Erotócrito, Vicente Comaro

Poema de unos once mil versos decapentasílabos pareados, que sigue siendo el mayor monumento de la literatura griega vulgar. El poema fue publicado por primera vez en Venecia en 1713. El único manuscrito, con­servado en el British Museum, es de 1710.

Según las indicaciones que dan los ver­sos finales, confirmadas por las investiga­ciones de Xanthudidis, el autor sería un tal Vicente Comaro, nacido en Sitia, en Creta, donde murió en 1677; oriundo de Venecia, a lo que parece, pero completa­mente helenizado a juzgar al menos por la obra, que hunde profundamente sus raíces en el «humus» nacional griego.

Los ele­mentos heterogéneos están asimilados y ab­sorbidos en un temperamento homogéneo que es francamente griego. Sobre la fecha del poema, los investigadores están de acuerdo en considerar que fue compuesto en el último período de la dominación ve­neciana en Creta, después del 1600 y antes de 1669. Según las averiguaciones de un investigador rumano, Cartojan («Memo­rias», de la Academia Rumana, VII, 1935), la fuente principal de la obra habría de reconocerse en la novela francesa de París y Viana (v.), probablemente conocida por el autor a través de redacciones italianas. Sin embargo, la cuestión de las fuentes no disminuye el valor poético de la obra, re­conocido unánimemente por los críticos mo­dernos y confirmado por la amplia popu­laridad del poema, no sólo en Grecia sino también en otros países balcánicos.

La ac­ción del poema está colocada en un pasado imaginario y remoto en que los hombres adoraban al Sol y a la Luna. Reina en Atenas el rey Iraklis (Heraclio) que tiene una sola hija, Aretusa (el nombre es dimi­nutivo de Areta), hermosísima. Se enamora de la muchacha el joven Erotócrito (que significa «el atormentado por el amor» y toma en el texto las formas de Rotokritos y Rokritos), hijo de Pesóstrato, consejero del rey. El joven se dirige todas las noches bajo las ventanas de su hermosa para can­tar, acompañado por el laúd, su amor. Are- tusa siente simpatía por el desconocido cantor. Repetidas tentativas del rey para descubrir al cantor resultan inútiles, pero el azar hace que la muchacha, en una vi­sita a casa de Pesóstrato, durante la ausen­cia del joven, descubra quién es el autor de cantos tan apasionados. Cuando vuelven a encontrarse, el rubor de la princesa re­vela sus sentimientos. Entre tanto Heraclio organiza un gran torneo en el que toman parte príncipes y caballeros llegados de los más lejanos países.

También Erotócrito se presenta, sobrepasa a todos los concurren­tes y recibe de manos de Aretusa el pre­mio a su valor, una corona de oro. Las pe­ripecias del torneo y el armamento de los caballeros están minuciosamente descritos. Las divisas, y las significaciones simbóli­cas de las cimeras indican que casi todos los caballeros languidecen de amor. Una noche, desde una ventana de palacio, Are- tusa habla con Erotócrito. Se confiesan su amor y Erotócrito cobra ánimos para pe­dir la mano de la muchacha. Pero el rey se indigna por la petición y destierra a Erotócrito. Una suerte aún más triste espera a la muchacha; como se niega a casarse con el príncipe de Bizancio, le cortan los cabellos y es encerrada en una estrecha cár­cel donde permanece durante tres años. Se desencadena una guerra entre el rey de los vlacos y el de Atenas. Los atenienses llevan la peor parte pero en su socorro llega un caballero desconocido, negro como un sarraceno, quien cada mañana se apro­xima en su corcel, hace estragos en las fi­las de los vlacos y se retira cuando la noche interrumpe la batalla. Este caballero es Erotócrito, desconocido gracias a un agua encantada.

En uno de dichos encuentros salva la vida al rey, que quisiera hacerle su hijo adoptivo y darle la mitad de su reino. Pero el desconocido no acepta nin­guna recompensa y presta a los atenienses un servicio aún mayor matando al campeón de los vlacos, Aristo, en singular combate que decidirá la guerra. Pero también Ero­tócrito queda gravemente herido y grandes remedios son necesarios para curarle. Des­pués de pruebas posteriores, no todas ne­cesarias, el poema termina con el recono­cimiento y con las bodas de ambos prota­gonistas. Fruto de un extravagante y tar­dío injerto del poema caballeresco en el viejo tronco de la novela bizantina, el poe­ma exalta las virtudes humanas, la fidelidad, la amistad, el amor, impulsa a las nobles empresas y a todas las virtudes ca­ballerescas del mundo feudal. Este ingenuo idealismo, que no suaviza la menor sonri­sa a lo Ariosto, ha contribuido ciertamente a hacer populares los héroes del poema, del que se conocen una veintena de ediciones, antes de la edición crítica de Xanthudidis (1915). Incluso la prolijidad, que es el de­fecto más lamentado por el lector moderno es un rasgo del estilo narrativo popular.

La lengua poética, que se basa en el dialec­to oriental de Creta, es nítida y vigorosa, rica y homogénea. Desde los primeros ver­sos, como advierte Hesseling, se tiene la impresión de encontrarse frente a una obra de fuerte personalidad literaria. De todos modos parecen excesivas las aprecia­ciones de los críticos griegos y extranje­ros que creen ver en el poema, cuyo valor literario es innegable, una concreta expre­sión de sentimiento nacional.

B. Lavagnini