Epístolas de Héroes, Christian Hofmann von Hofmannswaldau

[Heldenbriefe]. Publicadas por vez primera en el «Deutsche Uebersetzungen und Gedichte» de 1673 y después, en edición definitiva, en 1679, las epístolas son, después de la tentativa insignificante del silesiano Johann Peter Fitz [Knemons Sendschreiben an Rho- dopen], el primer ejemplo de heroídas en lengua alemana.

A pesar de que el autor, en el prefacio de la obra, afirma que toda ella es completamente suya y original, no han escapado a la crítica los modelos que tuvo presentes: Ovidio, el italiano Pietro Michieli, el inglés Michael Drayton [Englands heroicall Epistels, 1630], los holan­deses Barlaeus y Cats y los poetas neolati­nos. Hofmannswaldau tiene sin_ embargo el mérito de haber renovado el género litera­rio, sustituyendo los héroes y las heroínas de la mitología y de la leyenda antigua, con figuras tomadas de la historia germánica y europea: Eginardo y Emma, el rey danés Rainer y la heroína noruega Algerthe, el duque Przetislao de Bohemia y Jutta, hija de Otón II, Rodolfo de Borgoña y Ermengarda, Aleramo de Monferrato y Adelaida, hija de Otón I, el duque de Gleichen, Balduino de Flandes, y Judit, hija de Carlos II el Calvo, Alberto de Baviera y Agnes Bernauer, Fernando de Austria y Philippine Welser, Carlos V y Bárbara Blumenberg. Los nombres son, en parte, fingidos y tratan de significar el carácter moral del perso­naje: Tugenand es Fernando de Austria y su Zuchtkeimine, Philippine Welser; como Siegreich es Carlos V y Rosamunda, Bár­bara Blumenberg; la Sittenora de la car­ta X se identifica con Leonor, hermana de Carlos V, que casó en primeras nupcias con Manuel I de Portugal (Erimal von S ilutanien-Lusitanien) y más tarde con Francis­co I de Francia.

El epistolario comprende catorce heroídas «dobles», cada una de cien versos alejandrinos y rima encadenada. A la misiva de uno de los dos amantes, respon­de punto por punto la carta del otro, si­guiendo un rígido esquema lógico, por lo que cada composición se divide en cuatro partes de longitud semejante, que guardan una con otra la relación de tesis y antítesis, o la de las dos premisas de un silogismo. La forma impersonal y retórica, propia del género, tal como lo entendía la épo­ca barroca con su estilo representativo, paraliza, mortificándolo, el libre impulso del alma. Los amantes, mientras se confie­san sus penas, se observan y vigilan a sí mismos, como actores que saben que repre­sentan algo importante en el teatro de la vida humana. Evocar en una serie de acon­tecimientos ejemplares los amores de no­bles héroes y de gentiles y fuertes heroí­nas, condensando en un solo momento la suma de toda una vida, con la vista dirigi­da al pasado y al porvenir, contraponer a los héroes de las armas y a los mártires de la fe los héroes y los mártires del «eros»: éste es el fin que el poeta se propone.

El amor, aun sin renegar nunca de su natura­leza terrestre de una «süsse Kützelung», «una dulce embriaguez» de los sentidos, se afirma y se exalta en lucha con la for­tuna adversa, con el severo imperativo de la ley moral y social, con las exigencias de la razón de Estado. La posición objetiva y a menudo irónica que el autor se permite en algunas prosas introductorias en oposi­ción a los acontecimientos narrados, ayuda a hacer resaltar más si cabe la solemnidad de la evocación heroica, concebida como «una guerra ilustre contra la pálida Muer­te»; de aquí que, en los momentos de más elevado pathos, se tiene verdaderamente la impresión de elevarse con los protagonistas de la gesta amorosa a un mundo maravillo­so y libre en el que las pompas, las rique­zas, los honores y la propia majestad del reino no son más que «ein Gaukelspiel», sombra de un sueño que de pronto se des­vanece cuando el alma despierta a su vida verdadera.

Bajo el aspecto poético, la única heroína de este drama, que en la mayor parte de las heroídas de Hofmannswaldau queda sofocado en las redes de la retórica invasora, es Agnes Bernauer, la esposa in­feliz de Alberto de Baviera, víctima de la razón de Estado, que en la noche de la cár­cel, frente a la muerte, aun reconociendo que ambicionó la púrpura para igualarse al amado en la nobleza de sentimientos, y aun doblando la cabeza a la voluntad del destino, reivindica, ante los hombres y ante Dios, los derechos de su amor conculcado.

C. Grünanger