[Géorgiques Chrétiennes]. Poema lírico de Francis Jammes (1868-1938), publicado en 1911. Empieza con una especie de arte poética, en que el autor enuncia su programa literario y estilístico, que luego se desarrolla a través de una serie variada de cuadros en los que.es resumida y representada la vida de los campos.
Al principio, una visión bíblica; una bandada de ángeles vuela sobre una modesta choza, donde, alrededor de la mesa, está sentada la familia. Cada uno de los miembros de ésta expresa, en su sencillo lenguaje, sus secretas aspiraciones, revelando un propio y distinto mundo interior. Luego la escena cambia: bajo la canícula, durante la siesta, un campesino se abandona a sueños de prosperidad y bienestar. Al caer la noche, los labradores regresan a su modesta casa, donde, cerca del hogar, mientras se cuece el pan, escuchan llenos de estupor el cuento de un marinero que ha abandonado la inquieta vida del mar por la humilde y tranquila de los campos. Un noviazgo sella el dulce amor de dos jóvenes y más tarde, en el alto cielo nocturno, los signos del zodíaco parecen velar sobre el tranquilo sueño de los cuerpos cansados. Sigue una serie de escenas: una vendimia, alegrada, como la antigua, por cantos que celebran no el dios de la fugaz embriaguez, sino el que vela cariñosamente sobre todos sus hijos; la visión de un rebaño que emigra, bajo un cielo inmóvil, hacia nuevos pastos; una procesión religiosa que invoca a la Virgen de Lourdes; el dueño de la finca sorprendido mientras medita sobre el destino del hombre que, al igual que el árbol, ha de tener fuertes raíces en la tierra, pero levantar su copa hacia el cielo; llega su hija, una jovencita que solicita el consentimiento de su padre para seguir su vocación religiosa: un mendigo, símbolo de Cristo, interviene y bendice a la muchacha, mientras, con el brazo extendido, indica en el cielo los campos eternos del hombre.
Tales son, en pocas palabras, los momentos más importantes del poema en que figuras paisajes y aventuras son concebidos en vista de la glorificación del Creador y como exaltación de su perpetua presencia en lo creado. Pero, como siempre ocurre cuando el poeta vincula su inspiración, la intención moral y conmemorativa ahoga el puro y espontáneo brotar del canto, que parece volverse árido y pobre en el didactismo, a menudo insistente, y en el monótono sucederse de los alejandrinos pareados. No faltan fragmentos en los que brilla una auténtica poesía, pero el conjunto resulta agobiado por una ambición que supera las posibilidades del poeta que, sin embargo, en obras menores, ha dado muestras de exquisita sensibilidad y clara expresión.
D. Zerboni
Jammes es un gran poeta; tiene la más noble audacia: la de la sencillez. (A. Gide)

