco; pero es más decoroso, más sobrio en los efectos, más genial en las combinaciones coloristas, que en las restantes óperas de Meyerbeer: y en determinados momentos, la iluminan inspi­raciones puras, aunque fugaces, con la melodía típica del Meyerbeer de los mo­mentos más felices.

Al final de su primer acto son hermosas las primeras notas me­lódicas breves de Vasco «Ah, parla dunque, Selika», pronto sumidas en el «concertado» viejo estilo, aunque rico en movimiento dramático. En el segundo acto, el aria de Vasco «Solea Tonda confidente» está acom­pañada por una vaga ondulación orquestal; y el «aria del sueño» de Selika («Figlio del Sol, mió dolce amor») bonita por su colorido exótico y el ritmo acuñador. En el tercer acto se encuentra la plegaria de los marineros «O grande San Domenico» de magnífico efecto teatral, pero mediocre, musicalmente hablando; el colorido exótico vuelve con la tempestad y en el coro de los indios. El cuarto acto empieza con la horrible marcha de los indios, y contiene después las páginas más celebradas de la ópera, es decir, el aria de Vasco «O Paradiso», donde con una melodía airosa en sol bemol mayor, se expresa la alegría del explorador a la vista de tierras nuevas, si bien no alcanza la belleza de otra famosa melodía de Meyerbeer en el mismo tono, el «Dillo ancor» de Los Hugonetes (v.)

F. Fano