Justina o las Desventuras de la Virtud, Donatien-Alphonse-François

[Justine ou Les malheurs de la vertu]. No­vela de Donatien-Alphonse-François, mar­qués de Sade (1740-1814), publicada en 1791. Existen tres versiones de esta obra. La primera, la menos audaz, fue escrita en la Bastilla, donde el autor estuvo recluido por su vida disoluta, entre 1787 y 1788, y ha sido publicada por M. Heine en 1930; la segunda redacción, publicada en 1791, alcanzó seis ediciones en diez años. La ter­cera redacción, definitiva, fue publicada en 1797. La nueva Justina o las desventuras de la virtud (4 volúmenes) seguida de la Historia de Julieta, su hermana, o las pros­peridades del vicio (6 volúmenes) [La nouvelle Justine ou les malheurs de la vertu, suivie de l’Histoire de Juliette, sa soeur, ou les prosperités du vice]. Sade ha sido definido muy justamente como «uno de los menos leídos entre los escritores de los que más se habla». Sin embargo, su influen­cia sobre el movimiento surrealista es evi­dente.

Justina y Julieta, muchachas de buena familia, educadas en un convento, se ven obligadas a ganarse la vida por la bancarrota del padre y la muerte de la madre. Julieta, despreocupada, dominante y bella, goza con su libertad; Justina, la hermana menor, tierna y melancólica, se aflige por su desgracia y quiere conser­varse virtuosa. Las dos hermanas se sepa­ran. Justina busca ayuda entre los amigos de su familia, que se desentienden de ella; sufre aventuras horrendas, atropellos abo­minables, es encarcelada y condenada a muerte, se evade y mientras vaga descon­solada encuentra a una distinguida señora acompañada de cuatro gentilhombres; es su hermana Julieta que, en lugar de conservar la virtud, se ha entregado al vicio y «no ha encontrado más que rosas en su cami­no». Julieta o la prosperidad del vicio, con­tinuación de Justina, representa el polo opuesto de ésta. Julieta toma parte gozo­samente en toda suerte de repugnantes in­moralidades y aunque termina trágicamente fulminada por un rayo apura los placeres más bajos de la existencia humana. En Sade el sentido del infinito, desterrado de las vidas humanas con la supresión de todo significado espiritual, se refugia en una especie de satanismo cósmico.

Para Sade, que invierte las premisas de Rousseau, todo es malo, todo es obra de Satanás; la Natu­raleza tiene como ley suprema la destruc­ción y el crimen. Así imagina que habla a los virtuosos el Ser supremo de la mal­dad: «Si habéis visto que todo es vicioso y delictivo sobre la tierra, ¿por qué vais a extraviaros por los senderos de la virtud?». Y leemos también: «La virtud no conduce más que a la inacción más estúpida y mo­nótona; el vicio, a todo aquello que el hom­bre puede esperar de más delicioso sobre la tierra». Como ilustración de sus teorías nihilistas, Sade escoge el tema de la joven- cita perseguida, usado en la Clarissa (v.) de Richardson y refleja en forma exaspe­rada la misma corriente artística que en Inglaterra provoca la redacción de novelas negras o terroríficas («tales of terror», v. El italiano y Los misterios de Udolfo de A. Radcliffe, El monje de M. G. Lewis) y la fase histórica que culminó en el Te­rror. Contra las teorías de Sade quiere reaccionar Restif de la Bretonne, con su Anti-Justina o Las delicias del amor [AntiJustine ou Les délices de l’Amour].

Algu­nos románticos aprovecharon las teorías del Divino Marqués (como ha sido llamado Sade), de modo que su obra forma una de las más notables corrientes subterráneas en la literatura del siglo XIX (Baudelaire, Huysmans, Swinburne, etc.). Su influencia sobre ciertas tendencias modernas es eviden­te. Acerca de la personalidad de Sade ro­deada de un halo de sombría leyenda ha hecho no poca luz P. Bourdin en su intro­ducción a la Correspondance inédite du Marquis de Sade (París, 1929) y M. Heine en L’affaire des bonbons cantharidés du Marquis de Sade, en la revista «Hippocrate», marzo, 1933.

M. Praz