[François le Champi]. Novela de George Sand (Aurore Dupin, 1804-1876), publicada por entregas en el «Journal des Débats», en 1848, y que forma, con La pequeña Fadette (v.) y El pantano del Diablo (v.), la trilogía de narraciones campestres sobre la que se funda, hoy sobre todo, la fama de George Sand. Francisco, campesino expósito, vive con la anciana Isabel, una pobrecilla que lo ha adoptado más que nada para ayudarse a ir viviendo con la indemnización que recibe por su custodia, y con la esperanza de aprovecharse más tarde de su trabajo. Pero el muchacho, que crece muy hermoso, es protegido por Magdalena, la joven molinera, la cual, tiranizada en su casa por su suegra y su anciano marido, concentra en él todo su afecto; pero el molinero tiene una amante, la malvada Severa, la cual, defraudada en sus intenciones sobre el expósito, que se ha convertido en un apuesto joven, instiga a que lo echen de la casa donde, según ella, se entiende muy bien con Magdalena.
Francisco, inducido por su amiga, que le revela la ojeriza que le tiene el molinero (pero sin decirle nada de sus indignas sospechas), se aleja del molino, se va a trabajar a otra parte, y pasa unos años en una vida a la que el afecto profundo y la presencia espiritual de Magdalena dan un carácter de casi religiosa pureza. Pero cuando muere el molinero, él vuelve al viejo molino y al afecto de Magdalena. Y ahora, la calumnia, que nuevamente serpentea, acaba por revelar a los dos la verdadera naturaleza de sus sentimientos. Francisco, primero se avergüenza de ello, y se aleja del molino, pero luego vuelve, y’ halla que Magdalena comparte sus sentimientos, y la situación termina felizmente en matrimonio. Toda la narración está escrita bajo el signo de la delicadeza; una amorosa sensibilidad envuelve a las personas y el paisaje, y se refleja en las modestas gracias de un estilo límpido y vivaz, fluido y luminoso, en su sabia facilidad. En ésta, como en sus demás narraciones campestres, George Sand, no sin olvidar ciertos refinamientos del siglo XVIII, entre la romántica efusión de sentimientos que sobrecarga tanta parte de su obra, y una visión nítidamente realista de las cosas y del campo, ha sabido encontrar una especie de equilibrio ideal que le ha permitido recoger los mejores frutos de su arte.
M. Bonfantini

