[Storia di una capinera]. Novela de Giovanni Verga (1840-1922), publicada en Milán en 1871. El autor tituló así su historia porque, como dice en el prefacio, había visto un día en su jaula a una curruca «muerta porque en aquel cuerpecillo había algo que no se nutría de alpiste sólo y que sufría de algo más que de hambre y sed».
La heroína es un muchacha destinada por su madrastra al convento, de donde sale temporalmente y se reúne con su familia en el campo durante una epidemia de cólera. La novela está formada por una serie de cartas a una amiga, cartas que son como el espejo fiel e ingenuo de las peripecias de la muchacha: el abrirse del alma a las alegrías de la libertad agreste y a los simples placeres de la vida desconocida hasta entonces para ella, el amor que surge de improviso entre ella y un amigo de la casa, el dolor de la separación, la vuelta al convento, la noticia del matrimonio de su hermana con el joven amado, la lúgubre ceremonia de la toma de hábito, el delirio del amor inextinguible, de los celos, del remordimiento y, por fin, la enfermedad que la conducirá a la triste paz de la tumba. La novela, a la que sin razón le fueron atribuidas intenciones sociales, comparándola con La monja (v) de Díderot, pertenece en realidad al primer período de Verga, y refleja, en su lagrimosa facilidad, la misma superficial elocuencia de sus obras juveniles (v. Una pecadora, Eva, etc.), si bien en este caso la misma sencillez de la trama invitó al escritor a un estilo más modesto y a una investigación psicológica más delicada y a veces profunda. Tales elementos, unidos a la abundancia de efectos patéticos prodigados a manos llenas, explican el éxito enorme del libro, que igualó y hasta superó al de las verdaderas obras maestras de Verga.
E. C. Valla
La Historia de una curruca tiene forma epistolar, lo cual lleva consigo con frecuencia una conciencia demasiado nítida de los sentimientos, de los que hay que suponer que sólo se posee una media conciencia. Como los episodios son viejos y la construcción artificiosa, el estilo es apresurado y sumario, como si el autor no supiera detenerse en los detalles, verlos con claridad y seguir sus matices. La vida de esta clase de libros reside en el calor juvenil de la inspiración: más bien, por decirlo así, en el impulso que en la ejecución. (B. Croce).
Un eterno soliloquio, y artísticamente áfono. (L. Russo).
La Historia de una curruca, Eva, Tigre Real, Eros: novelas de amor en las que ya se advierte el presentimiento de un gran escritor, si bien aquí los caracteres se parecen a los de tantos héroes de la literatura novelesca y romántica de Francia. Verga joven ama por una parte la propia materia artística que un día aprisionará el d’annunzianismo: una materia sensual, recargada, fragante, de lujo dudoso, cuya flor sea una mujer. Hace novelas de vida, no de arte. Por ser sus libros, en el ímpetu de la pasión, una especie de arte de amar y arte de vivir, él no pudo — como teóricamente hubiera podido — infundir a aquellas novelas la libertad y la objetividad que supo dar a los Malasangre y a Mastro don Gesualdo. (F. Flora).

