Escenas de la Vida Clerical, George Eliot (Mary Ann Evans)

[Scenes of Clerical Life]. Serie de tres largos relatos en dos volúmenes, pu­blicados en 1858 después de haber visto la luz por vez primera un año antes, en el Blackwood’s Magazine.

La más notable de las tres narraciones es la primera: «Las tribulaciones del reverendo Amos Barton» [The Sad Fortunes of the Rev. Amos Bar­ton], que Eliot, que hasta entonces no ha­bía escrito más que artículos de crítica y ciencia, compuso a los treinta y siete años, sólo como ensayo y sin excesiva fe, y que resultó, en cambio, una obra perfecta, ya que en ella se muestran plenamente las dotes de observación de la realidad y de penetración psicológica que, en obras posteriores de mayor complejidad adolecerán de un exceso de finalidad didáctica, que es característica de la autora. Amos Barton (v.) es un sacerdote rural que tiene mujer y seis hijos. La parroquia de Shepperton es tan pobre que él y su familia no tendrían de qué vivir si no fuese por la caridad de algunos feligreses, y, sobre todo, por su hacendosa, tierna e infatigable esposa, la joven y encantadora Milly, llena de devo­ción hacia su marido y sus hijos.

El pobre Amos, que nunca ha sabido ganarse la simpatía de su grey, comete un despropó­sito que concita contra él la general hos­tilidad: acoge tontamente en su casa a una aventurera que le promete, merced a sus poderosas influencias, un pingüe e inme­diato beneficio. Pero un día, después de una dura reprimenda de la criada, Milly se marcha. Poco después, Milly, extenuada por la fatiga, cae enferma, da a luz un niño que muere prematuramente, y ella muere también. La desventura del incon­solable Amos le granjea la simpatía de sus feligreses; pero, en cambio, se ve privado del consuelo de permanecer junto a la tumba de su esposa, ya que el cadáver ha­bía sido trasladado a una parroquia leja­na. Tan sólo muchos años después, ya vie­jo, acompañado por Patty, su hija mayor, visita la tumba de su mujer, y al término de su vida, entonces, se nos muestra se­reno, casi dichoso. El contraste entre la mediocridad, a veces grotesca, del hombre, y la grandeza de su labor, hace de esta obra una producción maestra. La tesis, que evidentemente es la idealización del hom­bre vulgar que se ennoblece con el dolor, queda objetivada en una creación de pleno valor artístico.

Bastante menos notables son las otras dos narraciones del libro. El amor de Mr. Gilfil [Mr. Gilfil´s Love-Story] es la historia novelesca de un prede­cesor de Amos Barton en la parroquia de Shepperton: Maynard Gilfil. Éste, siendo capellán de sir Cristóbal Cheverel, se ha­bía enamorado perdidamente de Catalina Sastri, hija de un desgraciado cantante italiano, que Cheverel había adoptado. Pero el capitán Antonio Wybrow, heredero de sir Cristóbal, un egoísta superficial, había cortejado a la muchacha, a la que abandonó por la rica miss Assher. Tina, en un momento de furiosos celos, empuñó un cuchillo para matar al traidor, que le ofrecía un arreglo. Mas cuando llega al lu­gar, halla a su amante muerto, a causa de una súbita enfermedad. La conciencia de la intención del delito se convierte en re­mordimiento íntimo, y este remordimiento no la deja en paz. Las exhortaciones de Gilfil logran acallar, poco a poco, su turba­ción. Y con la paz nace en el corazón de Tina el afecto hacia su salvador, al que concede su mano.

Su felicidad dura poco: las angustias han consumido el temple de la muchacha, que languidece y muere. El arrepentimiento de Janet [Janet’s Repentance] es la historia de un conflicto entre la religión y la irreligión, y del influjo de un alma afectuosa. El Rev. Edgard Tryan, celoso pastor evangélico, se establece cerca de Milby, ciudad industrial sumida en una gran indiferencia religiosa, y trata de le­vantar la vida espiritual de sus habitantes; pero sus tentativas chocan con la oposición de un grupo dirigido por Dempster, un abo­gado entregado a la bebida, que golpea a su esposa Janet, la cual termina también por buscar distracción y olvido en la em­briaguez. Una noche, después de una furiosa escena, se refugia la mujer en casa de una amiga, y a la mañana siguiente pide con­sejo y consuelo a Tryan, al que antes ha­bía hecho objeto de burlas y molestias, instigada por el marido. Bajo la influen­cia de Tryan, Janet adquiere las fuerzas precisas para resistir a la tentación y recupera la dignidad perdida.

Dempster, muere de delirium tremens y Janet es el consuelo en los últimos momentos de Tryan, que se extingue consumido por las fatigas y por el mismo fuego de su ins­piración; y, aunque desolada, se halla dis­puesta a afrontar las pruebas de una vida de abnegación. La narración, si bien ani­mada por ingeniosas observaciones y di­vertidas descripciones, resulta fatigosa en conjunto, y revela ya el peligro de un moralismo programático que viene a amena­zar la fecundidad narrativa, que fue la mejor cualidad de Eliot.

M. Praz

Eliot y Mili son como dos grandes montañas, al final de esa larga y dura cordi­llera que representa lo espartano de los primeros tiempos Victorianos. Se elevan suficientemente para ser confundidas con las nubes, o, tal vez, con las estrellas. (Chesterton)

En George Eliot, la psicología, en sí y por sí, resulta excepcionalmente interesan­te y luminosa. Lo que nos molesta es la sensación de que la autora, situándose fue­ra de los personajes, intente examinarlos en favor nuestro, el tono moralista y la­crimoso con que realiza la investigación, la posición de la autora respecto a los per­sonajes y respecto a nosotros. Frente a nosotros muestra el aire de una maestra con el puntero en ristre. Frente a los per­sonajes, el de una clueca inquieta, sólo preocupada, de la seguridad de sus polluelos. (J. M. Beach)