Novela en cuatro tomos de Benito Pérez Galdós (1843-1920), publicada en 1887-88. La acción de Fortunata y Jacinta se desarrolla en Madrid, de 1870 — con precisión, diciembre del 69 — a 1876. A Juanito Santa Cruz, hijo único de padres ricos, terminados ya los estudios de Derecho y Filosofía y Letras, su madre le propone casarse con su prima Jacinta, joven dotada de excelentes cualidades. A Santa Cruz nunca se le había ocurrido casarse con Jacinta, a quien siempre miró más como hermana que como prima. No obstante, esta dificultad pronto se resuelve, y los dos, muy enamorados, emprenden el viaje de novios. Jacinta empieza a sentir curiosidad por conocer el pasado de su marido. Éste al principio se resiste, pero acuciado por la insistencia de su mujer, acaba por contarle la verdad. Santa Cruz conoció a una mujer trabajadora y sin educación llamada Fortunata, le dió palabra de casamiento y la engañó dejándola abandonada. Ya comprometido a casarse, y enamorado de Jacinta, Santa Cruz quiso saber qué vida llevaba Fortunata, de quien no había tenido noticias en mucho tiempo. Supo que, en efecto, había dado a luz a un niño. Trató de buscarla y no pudo encontrarla. Por fin, averiguó que había marchado de Madrid. Santa Cruz acaba su confesión jurando a Jacinta que no ha vuelto a ver más a Fortunata, ni ha tenido noticias de ella.
El matrimonio transcurre felizmente. Pero ni la salud, el amor y la riqueza pueden satisfacer el alma de Jacinta, porque sueña con ser madre. La impaciencia del principio se convierte pronto en dolorosa idea de vacío. Jacinta no se conforma con no tener hijos, «porque todo se puede ir llevando menos eso». Jacinta se entera de que un pobre hombre tiene recogido a un niño, hijo de una tal Fortunata, y se propone averiguar si realmente el niño es hijo de su marido. Le aseguran que sí y Jacinta adopta al niño, pero Santa Cruz la saca del error contándole cómo ya transcurrido un año de casados, Fortunata le mandó llamar porque su hijo expiraba. Mientras, el estudiante de Farmacia, Maximiliano Rubín, conoce a Fortunata, que se ha dado a la mala vida, y se enamora de ella. Maximiliano es un joven enfermizo y absolutamente privado de gracias personales. Es muy dócil e idealista. Su ilusión es ser amado por una mujer honrada. A Fortunata, Maximiliano le es poco simpático, pero en sus palabras y en sus acciones ha visto desde el primer momento la persona decente, lo cual constituye una novedad grata para ella. El entusiasmo de Maximiliano le impulsa a la salvación social y moral de su ídolo. Fortunata tiene vivos deseos de mejorar su personalidad; lo único que sostiene es que el tal Juanito Santa Cruz es el único hombre a quien ha querido de verdad y que amará siempre. Maximiliano quiere saberlo todo y Fortunata no le oculta nada. Fortunata está agradecida a Maximiliano por lo bien que se portó con ella, y piensa que de la gratitud saldrá, con el trato, el querer. Por fin Maximiliano le propone casarse con él, porque se ha propuesto hacer de ella una persona decente. La declaración de Maximiliano deja perpleja a Fortunata. Casarse con un hombre bueno es lo más que puede desear. Pero Fortunata sigue pensando si el otro — Santa Cruz — se acordará o no de ella. Por su parte, Maximiliano está decidido a casarse con Fortunata.
Y así se lo declara a su tía haciendo un supremo acto de valor. Ésta, que ha cuidado de Maximiliano haciendo las veces de madre, se aviene por fin a ello. A un hermano de Maximiliano, que es sacerdote, Fortunata le confiesa que al único hombre a quien quiere es a Santa Cruz. El sacerdote la persuade de que puede llegar a querer a Maximiliano con el trato. Y decide que Fortunata pase una temporada en el. convento de las Micaelas, destinado a la corrección de mujeres, para reformar su vida. En este convento Fortunata se entera por unas compañeras de que Jacinta, la esposa de Santa Cruz, quiso recoger a un niño creyéndole hijo de su marido y de la propia Fortunata. Un día ve a la propia Jacinta. Y ello produce un inmenso trastorno en su alma. La simpática imagen de Jacinta se le queda grabada en la memoria. A Fortunata, su natural rudo y apasionado le lleva en el primer momento a la envidia. Aquella mujer le ha quitado lo suyo, lo que, a su parecer, le pertenece de derecho. Pero a este sentimiento se mezcla otro muy distinto. Fortunata desea parecerse a Jacinta, ser como ella, tener impresa en el rostro y ademanes la decencia.
El resentimiento inicial hacia Jacinta pronto se troca en lástima al enterarse de los muchos desdenes que Jacinta sufre de su marido. Aunque Maximiliano le desagrade físicamente, la gratitud va ahondando mucho en su alma. El aprecio y la estimación son cada día mayores. Se decide por fin que Fortunata salga ya del convento y se case. A Fortunata no se le oculta que le conviene contraer matrimonio y se alegra de «tener casa, nombre y decoro». Pero se entera de que Santa Cruz la anda buscando, y las ideas tan trabajosamente adquiridas en las Micaelas se desquician de repente. Ahora el casamiento le inspira tanto temor y repugnancia que quiere escaparse, y tiene miedo. Al día siguiente de la boda, Fortunata engaña a su marido con Santa Cruz, y así muchas veces. La conciencia le remuerde porque Maximiliano es muy bueno con ella, pero no puede quererle. Sólo sabe que quiere a Santa Cruz y «querer a quien se quiere no puede ser cosa mala». La frialdad de Fortunata hacia Maximiliano se va acentuando. Éste adivina que ya no le quiere. Piensa matarla. Un día insulta a Santa Cruz. Riñen y Maximiliano sale malparado y confundido. Fortunata no puede remediar el amor que siente por Santa Cruz. A Maximiliano no le ha querido nunca. Fortunata deja a su marido y continúa sosteniendo relaciones amorosas con Santa Cruz. Jacinta sufre resignada y dolorosamente las infidelidades de su marido, ante el cual la grandeza moral de la esposa se eleva para darle la medida Y de su pequeñez. Santa Cruz es muy voluble y, bajo el pretexto de querer estar en paz con su conciencia, decide abandonar de nuevo a Fortunata. Ésta vive a partir de ahora con un amigo leal, un coronel retirado con mucho sentido práctico de la vida.
Fortunata no le ama, pero le aprecia por su comportamiento. Maximiliano, mientras tanto, se ha dedicado a elucubraciones filosóficas. Gracias al amigo y a la familia de Maximiliano, éste y Fortunata vuelven a reanudar la vida legal. Fortunata le ha tomado a su marido un cierto cariño como de hermana a hermano. Pero sigue queriendo a Santa Cruz. Para ella, la esposa que no tiene hijos no es tal esposa. Y la idea de pecar otra vez no se la puede arrancar. Jacinta escucha todo esto de labios de la propia Fortunata y ésta vuelve a encontrarse con Santa Cruz. Maximiliano sufre un gran desequilibrio psíquico. A Fortunata le nace un hijo de Santa Cruz. Maximiliano, ya restablecido, declara a su mujer que no debió casarse con ella. Le anuncia que Santa Cruz tiene amores con otra mujer, Aurora, una amiga de Fortunata. Ella acaba de dar a luz, se encoleriza, se levanta del lecho, acude a ver a Aurora y lucha con ella. Pero Fortunata muere a consecuencia de la lucha, asistida por el Viático, musitando: «Soy ángel». Santa Cruz acepta y reconoce al recién nacido como hijo suyo. Jacinta ya no ama a su marido; éste así lo comprueba y su orgullo sufre terriblemente. Maximiliano acude al cementerio. Allí mismo declara que ha querido a Fortunata con toda su alma. Le hizo objeto capital de su vida y ella no respondió a sus deseos. Los dos se equivocaron. Maximiliano afirma que Fortunata era un ángel. Quiere retirarse del mundo y entrar en un convento para vivir solo con sus ideas. Sus familiares le acompañan a un manicomio. Maximiliano se da cuenta de ello. No le importa. «Reside en las estrellas», dice con toda dignidad. Fortunata y Jacinta es una gran novela que pertenece a la época de plenitud de Pérez Galdós. Nos descubre, con gran riqueza de observación, la antinomia existente entre la materia — Fortunata — y el espíritu — Jacinta —. Antinomia insoluble y desgarradora.
J. M.a Pandolfi

