Poesías del escritor español Ramón de Campoamor (1817-1901), publicadas entre 1886 y 1888, aunque varias de ellas habían sido ya escritas mucho antes. Son brevísimas composiciones de versos octosílabos o endecasílabos, cuyo número en raras ocasiones pasa de cinco, formando pareados, cuartetos o silvas, de rima muy pobre y con abundancia de ripios. La «humorada», dice el mismo autor, es «un rasgo intencionado», una expansión de «tendencia comicosentimental»; son, en realidad, frases un tanto sentenciosas que pretenden incidir de modo directo y eficaz sobre los temas ya tradicionales en la poesía de Campoamor, y que con frecuencia no logran alcanzar la meta propuesta, pues la pobreza de pensamiento y sensiblería, características en toda su obra, aparece también aquí, transformando en evidente ramplonería lo que quiso ser una agudeza de ingenio. Con todo, frente a la retórica que se deja adivinar en la mezcla de elementos extraños que aparece en los Pequeños Poemas (v.) y las frecuentes repeticiones de las Doloras (v.), que diluyen los temas perdiendo en profundidad lo que ganan en extensión, las Humoradas ofrecen el mérito de su concisión que, en espejismo engañoso, ha hecho que algún crítico las comparase a las Greguerías de Gómez de la Serna.
Representante más de una época histórica que de un verdadero lirismo, Campoamor destila en estos versos, ya sea en forma de aforismo, epigrama o simple «piropo», el amargo «humor» de aquella generación que halló en el positivismo filosófico la base de su concepción poética. Campoamor supo vestir de galana ironía su amargura, y al hacerlo, su obra quedó marcada con ese sello inconfundible que salva al ingenio de caer en el olvido; porque es verdad que ante los ripios de Campoamor nace con frecuencia la sonrisa burlona y fácil, es verdad que su pseudofilosofía predispone al comentario irónico, pero no es menos verdad que su verso intrascendente, con presunción de trascendencia, llega al corazón sencillo, que ve en él el reflejo de su misma sencillez, la expresión de su alegría y de su desaliento, de su optimismo y de su pesimismo; por eso los versos de Campoamor son conocidos por aquellos que los recitan con aire de suficiencia, afirmando a cada instante su ausencia de bondad artística, y por aquellos otros que los recuerdan reverentemente y en ellos el eco de sus propios sentimientos; porque es evidente que, a pesar de su escasa calidad poética, poseen un don: su capacidad de popularidad y su facilidad de recordación. No deja de ser curioso que el autor figure en la antología de Las cien mejores poesías de Menéndez Pelayo. Es evidente que el ingenio no puede alcanzar la cumbre del arte; pero no es menos cierto que sus «salidas de tono», y las Humoradas lo son, pueden con frecuencia actuar como falsas luminarias que deslumbran al no avisado y crean en torno a aquél un clima de expectación que, si favorece poco a la verdadera poesía, redunda, en cambio, en beneficio de una fama cuyos discutibles méritos no sería justo negar a la ligera.
A. Pacheco

