Flores de Poetas Ilustres, Pedro Espinosa

Con este título, inspirado sin duda por las Fiori de las colecciones italianas del Renacimien­to, publicó Pedro Espinosa (1582-1650), en Valladolid, en 1605, su célebre antología dedicada al duque de Béjar, antología que B. J. Gallardo llamó, no sin cierta exage­ración, «libro de oro, el mejor tesoro de la poesía castellana». En el brevísimo y un tanto mordaz prólogo, escribía Espinosa: «para sacar esta flor de harina he cernido doscientos cahíces de poesía, que es la que ordinariamente corre. No quise escribir más volumen, porque éste sea la muestra del paño; esto es entrar un pie en el agua para ver si está quemando». La antología de Pedro Espinosa es, sin duda, la mejor colección de este tipo publicada en la Edad de Oro, tan escasa en antologías no románcenles. (Hasta bien entrado el siglo XVII no aparecerán las Poesías varias de grandes ingenios, de Alfay, colección muy inferior a la primera). Quizá Espinosa, en principio, como sugiere Rodríguez Marín, no se pro­pusiese otra cosa que recoger sus obras poéticas, pero éstas eran aún demasiado escasas en esa época, y el proyecto inicial pasó, sin duda, por otra fase: coleccionar la poesía de sus amigos andaluces, especial­mente la del grupo antequerano y grana­dino. De aquí deriva precisamente su gran valor histórico, puesto que gracias a Espi­nosa se salvaron del olvido poetas muy finos y delicados, como un Martín de la Plaza, por ejemplo, o poemas tan bellos como los de Barahona de Soto.

Pero aun con esta in­clusión de los andaluces, la antología que­daba un poco manca, por lo que decidió finalmente dar entrada a poetas castellanos. La poesía no andaluza está escasamente re­presentada, pero los nombres escogidos de­muestran una gran perspicacia, puesto que nadie negará el valor poético a un Fray Luis de León, Lupercio Leonardo de Argensola, Lope, Liñán o el joven Quevedo, por ejemplo. Entre los andaluces, aparte de Góngora, Arguijo, Barahona de Soto y el mismo Espinosa, destacan los antequeranos y granadinos, grupo que, como ya notó Menéndez Pelayo, «sirve como de transición entre el estilo de Herrera y la primera manera de Góngora». (Este grupo se ha visto enriquecido con la aparición del Can­cionero antequerano, editado por Dámaso Alonso y Rafael Ferreres). Aparte de Espinosa, que siguiendo una buena tradición se incluyó con numerosos y muy bellos poe­mas, ya amorosos, ya religiosos, otros poe­tas antequeranos demuestran la poderosa vitalidad literaria de la pequeña población andaluza, como Luis Martín de la Plaza, au­tor de delicados sonetos, espléndidos en su aparato formal, sensuales y refinados (vid. el que principia «Nereidas, que con manos de esmeraldas») o de encantadores madri­gales; Agustín de Tejada, que dirige al jo­ven Felipe III una briosa canción patrióti­ca; Baltasar de Escobar, amigo de Herrera, a quien enderezó un bello soneto que me­reció ser traducido al italiano, y también los elogios de Quintana; el licenciado Bar­tolomé Martínez, traductor de Horacio; doña Cristobalina Fernández de Alarcón, de la que, según Rodríguez Marín, anduvo enamorado Espinosa, que llora el mal de au­sencia en una delicada composición que principia «Cansados ojos míos»; el Doctor Mira de Amescua (v.), guadijeño, bien re­presentado por su bizarra canción «España, que en el tiempo de Rodrigo»; Juan de Mo­rales, autor de alguna égloga fina y con­seguida, y otros de menor importancia, co­mo Juan de Valdés Meléndez, el marqués de Tarifa (tan elogiado por Gracián), don Cosme Salinas, etc.

Esta antología de Pedro Espinosa fue continuada en 1611 por don Juan Antonio Calderón con el título de Segunda parte de las Flores de poetas ilus­tres, pero permaneció inédita hasta que la publicaron en 1896 (Sevilla) los señores Quirós de los Ríos y Rodríguez Marín, jun­to con la de Espinosa. Juan Antonio Calderón dio entrada preferente a los poetas comprendidos en la de Espinosa, pero sacó del olvido otros nombres, aparte del suyo propio, como Rodrigo Carvajal, que marchó a Indias, fray Fernando Luján, Alonso Ca­bello y «Pedro de Jesús», conocido pseudó­nimo de Pedro Espinosa después de su re­tirada del mundo. Entre las dos partes de las Flores figuran unos ochenta y tres poe­tas y los más representados son Arguijo, Góngora, Martín de la Plaza y el mismo Pedro Espinosa, como ya se ha dicho.

J. M. Blecua