Flores y Blancaflor, Anónimo

La historia de Flores y Blancaflor es una de las leyen­das más conocidas de la Edad Media y, «demás del gran número de traducciones a todos los idiomas cultos de aquellos tiem­pos, dio el argumento a numerosas novelas de aventuras.

*    Alrededor del año 1160 un desconocido «trouvère» francés versificó la leyenda en un poema corto, Floire et Blanceflor. Flores y Blancaflor (v.) nacen en el mismo día, siendo uno hijo de un rey sarraceno, y la otra de una cristiana esclava del musulmán. Los dos han nacido para amarse, y las di­ferencias de religión y de condición no servirán para separar sus corazones. El padre de Flores, preocupado por este amor que cada vez se hace más violento, manda a su hijo a una célebre escuela y, durante su ausencia, vende Blancaflor a unos mer­caderes. Pero el joven es presa por la nos­talgia y retorna a la corte paterna, donde inútilmente busca a su amada, que, según le dicen, ha muerto. Desesperado, quisiera morir; pero su madre, apiadada, le revela la verdad, y también su padre, conmovido por su amor, cede e indica a su hijo cómo ha de buscar y rescatar a Blancaflor. El amor y su corazón le guían en la bús­queda y, por fin, el joven llega a Babilonia, donde la muchacha, comprada por el emir, ha sido encerrada en una torre donde nadie puede penetrar sin correr graves riesgos. Él consigue hacerlo, ocultándose en una ces­ta de rosas; pero su felicidad no dura mu­cho, ya que el emir los descubre a la ma­ñana siguiente y los condena a morir en la hoguera. Hay una noble emulación entre los dos jóvenes, que quisieran recíproca­mente salvar el uno al otro; los jueces y el mismo emir se conmueven ante su gran amor, los salvan y los dos se casan.

Flores se convierte y regresa a sus estados, donde, muerto su padre, debe hacerse cargo del gobierno. La leyenda parece ser de origen oriental. La idea sencilla que la domina es la de la fatalidad del amor: simpatía de dos almas que las empuja irresistiblemente a superar todos los obstáculos. De todos mo­dos esta leyenda debía ser conocida en Francia mucho antes de la publicación de este poema, ya que se encuentran alusiones en composiciones anteriores. Ciertamente debió tener gran difusión y especialmente después de la redacción francesa llegó a ser conocida en toda Europa, ya que se encuentran versiones en numerosos países. El poema francés es rico en episodios que, alargando la narración, retrasan el desen­lace, aunque nos ofrecen al mismo tiempo unas bellas descripciones. También del si­glo XIII, pero seguramente posterior a la primera, es otra versión francesa, de ca­rácter popular, en la que precisamente para satisfacer la sencillez del pueblo, son modi­ficados los caracteres de los personajes y algunos episodios. La misma historia gentil, en otro tono y con algunas variaciones, es narrada en el cuento Aucassin y Nicolette (v.). Las numerosas traducciones extranje­ras atestiguan la divulgación y el favor de esta leyenda. En el siglo XIII hubo una versión alemana, Flore und Blanscheflur, de Konrad Fleck, que narra con notables adi­ciones la historia de los dos jóvenes aproximadamente en los mismos términos del poema francés; una versión flamenca, Floris ende Blanceflore, de Diederic van Assenede, deriva probablemente de la francesa; hay otra versión en bajo alemán, Flos unde Blankflos; una versión inglesa, Floris and Blauncheflour, está desprovista de fantasía y de méritos artísticos; hay versiones escan­dinavas del siglo XIII y del XIV y refe­rencias en todas las otras literaturas eu­ropeas.

C. Cremonesi

*   En Italia existe Il Cantare de Fiorio y Biancifiore, composición popular anónima en octavas (siglo XIII-XIV) del que se co­nocen tres redacciones, además de una re­fundición con el título Leggenda della reina Rosana e de Rosana sua figliuola, más tarde nuevamente reelaborada en una represen­tación sacra. Boccaccio sacó el argumento de su Filócolo (v.) de una de las redac­ciones italianas o de la tradición oral, di­vulgada en Nápoles, como atestigua la re­dacción del cantar napolitano — Storia de Fiorio et Biancofiore — publicado por Anto­nio Altamura en «Biblion» (a. I, 1947, Nápoles, págs. 92-133). La materia del can­tar italiano (desprovista del perfume de amabilidad que emana de los poemas fran­ceses, y asimismo de los tortuosos meandros narrativos y descriptivos de Boccaccio) na­rra una serie de aventuras. Lelio Africano, descendiente de los Escipiones, llega a San­tiago de Compostela, en devota peregrina­ción por la gracia obtenida: la preñez de su mujer, Julia Topacia. Pero Satanás hace creer a Félix, rey de aquellos lugares, que Lelio es un enemigo, llegado con la inten­ción de urdir una conspiración contra él. Félix mata a su huésped y hace prisionera a Julia.

Pero, por voluntad de Dios, llega a comprender el engaño de Satanás, y hon­ra a Julia hospedándola en su corte en calidad de dama de compañía y amiga de la reina; Julia da a luz una niña, Blancaflor; al mismo tiempo la reina da a luz a un hijo, Flores. Los dos jóvenes son criados juntos y llegan a amarse. Pero los reyes son contrarios a su matrimonio: Flores es *     alejado y Blancaflor, acusada de haber intentado envenenar al rey, es condenada a morir en la hoguera. Entonces el joven re­gresa, desafía al acusador según la costum­bre medieval, y salva a su amada, que,  después de otras desventuras, es entregada a un mercader para que la lleve a Alejan­dría de Egipto, donde es encerrada en una torre. Pero Flores la salva nuevamente y, por fin, se casa con ella. El estilo es sen­cillo y rico, con rápidas transiciones de lo novelesco a lo patético; la obra, en su con­junto, es una tentativa de fusión de ele­mentos épicos con elementos novelescos, se­gún unos motivos que la sociedad de aquel tiempo iba prefiriendo en la literatura. Las continuas referencias al mundo medieval, hasta con anacronismos, muestran la ingenuidad de la composición, y especialmente la naturaleza de los cantares. Éstos van di­rigidos al pueblo que escucha, sentado en los bancos de una plaza — después de una jornada de trabajo—, las hazañas de los cortesanos y, cada vez con mayor atención, las aventuras de amor de jóvenes valientes y de hermosas doncellas. Edición crítica de Vincenzo Crescini en «Colección de curio­sidades literarias» (Bolonia, I-II, 1889-99).

C. Cordié

*   La primera referencia a la famosa le­yenda de Flores y Blancaflor la encontra­mos en España en la Gran Conquista de Ultramar. Más tarde aparece citada en El libro del Buen Amor del Arcipreste de Hita y en Micer Francisco Imperial. Existe ade­más una versión española de la leyenda, obra seguramente de fines del siglo XV, que fue publicada en Alcalá en 1405, editada modernamente por Bonilla, y que parece ser una versión distinta de las aludidas en La Gran Conquista de Ultramar y por el Arcipreste. Aunque el fondo y desarrollo de la versión española coincida bastante con el poemita francés, esta versión española se la suele agrupar con las italianas. Bonilla notó que algunos topónimos pare­cían españoles, como «Cabeza del Griego» (nombre de las cercanías de Uclés), «Por- ligando» (Port Lligat), etc. Otros, en cam­bio, parecen italianos, y los itinerarios por tierras españolas son arbitrarios. El autor de la versión resume en el capítulo XII lo dicho anteriormente, como si hubiera ha­bido una interpolación. Por esto los críticos están de acuerdo en suponer que la antigua versión que cita La Gran Conquista de Ul­tramar fue refundida posteriormente to­mando por modelo alguna de las versiones italianas, aunque no se pueda asegurar cuál debió ser la fuente inmediata de esta nue­va versión. Los críticos e investigadores han discutido acerca de las fuentes de esta leyenda, inclinándose unos por los orígenes orientales (a lo que ayudan algunos episo­dios como la torre de las doncellas, el joven que entra en el harén), mientras otros in­tentan buscar sus orígenes en la leyenda clásica: Amor y Psiquis. La Historia de los dos enamorados Flores y Blancaflor forma parte del conjunto de narraciones de origen francés que se difundieron por España du­rante la Edad Media.

*   Llevada, o devuelta, a Oriente, la leyen­da produjo el poema bizantino Florio y Plaziaflora en 1.874 versos de quince sílabas, sin rima. El poema, compuesto probablemente en el si­glo XIV, parece, según la redacción que ha llegado a nosotros, una refundición de la novela francesa, pero debido a que el esquema del poema es bizantino, hay en él motivos de más antiguas composiciones novelescas, como Ismine e Isminias (v.); no hay que excluir que el poema italiano y el francés hayan recurrido a una perdida fuente griega, mientras que es muy de se­ñalar el hecho de que algunos que otros episodios de Florio y Plaziaflora se encuen­tran nuevamente en dos cuentos de las Mil y una noches (v.). El autor bizantino se mantuvo fiel, evidentemente, tanto en las líneas generales como en numerosos deta­lles, al modelo italiano, aunque deriva también de fuentes más remotas, como en el episodio en que los enamorados escapan del fuego devorador por medio de un anillo mágico.

C. Brighenti