Epístolas de Abelardo y Eloísa, Pedro Abelardo

[Epistulae]. Epistolario del filósofo francés y de Eloísa escrito en latín. Conocida es la historia de Abelardo y Eloísa, cuyos ecos llenan las Epístolas: cómo, de sus amores, nació un hijo, Astrolabio, muerto antes de salir de la infancia; cómo, por venganza del tío de la muchacha, Abelardo quedó ho­rriblemente mutilado; y cómo, a continua­ción, se retiró al claustro, después de haber conseguido de Eloísa, ya secretamente ca­sada con él, que se retirase también del mundo tomando el velo.

Estos y otros hechos dolorosos debidos a la envidia de otros doctos y a la sorda oposición de sus monjes a las reglas austeras implantadas por él, son referidos en una carta que escribió a un amigo (v. Historia de las desven­turas de Abelardo) y que, llegada a manos de Eloísa, fue ocasión del inicio del inter­cambio epistolar entre los antiguos amantes ya definitivamente separados sobre la tie­rra. Hay en las cartas de Eloísa un senti­miento ardiente e inexpresable; conserva todos los acentos del antiguo amor sobre los labios, se declara esclava de Abelardo y, con la sinceridad de la pasión más inten­sa reconoce que tomó el velo más por amor al hombre que a Dios. Más tranquilas, aun­que densas de afecto, son las cartas de Abe­lardo, dedicadas por completo a introducir en el ánimo de la joven, perturbado y re­pleto aún de demasiadas ansias terrenales, la paz de la renuncia y del abandono en Dios, el consuelo único y supremo de la dedicación religiosa.

Y todavía por amor, Eloísa dice en su última carta amorosa (la quinta del epistolario) que renuncia incluso a las quejas y al llanto, que no consigue arrancar de su alma con sus propias fuer­zas. Después de lo cual el epistolario con­tinúa, pero versando en adelante sobre temas de disciplina religiosa, por haber asu­mido Abelardo el encargo de modificar y adaptar a las monjas huéspedes en el Para­cleto (el refugio que él mismo edificó cier­to día, cuando una persecución movida por la envidia lo alejó de París, y que regaló a Eloísa y a sus hermanas cuando también ellas fueron arrojadas de su convento de San Dionisio) las reglas de san Benito, en ciertos aspectos demasiado gravosas para criaturas débiles como las mujeres.

Estas cartas, por la espontánea expresión del sen­timiento, son tan universales que superan con su perpetua juventud el curso de los siglos. Su fascinación está también en la belleza severa y al mismo tiempo viva del estilo, aquel estilo medieval que combina con naturalidad la expresión de los senti­mientos más sencillos con todo un aparato de citas y referencias de las Escrituras, en el clima de una época en que las relaciones del hombre con Dios eran sentidas en ligamen tan íntimo con la vida diaria, que lle­naban con su santa amplitud y con su mis­terio toda acción y toda frase; de suerte que, espontáneamente, en toda tribulación, se buscaba el alto consuelo de la religión.

G. Alliney