Fausto

La existencia histórica de este personaje está fuera de duda. Del desacuer­do entre algunos testimonios de la época, se ha querido deducir que los personajes históricos con este nombre fueron dos: uno, el más antiguo, llamado Johannes; el otro, el más moderno, llamado Jorg (Jorge); pero el cambio de nombre de pila en do­cumentos no oficiales es un hecho que se da con cierta frecuencia en todas las épo­cas, y, por lo demás, las otras incongruen­cias son vagas y carecen de valor proba­torio. El doctor Fausto (v.), pseudohumanista y «mago», pseudomédico y alquimista, aventurero y «philosophus philosophorum», que con su vida errabunda e irregular, con sus hazañas y sus baladronadas impresionó la imaginación del pueblo, fue, casi segura­mente, un solo personaje. Nació, al parecer, en Knittlingen, en el Würtenberg, hacia 1480. Según Melanchton, que era natural de Breten y, por lo tanto, casi coterráneo suyo, estudió en Cracovia, donde la «ma­gia», a fines de siglo, estaba todavía in­cluida entre las materias de enseñanza. En 1507 el abad Johannes Trithemius atestigua su presencia en Geluhausen, donde al pa­recer se había presentado descaradamente como «magister Georgius Sabellicus, Faustus Júnior, fons necromanticorum, astrologus, magus secundus, chiromanticus, aeromanticus, pyromanticus, in hydra arte (pro­nóstico según el examen de la orina) secundus».

En 1513 un conocido humanista, Mutianus Rufus, afirma haberle encontrado en Erfurt, en un mesón, y haber oído per­sonalmente sus bravuconadas: «audivi garrientem in hopitio / Non castigavi jactantiam. Quid aliena insania ad me?» Pero quien, sobre todo, tropezó con él, fue Melanchton, en Wittenberg, entre 1525 y 1532. Las relaciones entre el severo «Praeceptor Germaniae» y el equívoco traficante de pseudociencia y magia, no debieron ser de las mejores, ya que Melanchton califica al intruso de «turpissima bestia et cloaca multorum diabolorum», así como de «turpissimus nebulo, inquinatissimae vitae». En efec­to, el petulante doctor lo había amenazado nada menos que con hacer volar los platos por la chimenea en el preciso momento en que el humanista se sentaba a la mesa. Pe­ro, naturalmente, sus protestas taumatúrgi­cas eran, en general, de muy distinto tono: afirmaba que no había ninguna necesidad de venerar a Cristo, porque él podía hacer los mismos milagros cómo y cuándo qui­siera; aseguraba que en cualquier momento podía poner a disposición del público los textos perdidos de Platón y Aristóteles, Plauto y Terencio; preveía el porvenir, re­velaba misterios, «dicebat arcana multa».

Y hay que reconocer que, por lo menos, el arte de impresionar y hacerse tomar en se­rio no debió de faltarle, desde el momento que Franz von Sickingen, en 1507, en Kreuznach, no vaciló en confiarle la educación de sus hijos — con los cuales, por lo de­más, no tardó en cometer un «turpissimum fornicationis genus» —, y, en 1520, el prín­cipe-obispo de Wamberg le pagó diez bue­nos florines de oro para que le hiciera el horóscopo, y, en 1528, el concejo munici­pal de Ingoldstadt, al propio tiempo que lo expulsaba de la ciudad, solicitaba pru­dentemente de él un compromiso escrito de que no se vengaría de tal medida. Todavía, en 1536, el humanista Joachimus Camerarius, profesor en Tubinga, se dirigía a él para que le pronosticara el éxito de la ter­cera guerra entre Carlos V y Francisco I.

Unos años más tarde, en 1539, Felipe Sergardi, «Stadtphysicus» de Worms, registra­ba en el Index Sanitatis una estancia suya en la ciudad, donde — dice «los que se dejaron engañar fueron muchos». De vuel­ta a su patria, hacia 1540, murió obscura­mente, al parecer en Staufen. Pero, al igual que había sucedido en el siglo anterior con Tannháuser (v.), la leyenda, que ya a me­nudo se había mezclado con su fama mien­tras vivió, se apoderó rápidamente de su figura una vez muerto. El mismo Melanch­ton, según Johannes Manlius, que lo había oído de sus propios labios, dio crédito al rumor de que no había fallecido de muerte natural, sino por obra del diablo: «al día siguiente, en efecto, su cadáver, ya rígido, había sido encontrado en el suelo, cara abajo». Según las Crónicas de Erfurt, de H. Schedel, el mismo Fausto había sido el primero en alabarse de haber pactado con el diablo (v.), hasta el punto de que un fraile franciscano, Georg Klinge, que ha­bitaba en un convento frente a su casa, ha­bía ^ intentado en vano hacerle entrar en razón y convertirle, y por fin, en vista de la inutilidad de sus esfuerzos, lo había de­nunciado al Magnífico Rector, de quien ha­bía obtenido que Fausto fuera expulsado de la ciudad.

Lo mismo en sus inquietos vaga­bundeos que en su vida depravada, en su seguridad en sí mismo como en su falsa ciencia, en sus artes mágicas como en sus artes de «caballero de industria», Fausto apareció, ya a sus mismos contemporáneos, en el bien como en el mal, como una es­pecie de encarnación viviente del espíritu alemán de la época, rico de fuerzas en fer­mentación, pero también de contradicciones y caos, bruscamente oscilante entre los im­pulsos de un individualismo jactancioso y pendenciero y los repliegues de una con­ciencia obsesionada por el problema religio­so: perennemente luchando entre lo sacro y lo profano, la teología y la política, la avidez de vivir y el terror al más allá, la libre crítica más descarada y la angustiosa preocupación luterana por la «presencia operante del diablo» en la vida del hombre pecador. No sólo elementos varios de le­yendas en cierto modo afines, como las de Cipriano (v.) y Teófilo (v.), sino también pormenores fantásticos de todo género y origen — bíblicos, gnósticos, cristianos me­dievales, fabulísticos, unas veces terribles y otras burlescos — se sumaron pronto al núcleo primitivo, dando a la leyenda un carácter cada vez más fabuloso. El doctí­simo Konrad Gessner, el propio «Plinio sui­zo», en 1561, a pesar de que no hacía mu­chos años de la muerte de Faust, lo clasi­ficaba en los «escolares vagantes», y definía a estos últimos como gente equívoca que «continúa la tradición de los druidas, los cuales, entre los antiguos celtas, recibían las enseñanzas del diablo en lugares subte­rráneos donde permanecían una serie de años, como todavía ocurre por cierto hoy en día en Salamanca».

Así, poco a poco, las anécdotas fueron sobreponiéndose a las anécdotas y los episodios a los episodios, y más de una recopilación — Milchsack, en 1892, publicó una de un manuscrito de Wolfenbüttel — debe de haber seguramente pre­cedido, en latín o en alemán, a la que un impresor de Francfort, Johann Spitz, se de­cidió a publicar por primera vez en 1587 bajo el título de Historia von Dr. Johann Fausten, dem weitbeschreyten Zauberer und Schwartzkünstler, Wie er sich gegen dem Teuffel auff eine benandte Zeit verschrieben, Was er hierzwischen für seltsame Abenteuer gesehen selbs angerichtet und getrieben, bisz er endtlich seinen wolverdienten Lohn empfangen [Historia del Dr. Johann Fausto, el famosísimo mago y nigro­mante. De cómo empeñó a plazo fijo su alma al Diablo y de las singulares aventu­ras que vio y corrió él mismo o provocó en los demás, hasta que finalmente recibió su bien merecido galardón]. Éste es el fa­moso librito que suele generalmente designarse, sin más, como El libro de Fausto [Das Faustbuch], porque constituyó, directa o indirectamente, el punto de partida de to­dos los desarrollos ulteriores de que la le­yenda fue objeto en alemania y fuera de ella. Está dividido, «grosso modo», en cua­tro partes:

I, Nacimiento, estudios y pacto;

II, Aventuras, viajes y soluciones de apuros;

III, Actos de magia y necromancia, y

IV, Muerte.

Prescindiendo de las añadiduras y amplificaciones que figuran en algunas de sus reimpresiones sucesivas, se contienen en las 227 páginas de la primera edición to­dos los elementos constitutivos en torno a los cuales se formó la leyenda. Ya el diablo con el cual Fausto establece su pacto, lleva un nombre bastante próximo al que Goethe habrá de popularizar: Mephistophilis; y ya al lado de Fausto aparece Wagner (v.), su «famulus» y, más tarde, con desarrollos de leyenda propia, su continuador. Ya Fausto, encerrado en su estudio entre libros y alam­biques, «se siente crecer alas de águila» y quiere con su ciencia «hallar el fondo de cielo y tierra», y ya toca a la cumbre de su aventura y de su vida con la posesión de la suprema belleza terrenal, la griega Elena (v.). Naturalmente, Fausto sucumbe al fin a su impiedad y es condenado para siempre: la tendencia del libro es, en efec­to, moralizadora; la narración tiene por ob­jeto servir de «terrible ejemplo y leal ad­vertencia» a «todos los hombres soberbios, presuntuosos y obstinados» y, dado que el clima en que surgió la leyenda fue preponderantemente protestante luterano, la ten­dencia es también a menudo «antipapista». Sin embargo, esto no logra sofocar el pla­cer popular de contar fábulas y el gusto por lo fantástico y lo grotesco, a los que la leyenda debe su verdadero origen. Esta misma observación puede hacerse para las 671 páginas en 4.° de la nueva versión de la leyenda que Georg Rudolf Widmann pu­blicó, en tres partes, en Hamburgo en el año 1599.

La tendencia moralista y religiosa es todavía más marcada, como se despren­de del mismo título: Verdaderas historias de los horrendos y execrandos pecados y vi­cios, así como de las muchas y maravillosas y extrañas aventuras que el Dr. Johannes Fausto, el famoso nigromante y archimago, corrió por obra de su nigromancia hasta su terrible fin [Warhafftige Historien von den grewlichen und abscheulichen Sünden und Lastern, auch von vielen wunderbarlichen seltzamen Ebentheuem: So Dr. Johannes Faustus, Ein weitberuffener Schwartzküns­tler und Erztzáuberer, durch seine Schwartzkunst bis an seinen arschrecklichen End hat getrieben]. Todo cuanto podía parecer «pe­ligroso» desde el punto de vista de la mo­ralidad y de la religión está suprimido: se suprimen incluso los amores de Fausto — in­cluso el episodio de Elena — y se añade, en cambio, juntamente con algunas deri­vaciones de otras leyendas, toda una masa informe de elucubraciones teológicas, dis­cusiones y conclusiones morales. Pero todo esto, para la leyenda, era un peso muerto, y cuando, más de setenta años después, un médico de Nuremberg, Johannes Nicolaus Pfitzer, emprendió finalmente una nueva edición del texto con el título de: La vida escandalosa y horrenda del famosísimo archinigromante Johannes Fausto, por primera vez diligentemente escrita, hace muchos años, por G. R. Widmann, y ahora revisa­da por J. N. Pfitzer… Nuremberg, 16^4 [Das árgerliche Leben und schreckliche Ende desz viel-berüchtigten Ertzschwartzkünstlers Johannis Fausti, Erstlich, von vielen Jahren, fieissig beschrieben von G. R. Wid­mann: Jetzo, aufs neue übersehen… durch Joh. Nicolaum Pfitzerum…], dió nuevamen­te rienda suelta a la fantasía y, expurgando el relato de una gran parte de su hojarasca doctrinaria, la substituyó con nuevos epi­sodios sacados de varias fuentes, y particu­larmente de las últimas ediciones ampliadas de la obra de Spiesz, añadiendo otros nue­vos, como el vano amor de Fausto por una muchacha pobre. Retocada en esta forma, la obra volvió a gozar del favor popular, y siguió reimprimiéndose durante algunas décadas, hasta que el advenimiento de un espíritu nuevo requirió una nueva elabo­ración.

Ya desde 1683, entre los estudiosos, el naciente espíritu racionalista había pues­to en duda la veracidad de muchos de los hechos atribuidos a Fausto por la leyenda (cfr. la disertación de C. Ch. Kirchner Disquisitio histórica de Fausto praestigiatore, vulgo von Doctor Faust, leída en Wittenberg el 23 de mayo) y las voces desconfia­das e inclinadas al escepticismo se habían hecho oír desde entonces con insistencia cada vez mayor. Las 635 páginas en 8.° del relato de Pfitzer se redujeron a sólo 48 en nuevo texto que un autor desconocido, que oculta su nombre bajo el pseudónimo «Buen Cristiano» [«Christlich Meynender», literal­mente «hombre de cristianas intenciones»] redactó probablemente durante el segundo decenio del nuevo siglo, resumiendo, como él mismo dice, todo el material legendario a una «conveniente brevedad» y limitándolo «a aquello que sólo puede parecer digno de fe» (cfr. El pacto estipulado con el diablo, la aventurosa vida y el espantoso fin del archinigromante y mago mundialmente fa­moso Dr. Johann Fausto; nuevamente revi­sado, reducido a conveniente brevedad y reimpreso para amonestación y advertencia de los obtinados y empedernidos pecadores. Francfort y Leipzig, s. f.: el primer ejemplar fechado que ha llegado hasta nosotros es de 1725 [Des durch die ganze Welt beruffenen Erz-Schwarz-Künstlers und Zauberers D. Johann Fausts, mit dem Teufel aufgerichtetes Bundnisz, abenteuerlicher Lebenswandel und mit Schrecken genommenes Ende. Aufs neue übersehen in eine beliebte, Kurze zusammen gezogen, und alien vorsetzlichen Sündem zu einer herzlichen Vermahnung und Warnung zum Druck befórdert]. Los hechos no son des­critos, sino casi únicamente enumerados, de tal modo que resulta una narración des­carnada, seca y enjuta, pero precisamente por esto, por la sumariedad de sus datos, más fácil de ser comprendida y explicada en plano racional. Fausto aparece como un «scholasticus», que desde su juventud, en lugar de dedicarse a los estudios serios, se divierte juntándose con gitanos, en las fies­tas solemnes celebra, al salir el sol, el rito mágico del «Crepusculum matutinum» y acaba alejándose tanto del recto camino que la magia misma y su pacto con el dia­blo sólo le sirven substancialmente para llevar una existencia caprichosa de place­res y burlas.

Frente al sonriente escepti­cismo del siglo, el fondo trágico de la le­yenda logra apenas aflorar: se acentúan las invenciones agudas, prevalecen las situa­ciones cómicas y maliciosas, Mefistófeles (v.)—cuyo nombre ha tomado finalmente su forma definitiva — bromea sobre su mal­dito destino de «tener que parecer un hom­bre para poder hacer el diablo»; Fausto, al firmar con su sangre el pacto, se compro­mete, entre otras cosas, a no tomar mujer, y cuando más tarde cae en la tentación, Mefistófeles echa llamas, e incluso las puer­tas salen de sus quicios. Todo ello en un tono burlón en el que la imaginación po­pular y el gusto de la época se encuentran a sus anchas. Y no sólo el librito siguió imprimiéndose hasta fines de siglo — la úl­tima edición conocida por nosotros es la de 1797 —, sino que, reducido a propor­ciones todavía menores, se difundió por toda alemania en miles de ejemplares, en aquellos folletos de pocas páginas que se vendían en las ferias y que el mismo Goet­he recuerda, «impresos en una especie de papel secante», cuando describe su juventud en Poesía y Verdad (v.). Goethe conoció, también, el texto entero del «Buen Cris­tiano» y, con toda seguridad, el de Pfitzer, que entre el 18 de febrero y el 9 de mayo V,    de 1801 tuvo en préstamo de la biblioteca ducal de Weimar. Con todo, más que de estas obras de carácter narrativo, las más inmediatas sugestiones le vinieron de las elaboraciones teatrales de la leyenda, todas las cuales, directa o indirectamente, remon­tan al Faustbuch de Spiesz, a través de la tragedia de Marlowe.

G. Gabetti