Fantasia para Piano y Orquesta, Gabriel Fauré

En una carta fechada en Evian, el 26 de julio de 1918, Gabriel Fauré (1845- 1924), escribía a su esposa: «Mis fuerzas aumentan un poco cada día. Ayer pude trabajar durante tres horas hasta la hora de comer. Emprendo ahora una Fantasía para piano y orquesta». Esta obra, que lle­va el número de op. 111, fue estrenada el 14 de marzo de 1919, en la Sala Gaveau, por Alfred Cortot, a quien iba dedicada; obra pujante y bella, plena de grandeza, de la que no se diría que fue compuesta por un artista de setenta y tres años que iba a ser considerado algunos meses más tarde demasiado viejo para confiarle la dirección del Conservatorio. En su obra sobre La Música francesa para piano, Alfred Cortot señala que los «partidarios del contraste y del color» pueden lamentar la discreción con que Fauré ha tratado la orquesta en esta Fantasía, como pueden asimismo pre­tender que la parte de piano no es, ni mu­cho menos, tan rica de adornos exteriores ni tan llena de armonías consistentes, como se podría esperar de una pieza acompañada por la orquesta y destinada a las vastas dimensiones de una sala de conciertos.

Pero estas críticas se esfuman si se admite que Fauré no se propuso crear un concierto. Él concibió y realizó una obra de «nobleza íntima» muy alejada de convencionalismos y costumbres. Se expresó con absoluta li­bertad, y así, con gran simplicidad, enri­queció el arte francés con una obra maestra pura, igual, y acaso superior, a la Balada (v.), pero en un género diferente. La pri­mera parte, «Allegro moderato», expone un tema enérgico, confiado al piano, que muy pronto se combina con otros dos motivos de carácter más melódico, pero no menos viriles. Tras un calderón, comienza un «Allegro vivo», con un ritmo impaciente, obstinado, de tres tiempos, tema cuya in­quietud contrasta con la enérgica calma del primer movimiento. El «Finale» reem­prende el motivo inicial, pero con mayor grandeza y vigor, y lo conduce a una con­clusión que se prolonga llena de luz. Obra grande y noble que excluye voluntariamen­te toda clase de pintoresquismo y que ates­tigua la elevación de sentimientos de un artista para quien parece haber sido crea­do el término de «música pura». Desgracia­damente, esta Fantasía, en la que Gabriel Fauré puso lo mejor de sí mismo, es una de sus «obras interpretadas en menor núme­ro de ocasiones.