Epístolas Familiares, Fray Antonio de Guevara

Obra del gran prosista español, obispo de Mondoñedo y cronista del emperador Carlos V (14759/1480?-1545), en dos libros, publicados en Valladolid, el pri­mero en 1539 y el segundo en 1542.

Como el Marco Aurelio (v.), las Epístolas Fami­liares alcanzaron un verdadero éxito euro­peo, siendo traducidas a todas las lenguas cultas con el título de «Cartas doradas» (Golden epistles en inglés, Lettres dorées en francés, etc.). En 1567, William Painter las aprovechó en el segundo volumen de su Palace of Pleasure. La obra consta de 85 epístolas, más 22 razonamientos o discur­sos y sermones y 5 de las que llama tra­ducciones. Versan sobre temas muy diver­sos — eruditos, históricos, descriptivos, ínti­mos, de puro entretenimiento, etc. — y van dirigidas a distintos personajes, ya fami­liares, ya amigos o dignatarios de la corte. El género epistolar, con su libertad de des­arrollo y temática, era el que mejor se adaptaba a su genio literario.

Típico del arte renacentista, venía a resolver las necesida­des intelectuales propias del moderno ensa­yo. Desde su ángulo, podía tratarse — con fina dispersión mental — de los más diversos temas. De ahí que los más importantes hu­manistas hubieran hecho de este género su medio expresivo peculiar. Por esas caracte­rísticas tentó el espíritu arbitrario y vivaz de Guevara, que consiguió — con sus epís­tolas — su obra más acabada. El conjunto de la obra forma un vasto panorama de la época del emperador Carlos V, en el que son recogidos desde el detalle más nimio de índole puramente particular, realzado por la agudeza y el ingenio típicos del obis­po de Mondoñedo, hasta el acontecimien­to histórico y trascendente, como la gue­rra de las Comunidades o las campañas de Gonzalo de Córdoba. Son un verdadero arsenal de comentarios anecdóticos, algunos de ellos de fina ironía cortesana.

Así, ha­blando de los «tenorios» que acompañaron al emperador en sus guerras por Italia, es­cribe que «según me zumban los oídos, sus mujeres toman acá venganza dellos, porque si ellos dejaren allá algunas mujeres pre­ñadas, también hallarán acá las suyas pari­das». Una de las más finas es la que refiere a un amigo suyo, Enrique Enriquezca his­toria de «tres enamoradas antiquíssimas», Lamia, Flora y Laida, que había tomado por santas y que son «las tres hermosas y más famosas rameras que nacieron en Asia y se criaron en Europa», que es recordada por Cervantes en el Quijote (v.), al decir que «si tratáredes… de mujeres rameras, ahí está el obispo de Mondoñedo, que os pres­tará a Lamia, Laida y Flora, cuya anotación os dará gran crédito».

Es característico el retrato que hace de las tres damas, dentro de lo más genuino del arte renacentista: «Hermosas de rostros, altas de cuerpos, an­chas de frente, gruesas de pechos, cortas de cinturas, largas de manos, diestras en el tañer, suaves en el cantar, polidas en el ves­tir, amorosas en el mirar, disimuladas en el amar y muy cautas en el pedir». Recor­demos — por otro lado — la contraposición que hace Guevara de la Montaña —su pa­tria — y Castilla, que viene a renovar — en cierta manera — su predilecto tema de la corte y la aldea: «en la Montaña son las yerbas más delicadas, las aguas más del­gadas, las tierras más frías y los animales más sanos, y los aires más sutiles. Que sea mejor tierra la Montaña, que no Castilla, paresce claro, en que los vinos que van de acá allá son más finos y los hombres que vienen de allá se tornan más maliciosos; de manera que allá les mejoramos los vinos y ellos acá nos empeoran los hombres».

La temática se multiplica en su diversidad, y así ya trata de «la manera de escribir antiguo», de las cualidades del capitán en la guerra, de instrucciones para caballeros, ya de la «Orden de la Banda», de los pri­vilegios de la vejez, del tema eterno de los médicos, de la buena amistad, de sepulturas y epitafios graciosos, de su intervención en la guerra de las Comunidades, de los precios que tenían las cosas en Castilla, etc. Sin duda, una de las epístolas más interesantes es la XXIV, dirigida a Iñigo Manrique, en la que desarrolla el tema clásico de Androcles y el león, según la narración de Aulo Gelio (Noches Áticas, v.) y Eladio (De los ani­males), con notables variantes. De esta ver­sión del tema, deriva la comedia de Lope de Vega El esclavo de Roma, ya citada en la primera lista de El peregrino en su Patria (v.) e impresa en la Octava parte de sus comedias en 1617. En cuanto al esti­lo, sin abandonar el tono artificioso y am­plio tan típico de Guevara, se pliega a las necesidades narrativas del momento, adqui­riendo así una mayor flexibilidad.

Tiene el obispo Guevara dos estilos, am­bos muy distantes de la elegancia ática y de la perfecta transparencia del estilo de Jenofonte. Uno, el que podemos llamar triunfal y de aparato, y es el que suele reservar para los discursos. Otro, es la pro­sa de las cartas (sin excluir algunas de las que atribuyó a Marco Aurelio), aguda y sabrosísima, pero cargada de picantes espe­cias, de antítesis, paranomasias, retruécanos y palabras rimadas, que indican un gusto poco seguro y algo pueril, un clasicismo a medias. (Menéndez Pelayo)

La personalidad de fray Antonio de Gue­vara aparece bien definida en sus epístolas: su dignidad eclesiástica, su espíritu caba­lleresco y de lealtad al emperador, su ele­gancia cortesana, su graciosa y ocurrente agudeza, y hasta sus costumbres y descrip­ción física. (M. de Riquer)

…que las Epístolas sea el libro más repre­sentativo de Guevara y creo que el mejor realizado, no sólo en razón de su propor­ción y arquitectura, sino de su estilo más variado, y en gran parte más jugoso, natu­ral y conversable que en sus restantes libros. (J. M.ª de Cossío)